Los cuentos de Charles Perrault, ¿cuentos maravillosos o documentos históricos?

Grabado de Gustave Doré para el cuento “Pulgarcito”.

por Susana Navone

Texto de la ponencia presentada por la autora en el II Congreso Internacional de Literatura para Niños “Producción, Edición y Circulación” (Buenos Aires, agosto de 2010). Imaginaria agradece su gentileza y autorización para publicarla en estas páginas.

Charles Perrault vivió entre 1628 y 1703, en pleno siglo de Luis XIV. Fue contemporáneo de Molière, Racine y La Fontaine. Miembro de la Academia Francesa, así como de las Academias de Pintura, de Escultura y de Ciencia, tuvo los cargos de Canciller de la Academia de Letras y Controlador general de los edificios y jardines de Francia. Habitaba una casa con acceso a los jardines del Palacio Real y tenía, además, un gabinete en la casa de su protector, Colbert, el primer ministro, y una cámara en Versalles. Desde joven se dedicó a escribir. Escribió libros en verso, sátiras, libros de arte y de caza, biografías de hombres ilustres, obras de tema mitológico. La obra por la cual fue famoso en su época es Paralelos, una serie de volúmenes en los que trata de demostrar la superioridad de los modernos sobre los antiguos. Hizo traducciones del latín y escribió sus memorias. Sin embargo, pasó a la posteridad por un librito de cuentos, escrito ya pasados los sesenta años, que ni siquiera se molestó en firmar.

Los tres primeros cuentos de Perrault son relatos en verso: “La paciencia de Griselda”, “Los deseos ridículos” y “Piel de Asno”. A partir de 1691 comenzaron a aparecer en periódicos y en antologías hasta que en 1694 estos tres relatos fueron publicados en un solo volumen en La Haya por Adrián Moetjens. Poco después, hubo una reedición acompañada de un prefacio. Los cuentos en verso no se volvieron a publicar hasta el año 1781 en que aparecieron junto a los cuentos en prosa.

Se conserva un manuscrito de 1695 con cinco cuentos en prosa: “La Bella Durmiente del bosque”, “Caperucita Roja”, “Barba Azul”, “El gato con botas” y “Las hadas”. La obra lleva por título Cuentos de Mamá Oca. Dos años después, en 1697, el editor Barbin publicó un libro con el título de Historias o Cuentos del tiempo pasado con moralejas. Tenía ocho cuentos en prosa, los cinco que estaban en el manuscrito de 1695 más otros tres: “Cenicienta”, “Riquete el del copete” y “Pulgarcito”.

Los cuentos de Perrault, en el momento en que fueron escritos, tenían un doble destinatario: las personas concurrentes a la corte de Versalles y los niños. La moda de los cuentos de hadas entre la gente de la clase alta había empezado unos años antes, en 1685, con la condesa d’Aulnoy. Testimonios de la época prueban que los cinco cuentos en prosa que figuran en el manuscrito de 1695 fueron leídos en voz alta y discutidos en las reuniones literarias cortesanas. Ahora bien, el mismo autor, en el prefacio a la cuarta edición de los tres cuentos en verso de 1694, indica que su obra está dedicada a los niños:

“Por más frívolas y bizarras que sean estas fábulas en sus aventuras, es seguro que despiertan en los niños el deseo de parecerse a aquellos que ven arribar a un final feliz y al mismo tiempo el temor a las desgracias en que caen los malvados a causa de su maldad. ¿No es acaso elogiable de parte de los padres y las madres, que cuando sus niños no son todavía capaces de paladear las verdades sólidas y desnudas de todo encanto, se las hagan amar y, si se me permite decirlo, se las hagan tragar envueltas en relatos agradables y proporcionados a la debilidad de su edad?”

Al aludir a ello, Perrault no sólo inaugura la literatura escrita especialmente para los niños sino que se ubica en una corriente típica también en nuestros días: la educación moral a través de la literatura. Consecuencia de esto, son las moralejas en verso que aparecen al final de cada cuento. Generalmente son dos: la primera está dirigida a los niños y la segunda, cargada de ironía, a los adultos.

Las fuentes de sus cuentos son, en la mayor parte de los casos, populares. Los miembros de la clase alta conocían estos cuentos porque les habían sido narrados en su infancia por niñeras de origen humilde. Además, como demostró Chartier, la alta burguesía también leía literatura de cordel, como los famosos libritos de la “Biblioteca Azul” en la que circulaban los cuentos tradicionales (*).

Perrault es bastante sobrio en la utilización de lo maravilloso. En sus cuentos hay pocos personajes fantásticos: una decena de hadas, dos ogros (“Pulgarcito” y “El gato con botas”), y una ogresa (“La Bella Durmiente”). En cuanto a animales fantásticos o con poderes extraordinarios, sólo aparecen los dragones que tiran de la carroza del hada de “La Bella Durmiente”, el asno encantado en “Piel de Asno” y el gato que habla en “El gato con botas”. Los elementos mágicos se reducen a las varitas mágicas, las botas de las siete leguas (“La Bella Durmiente” y “Pulgarcito”), el anillo y el cofre de “Piel de Asno” y el zapatito de cristal de “Cenicienta”. Por el contrario, las descripciones de ambientes y situaciones de la vida contemporánea son muy abundantes. Perrault nos cuenta historias viejas, pero las sitúa en escenarios conocidos para los lectores de su época.

Grabado de Gustave Doré para el cuento “Cenicienta”.

La sociedad del Antiguo Régimen detentaba una gran desigualdad social; tanto los poderosos como los más humildes aparecen retratados en los cuentos.

Empecemos a recorrer la pirámide social desde su punto más alto: la corte de Versalles, ámbito en donde se movía libremente el autor en su calidad de rico burgués intelectual con protectores poderosos. El ceremonial de la corte ya aparece en uno de los cuentos en verso, “La paciencia de Griselda” y reaparece magníficamente en “La Bella Durmiente” cuando el narrador se detiene a describir el ejército de sirvientes. En “Cenicienta” lo retoma al narrar el modo en que la heroína llega al baile y al describir los pormenores del banquete ofrecido por el príncipe. Por ejemplo, cuando Cenicienta vuelve del primer baile les pide a sus hermanas que le cuenten cómo fue. Ellas le dicen que había una princesa desconocida, sumamente hermosa a la cual el príncipe atendió especialmente y que había sido muy gentil con ellas pues les había convidado con naranjas y limones que el príncipe le había dado. Esto no es una broma de Perrault. En esa época las frutas cítricas eran un artículo de lujo que se importaba de China o de Portugal. Finalmente, en “Riquete el del copete” reaparecen las costumbres de la corte: las conversaciones intelectuales, los banquetes suntuosos.

Los ricos eran señores muy poderosos, no necesariamente nobles, la alta burguesía también detentaba mucho poder. Ejemplos de estos personajes son los ogros, tanto el de “El gato con botas” como el de “Pulgarcito”, y “Barba Azul”. La descripción de la casa de este último, con numerosas habitaciones lujosamente amuebladas, es típica de una mansión burguesa. Lo mismo puede decirse de la casa de los padres de Cenicienta, en la que abundan los grandes espejos “en los que las personas pueden verse de cuerpo entero”, artículos excesivamente caros en esa época pues se importaban de Venecia. El ogro de “Pulgarcito” también es un rico burgués que compra objetos de oro para sus hijas y ofrece banquetes a sus amigos. El ogro de “El gato con botas”, en cambio, es un noble ya que vive en un castillo y posee tierras de labranza. Todos estos señores son despóticos y tratan a sus subordinados con crueldad.

Grabado de Gustave Doré para el cuento “El gato con botas”.

Dentro de la burguesía no hay homogeneidad. Algunos de sus miembros no poseen tanto dinero. La forma de conseguirlo es distinta para cada sexo. Las mujeres ascienden socialmente por medio del casamiento, ejemplo de ello son Griselda, Cenicienta y la protagonista de “Las hadas”. También las mujeres nobles, pero empobrecidas pueden mejorar su situación casándose con un burgués rico, como sucede en “Barba Azul”. En todos los casos, las jóvenes logran su objetivo gracias a su belleza y a su virtud. Los varones usan métodos diferentes.

Aquí aparece otro rasgo de la sociedad del Antiguo Régimen: el derecho de la primogenitura. Para evitar la dispersión de sus posesiones, los nobles, los burgueses, e incluso los campesinos, dejaban toda su herencia al hijo mayor. El molinero de “El gato con botas” reparte sus bienes entre sus tres hijos “sin llamar ni al procurador ni al notario que se hubieran comido su pobre patrimonio”. En realidad, está beneficiando a los dos mayores que reciben uno el molino y el otro asno y que, por lo tanto, pueden asociarse y seguir adelante con el negocio familiar. En cambio el menor recibe sólo el gato. Los hermanos menores debían entonces “salir a los caminos” y encontrar sus propios medios para hacer fortuna. A veces los métodos utilizados no eran muy éticos, así el gato con botas consigue enriquecer y ennoblecer a su amo robando las posesiones de un rico señor. En “Pulgarcito”, además del engaño y el robo, aparece otra forma de enriquecerse muy común en esa época: la compra de cargos oficiales; al final, cuando el héroe obtiene las riquezas del ogro, compra cargos para su padre y sus hermanos.

Las “personas de calidad” se reconocen también por su vestimenta. En “Cenicienta” hay una descripción detallada de los vestidos y adornos que usan las damas, incluso se dice que las hermanas compran lunares postizos en la mejor mercería de París. Tanto Cenicienta como el hijo del molinero de “El gato con botas”, comienzan su ascensión social con el cambio de ropas. Al cambiar de vestimenta ella se transforma en una princesa y él en un marqués. Sin embargo, no habrían logrado mucho sin ayuda externa: el hada madrina y el gato con botas. En estos rasgos se adivina la costumbre del mecenazgo de los poderosos hacia los artistas e intelectuales. Recordemos que Perrault pudo desarrollar su exitosa carrera académica gracias a la protección del ministro Colbert.

Si seguimos descendiendo en la pirámide social nos encontramos con Caperucita, una pequeña burguesa habitante de una aldea. No es rica, pero tampoco pasa hambre. El molinero que muere al comienzo de “El gato con botas” comparte este mismo estrato social; no es una persona adinerada, pero tiene su propio negocio (el molino) y las herramientas necesarias para hacerlo producir (el burro). Sus hijos mayores seguirán con el negocio mientras que el menor deberá buscar su propia fortuna. La familia de “Las hadas” entraría también en este nivel. Son personas que no pasan hambre, pero que no pueden darse el lujo de contratar sirvientes. Además, no los necesitan ya que tienen mano de obra gratis.

Grabado de Gustave Doré para el cuento “Caperucita Roja”.

En este punto debemos volver al tema del descubrimiento de la infancia. Cuando Perrault habla de literatura infantil y postula que los niños pueden ser educados a través de ella, está pensando en los niños de su propia clase social. Los hijos de la gente humilde ayudaban en los trabajos de la casa y del campo desde pequeños y su educación se reducía a saber hacer bien las tareas que les habían encomendado. A menudo sufrían maltratos ya que los matrimonios no acababan por divorcio sino por muerte y había gran cantidad de huérfanos criados por personas sin vínculos sanguíneos. Los niños eran a menudo abusados y maltratados ya fuera por su verdadera madre, como en “Las hadas”, o por la madrastra, como en “Cenicienta”. No sólo estaban expuestos a situaciones peligrosas fuera de su casa, como Caperucita ante el lobo, sino también en el ámbito hogareño. La clase alta no era ajena a esto, como queda demostrado en “Piel de Asno”, en donde el padre de la muchacha se siente atraído sexualmente hacia ella.

Obviamente los más desfavorecidos eran los niños campesinos. En “Pulgarcito” la familia sufre grandes privaciones porque hay siete niños demasiado pequeños para trabajar. En épocas de hambruna, la única solución posible era deshacerse de esas pequeñas personas improductivas. Pulgarcito y sus hermanos no son abandonados en el bosque a causa del odio de una madrastra, sino que son sus verdaderos padres quienes deciden hacerlo. Durante los siglos XVII y XVIII, muchos niños eran “expuestos”, es decir, abandonados, porque sus padres no podían criarlos.

Los cuentos populares toman como protagonistas a representantes de esta infancia desprotegida (la hijastra, el hijo menor, el más débil físicamente, el más pobre) y les otorgan a estos anti-héroes una revancha que, desgraciadamente, era poco usual en la vida real.

Perrault no sólo retrató su propia clase social, al tomar los relatos orales como base de sus creaciones literarias, dejó también constancia del sufrimiento de las clases menos favorecidas.

Después de la muerte de Perrault, cuando los cuentos de hadas fueron abandonados por la clase alta, la “Biblioteca Azul”, una colección de libros muy baratos de difusión masiva, recogió las versiones de este escritor y las adaptó a la competencia lingüística de sus lectores. Una de esas adaptaciones consistió en eliminar las descripciones, con lo cual desaparecieron muchos de los rasgos históricos que mencionamos antes. Los campesinos los volvieron a escuchar en sus versiones literarias apropiándose de ellos y transformándolos nuevamente en literatura oral. Así perduraron hasta el día de hoy versiones escritas y orales derivadas de Perrault.

Grabado de Gustave Doré para el cuento “Piel de Asno”.

Las orales pasaron de Francia al resto de Europa, y de Europa a América. Los principales propagadores fueron los protestantes que huyeron o fueron expulsados de Francia durante la contrarreforma católica. La colonización de América los llevó a lugares tan alejados como Canadá o la isla Guadalupe. Las versiones literarias fueron pronto traducidas al inglés y después a otros idiomas. Desde un principio fueron consideradas como literatura infantil y, por esa misma razón, a lo largo de los siglos sufrieron adaptaciones que apuntaban, en general, a censurar los rasgos que parecían perjudiciales para el concepto de niñez que se tenía en cada época.

En el siglo XIX, los hermanos Grimm mostraron en sus cuentos los modelos femeninos y masculinos que se ajustaban a la concepción del mundo de su época: mujeres sumisas, pasivas y obedientes que necesitaban de la fuerza y la inteligencia de un hombre para salvarse. Las ironías e impropiedades del cortesano francés de fines del siglo XVII fueron dejadas a un lado. Por ejemplo, la versión de “Caperucita Roja” de Perrault termina mal: el lobo se come a Caperucita, pero, antes de eso, Caperucita se desviste y se mete en la cama con él. Los Grimm no sólo introdujeron la figura del cazador y el consiguiente final feliz, sino que hicieron que el lobo se vistiera con el camisón de la abuela y que Caperucita permaneciera vestida y al lado de la cama. Además, introdujeron los consejos de la madre, por lo cual Caperucita se merece lo que le pasa porque está desobedeciendo, y, para reforzar su enseñanza, agregaron un segundo final en el cual la niña se encuentra con otro lobo y no le hace caso.

Aunque nunca dejaron de leerse, a principios del siglo XX los cuentos maravillosos eran constituidos como un desborde de fantasía que no ayudaba a la educación de los niños. Salvo raras excepciones, los pedagogos los descartaban por considerarlos crueles o los transformaban en cuentos carentes de situaciones violentas en los cuales los personajes eran un modelo de bondad. Por ejemplo, Antoniorrobles en España o Monteiro Lobato, en Brasil crearon cuentos que tenían como protagonistas a los héroes y heroínas de los cuentos maravillosos, pero a los cuales les hacían protagonizar nuevas aventuras. En nuestro país podemos encontrar esta operación en algunos títulos de la colección “La Biblioteca de Pepe Bolsillitos” de la editorial Abril, que fue la primera colección de literatura infantil dirigida a un amplio público, puesto que se vendía en los kioscos de diarios y revistas. Este fue el primer emprendimiento editorial de Boris Spivacow. Posteriormente, en 1968 el Centro Editor de América Latina lanzó su colección “Los cuentos de Polidoro”, también bajo la dirección de Boris Spivacow, que ofreció buenas versiones de los cuentos tradicionales: de Perrault, de los hermanos Grimm, de La Biblia, de cuentos y leyendas de Europa, de Las mil y una noches, de la mitología griega y de los mitos y leyendas americanas. En el caso de los cuentos de Perrault, que son sólo cinco, no se trata de traducciones exactas del escritor francés sino de adaptaciones realizadas por Beatriz Ferro.

El último emprendimiento lo realizó Graciela Montes al traducir con mucho esmero todos los cuentos en prosa y dos de los en verso, dejando únicamente de lado “La paciencia de Griselda”. Primero los publicó el mismo Centro Editor para su colección “La mar de cuentos”, que ampliaba el espectro de cuentos tradicionales ofrecido por “Los cuentos de Polidoro”, en la década de los ’80. Son libros de pequeño formato ilustrados en blanco y negro; en el caso de los cuentos de Perrault, el ilustrador es Saúl (Oscar Rojas). Esa misma colección pasó después a la editorial Gramón-Colihue en donde los cuentos se publicaron en forma individual y también reunidos en un solo volumen.

Ilustración de Saúl (Oscar Rojas) para el cuento “Barba Azul”.

La obra de Bruno Bettelheim, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de 1976, introdujo el análisis de los cuentos tradicionales desde el punto de vista de la psicología. Aunque muchas de las aseveraciones de Bettelheim son ahora muy discutidas, su obra tiene el mérito de haber revalorizado los viejos cuentos maravillosos como lectura apropiada para la infancia.

La corriente investigadora de la comprensión lectora, surgida en la década del ochenta, por razones más cognitivas que psicoanalíticas, revalorizó los cuentos tradicionales al descubrir que la actividad más influyente para lograr la comprensión lectora en la escuela primaria era el proceso de haberlos escuchado en la primera infancia. Afirmaba que esas narraciones ayudaban al niño a descubrir el simbolismo del lenguaje, el poder de crear mundos imaginarios por medio de la palabra, entre otras cosas.

Entonces los cuentos y las narraciones orales entraron en las escuelas. En esa época se divulgaron las propuestas de Gianni Rodari referidas a la escritura creativa a partir de los cuentos tradicionales. Estas propuestas consisten en modernizar los cuentos, contarlos al revés, mezclarlos, plagiarlos o escribir cuentos nuevos basándose en las funciones de Vladimir Propp. Él mismo escribió cuentos así, por ejemplo: “A enredar los cuentos”, “Miss Universo de ojos de color verde-venus”, “El flautista y los automóviles”, entre otros. Lo que caracteriza a los trabajos de Rodari es la creatividad y el respeto por los cuentos tradicionales.

Estas propuestas, excelentes en su momento, fueron agotadas por maestros y escritores. Incluso, para mucha gente, la parodia propuesta por el pedagogo italiano constituyó la única vía para acercarse a los cuentos maravillosos.

Con el auge de la literatura infantil a partir de la segunda mitad del siglo XX, surgieron gran cantidad de autores que abordaron otros temas y géneros alejados de lo maravilloso. Sin embargo, los cuentos de hadas siempre siguieron estando, censurados, adaptados o parodiados, nunca dejaron de leerse. El avance de lo “políticamente correcto” se filtró en la literatura infantil, surgieron entonces versiones edulcoradas que hasta llegaron al extremo de formar parejas de amigos como Caperucita y el lobo, o El gato con botas y el ogro. Todo lo políticamente incorrecto fue censurado; los hermanos mayores de “El Gato con botas” no abandonan al menor sino que lo ayudan, la hermana fea de “Riquete el del copete” también se casa con un príncipe, el rey de “Piel de Asno” no se enamora de su hija sino de su cuñada. Con el rebrote de la enseñanza moral llamada ahora “educación en valores”, se realizaron interpretaciones paranoicas, como, por ejemplo, proponer al Gato con botas como modelo de virtud, cuando en realidad es un típico héroe de la picaresca: mentiroso y ladrón.

Afortunadamente, desde la década de los ’80 del siglo pasado, hay un movimiento editorial tendiente a transformar los cuentos tradicionales en libros-álbum. Es destacable el emprendimiento realizado por el editor belga Etienne Delessert que publicó versiones fieles de los cuentos clásicos de Perrault y de los hermanos Grimm, ilustrados por grandes artistas. Estas obras fueron traducidas al español por la editorial Anaya para su colección “El Ratón Pérez”. En ella encontramos “Caperucita Roja” ilustrada por la fotógrafa francesa Sarah Moon, “La bella durmiente” por el pintor inglés John Collier y “La Cenicienta” por el ilustrador italiano Roberto Innocenti. Estas obras agregan nuevos sentidos sin cambiar el texto de las primeras versiones literarias.

La tendencia continúa. Ya en el siglo XXI podemos citar las versiones de los cuentos de Perrault publicadas por la editorial Juventud e ilustradas por Éric Battut, las de editorial Blume ilustradas por Jean-Marc Rochette y las de Ediciones B ilustradas por artistas españoles como Jesús Gabán y Miguel Ángel Pacheco. Mención especial merece la bellísima edición de “Piel de Asno” ilustrada por Anne Romby, publicada por Zendrera Zariquey. En nuestro país, es destacable la versión de “Caperucita Roja”, traducida e ilustrada por Leicia Gotlibowski, publicada por Ediciones del Eclipse.

Tapa del libro La Caperucita Roja, con ilustraciones de Leicia Gotlibowski (Buenos Aires, Ediciones del Eclipse, 2006).

Lo importante es que, en nuestros días, junto a todo tipo de versiones censuradas por distintos motivos, también se publican versiones fieles a los originales de Perrault. Estas versiones, lejos de asustar o perturbar a los niños, les provocan verdadero placer ya que son obras literarias de calidad. Si sumamos a esto su valor como documentos históricos, tenemos dos razones valederas para seguir leyendo los cuentos tal como los escribió su autor.

Para terminar, leamos a Marc Soriano, uno de los principales investigadores de la obra de Perrault:

“Obra maestra clásica por su elaboración formal y por su orientación racionalista, obra maestra barroca por sus temas maravillosos y por el rol fundamental que juegan en su elaboración las fuerzas mal contenidas del inconsciente del artista, los ‘Cuentos’ son también una obra maestra moderna a causa de su dimensión histórica. Jefe de las filas de los ‘modernos’, Perrault se mostró moderno al elaborar estos relatos del ‘tiempo pasado’ en el espíritu exacto que podía mantener su gracia hasta nosotros y sin duda por mucho más tiempo todavía.”

“La abuela cuentacuentos”, grabado de Gustave Doré.


Bibliografía consultada

  • Carpentier, Jean et Lebrun, Francois. Histoire de France. Paris, Éditions du Seuil, 1996.
  • Chartier, Roger. “Las prácticas de lo escrito”. En: Ariés, Philippe y Duby, Georges. Historia de la vida privada; Tomo 5: El proceso de cambio en la sociedad de los siglos XVI-XVIII. Madrid, Taurus, 1991.
  • Chartier, Roger. “Los libros azules”. En: El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Barcelona, Gedisa, 1992.
  • Chartier, Roger. “Introducción a una historia de las prácticas de lectura en la Era Moderna”. En: El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Barcelona, Gedisa, 1992.
  • Chartier, Roger. “Estrategias editoriales y lecturas populares, 1530-1660”. En: Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Madrid, Alianza, 1994.
  • Chartier, Roger. “Comunidades de lectores”. En: El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII. Barcelona, Gedisa, 1996.
  • Collinet, Jean-Pierre. Prólogo y notas. En: Perrault, Charles. Contes. Paris, Gallimard, 1981.
  • Darnton, Robert. “Los campesinos cuentan cuentos: El significado de Mamá Oca”. En: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa. México, Fondo de Cultura Económica, 1994.
  • Duby, Georges. Histoire de France. Paris, Larousse, 1987.
  • Gélis, Jacques. “La individualización del niño”. En: Ariés, Philippe y Duby, Georges. Historia de la vida privada; Tomo 5: El proceso de cambio en la sociedad de los siglos XVI-XVIII. Madrid, Taurus, 1991.
  • Hanán Díaz, Fanuel. Leer y mirar el libro-álbum: ¿un género en construcción?. Catalejos, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2007.
  • Pisanty, Valentina. Cómo se lee un cuento popular. Barcelona, Paidós, 1995.
  • Soriano, Marc. Les Contes de Perrault. Paris, Gallimard, 1968.


Nota

(*) La “literatura de cordel” consistía en libros muy baratos que vendían vendedores abundantes. Se llama así porque, en un principio, eran páginas sueltas que se colgaban de una cuerda. Por extensión, a veces se denomina así a las ediciones baratas que se venden en los kioscos. La “Biblioteca Azul” pertenecía a este tipo de literatura y su nombre se debe a que las tapas de los libros eran de color azul. En general eran adaptaciones de clásicos que simplificaban el lenguaje y la extensión de los textos para que pudieran ser comprendidos por un público más amplio. Eran leídos principalmente por los campesinos.


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4 comentarios sobre “Los cuentos de Charles Perrault, ¿cuentos maravillosos o documentos históricos?”

  1. Alejandro García Quiroz dice:

    Muy buen artículo de fondo y, la bibliografía que contiene, nos invita a profundizar, en este hermoso tema: los cuentos para niños y, también, por qué no decirlo, también para los adultos, principalmente educadores y padres de familia, gracias por darnos a conocer la historia qaue han seguido las publicaciones de estas obras.


  2. Alicia Acosta dice:

    Me parecio muy interesante el artículo, sobre todo porque me mostro que el espiritu original con que fueron escritos los cuentos tradicionales se ha rescatado para las generaciones futuras, que las versiones edulcoradas no van a ser las que perduren.Gracias por la contribución a su difusión.


  3. Yorcka Torres dice:

    Muy buen art{iculo, bien estructura y con buena documentación.


  4. Graciela Logarzo dice:

    Excelente artículo! Solvente e interesante. Gracias.


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