¿Medianera o puente? La cuestión de mediar entre las personas y los libros

Texto de la ponencia presentada por la autora en la Biblioteca Infantil y Juvenil “Juanito Laguna” (UTE-CTERA) (Buenos Aires, 6 de junio de 2012). Imaginaria agradece su gentileza y autorización para publicarla en estas páginas.

Por Iris Rivera

Linternas locas que van
son las palabras
agujereando nieblas
rompiendo reglas
y desarmando jaulas…

Bichos sin dueño oficial
son las palabras
que atacan o se mueren
cuando las quieren atar
y hay que soltarlas.

Frutas sin descascarar
son las palabras.
No es fácil mantenerlas
y hay que morderlas igual
si son amargas.

Lluvia que insiste en caer
son las palabras.
Hacen brotar cardales
riegan trigales
perforan los paraguas.

Las palabras, qué cosa seria. Cosa seria, graciosa, tierna, difícil de tragar… Las palabras, objetos sonoros tan materiales como la arcilla de quien modela, como las notas del músico, como los pasos de baile del que danza, como… Objetos con consistencia, con peso y espesor. Nos brotan fácil, como agua de la fuente… cuando la fuente no está tapada. O nos brotan… difícil, como si los conductos estuvieran atacados de algún tipo de sarro. O ni siquiera salen, como si el manantial se hubiera vuelto cauce seco. Las palabras, esos objetos que suenan son flechas cuando hieren, sogas cuando atan, puentes cuando unen, abismos si separan, sopapos si sacuden, caricias si calman, llaves que abren, candados muy capaces de encerrar.

Manantial de palabras somos las personas, un manantial de fuerza y de fluidez ingobernable. Nuestro lado de adentro, ese sueño cumplido del misterio propio. Misterio para los otros y misterio para nosotros mismos. Somos complejos y también capaces de expresar nuestra complejidad: con gestos, con acciones, con canciones, pintando, dibujando, bailando mal o bien y a veces, sólo a veces, con palabras.

Por eso debe ser que la palabra dicha (o escrita) viene con la esperanza de suscitar respuesta, es palabra que pide vuelto de palabra… y si no pide, espera. Espera sin pedir.

Me pidieron que venga y que suelte palabras. Han esperado pidiendo. Me toca el vuelto. A ver qué salen a decir esas locas bajitas (o altitas), las palabras.

Palabra escrita, guardada, puesta en hoja: libro (libros). Libros hechos para ser abiertos: sus tapas, sus hojas… y sus palabras. Literatura puesta en libro: arte. Esa particular forma del arte que llamamos —para darle algún nombre— literatura infantil (ya encontraremos uno mejor, va haciendo falta buscarlo). Literatura infantil, se anima a decir una y las palabras se corren. No se van, pero se hacen a un costado como en un vagón lleno cuando entra un pasajero más. Las palabras le hacen sitio a las imágenes, esa otra forma del arte. A las imágenes y a su especial manera de decir. Ellas también afloran del manantial interno, ellas también pronuncian, se pronuncian en nombre de la creación, de la belleza. Ellas también expresan y esperan vuelto. Y hasta son muy capaces de suscitar palabras.

Visita del Jardín de Infantes del Centro “Ramón Carrillo” de Villa Soldati a la Biblioteca “Juanito Laguna” (2012).

Mirar las imágenes de un libro no es solo ver, es detenerse a ver, demorarse en ver. Y leer un texto no es solo leer, también es detenerse y demorarse, es re-leer.

Mirar y re-mirar, leer y re-leer. Y, la escuela, gran oportunidad. La oportunidad grande o La gran ocasión, como la llama Graciela Montes (1). Una biblioteca como la “Juanito Laguna” también es esa Gran Ocasión. Ocasión de encuentro entre niños y niños, entre adultos y adultos, entre adultos y niños. Encuentro para y en el leer —imágenes y palabras—, para y en el hablar de las múltiples lecturas posibles a las que cada obra artística da lugar. La Gran Ocasión de leer y decir, de escuchar decir, de decir y ser escuchados, de recibir palabra e imagen y devolver imagen y palabra. Palabras e imágenes de las que convocan sentires, de las que organizan pensares, y nos provocan a decir.

Entrar, por la vía del arte, al misterio de las otras personas y al grande, gran misterio de nosotros mismos. ¿Y los libros? Los libros como excusa, como puerta de entrada a esta ronda que nos comunique, como elemento indispensable de esa ocasión grande y propicia que es la escuela, que es la biblioteca.

Propicia ¿desde dónde? Muy probablemente desde la escucha. Escuchar tampoco es sólo oír, es también demorarse en oír. Para dejarme alcanzar por las voces de los otros, hago silencio de mí. La escucha, ese ejercicio. Mis ideas previas, mis palabras se callan, se a-callan para poder recibir las palabras del otro, para hacerle lugar a lo que tiene de único, de diferente, de singular. Y voy a la sorpresa, a lo que no esperaba, a lo que hay en el otro de imprevisible para mí, a lo que contiene, a lo que lo contiene y lo desborda, a lo que es.

El otro es otro adulto o es un niño. Yo misma soy el otro de los otros. Y, en el medio de todos, esa esperanza de ida y vuelta llamada diálogo: las palabras. Que son flechas cuando hieren, sogas si atan, puentes si unen, abismos si separan, sopapos si sacuden, caricias si calman, llaves que abren, candados muy capaces de cerrar con doble vuelta.

Visita de la Sala de 2 años del Jardín Comunitario de Barracas a la Biblioteca “Juanito Laguna” (2012).

Grandes ocasiones, la escuela, la biblioteca y allí, ¿qué puede hacerse con un libro que empieza…

“Celina tiene una calle en el bolsillo. Está ovillada como una pelota de piolín. La despliega y la vuelve a ovillar. El ovillo tiene un montón de cuadras y también una plaza. Celina piensa que algún día su ovillo tendrá el largo necesario para medir la panza del mundo”.

Así escribe Laura Devetach en La plaza del piolín (2).

¿Y qué se hace con un libro que dice…

“—Esposo, ¿oyes ese ruido?
El campesino bajó unas carnosas hojas de alcaucil que estaba a punto de llevarse a la boca.
—La verdad, mujer, no escucho otra cosa que el ruido de las lechugas creciendo —respondió el hombre. Y ensartó su tenedor en la ensalada.”

Así escribe Liliana Bodoc en Sucedió en colores (3).

¿Y qué hacer con otro libro que dice…

“—Lo que pasa es que no sos más que un cobarde.
—Así será. No tengo miedo de pasar por cobarde. Podés agregar, si te halaga, que me has llamado hijo de mala madre y que me he dejado escupir. Ahora ¿estás más tranquilo?
Pero La Lujanera me sacó el cuchillo que yo sabía cargar en la sisa y me lo puso, como fula, en la mano. Para rematarla, me dijo:
—Rosendo, creo que lo estás precisando.”

Así dice Jorge Luis Borges en “Historia de Rosendo Juárez” (4).

¿Y qué hacer con otro libro que dice…

“El Ogro había llevado a la princesa hasta su casa-cueva. La tenía atada a una silla y en ese momento estaba cortando leña: pensaba hacer princesa al horno con papas. Las papas ya las tenía peladas.”

Así escribe Ricardo Mariño en Cuento con Ogro y princesa (5).

Y con esto… ¿qué se hace?

“—¡Qué extraño! —dijo la muchacha, avanzando cautelosamente—. ¡Qué puerta más pesada! —La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
—¡Dios mío! —dijo el hombre—. No tiene picaporte del lado de adentro. ¡Nos han encerrado a los dos!
—A los dos no. A uno solo —dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.”

Así escribe el inglés Ireland en “Final para un cuento fantástico” (6).

¿Y cómo tomar la manera que tiene Juan Rulfo de contar la inundación que se llevó a una vaca?

“Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana (la Tacha), con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se han echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas…”

“Es que somos muy pobres” se llama este cuento de Rulfo (7).

Una se encuentra con libros así y puede decir ¡Qué bueno!

El Ogro la tenía atada a una silla y estaba cortando leña: pensaba hacer princesa al horno con papas. Las papas ya las tenía peladas.

A una le dan ganas de compartir estos tesoros. Y una puede decir: Sírvanse lo que quieran…

Celina tiene una calle ovillada, una pelota de piolín. Algún día su ovillo tendrá el largo necesario para medir la panza del mundo.

La pucha, qué valioso… podría decir una.

—Esposo, ¿oyes ese ruido?
—Mujer, no escucho otra cosa que las lechugas creciendo.

A esto hay que cuidarlo, se podría pensar.

No sos más que un cobarde.
—Así será. Me has llamado hijo de mala madre y me he dejado escupir.
Pero La Lujanera me puso el cuchillo en la mano:
—Rosendo, creo que lo estás precisando.”

¿Hay que cuidar este tesoro o hacerlo circular?

—¡Dios mío! No tiene picaporte del lado de adentro. ¡Nos han encerrado a los dos!
—A los dos no. A uno solo…

Desesperarse una, caray… me llueven tantos libros, tantas preocupaciones.

Que la vaquita era para dársela a la Tacha, con el fin de que tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como mis otras dos hermanas, las más grandes.

Cuidarlo y compartirlo. Cuidarlo mientras se lo comparte, mientras se lo hace circular. Qué difícil. Y sí, son los problemas de tener un tesoro propio que, al mismo tiempo, resulta que es de todos. Es lo difícil de tener una vaquita, como tenía la Tacha… y de si importa poco o mucho el hecho de tenerla o no.

Literatura infantil, ya buscaremos un nombre mejor para la vaquita de la Tacha. Un tesoro de arte, una torre de libros de los que acaso yo conozca algunos, pero varios o muchos, no. Una torre de libros y La Gran Ocasión… o una altísima torre de yonosequehacer, de preocupaciones, pero…

Hay gente que, leyendo, se aleja de la costa
y se zambulle en un bote sin fondo.
Hay gente que, leyendo, contradice la ley de gravedad.

Una torre de libros es capaz de aplastarme aunque no se derrumbe.
Pero si en uno de esos libros yo me encuentro, era ése el que importaba.
Una torre de libros puede usarse para alcanzar y ver.

Una torre de libros puede caerme encima
pero el libro que importa
es ese al que entro pez y salgo pájaro.

Puedo llegar a un libro con la cabeza alerta y la espalda agobiada
o me puedo acercar con el gusto y el olfato y el tacto.
Hay libros que se esmeran en provocar.

Una torre de libros puede caerme encima
pero del libro que importa salgo pájaro
habiendo entrado pez.

Hay gente que, leyendo, se aleja de la costa
y se zambulle en un bote sin fondo.
Hay gente que, leyendo, contradice la ley de gravedad.

Cuando atravieso un libro y el libro me atraviesa…
… era ése el que importaba.

Leer esta vaquita de la Tacha no es sólo leer, también es mirar… y detenerse y demorarse, es remirar, es releer. No importa cuántos libros de la torre alcance yo, cuántos libros me alcancen. Importa estar buscando el libro que importaba.

Importaba e importa con miras al encuentro entre adultos y adultos, entre niños y niños, entre adultos y niños.

Leer y hablar, leer y decir y escuchar decir, decir y ser escuchados, recibir palabras y devolver palabras, esas linternas locas, esos bichos sin dueño, esas frutas con cáscara, esa lluvia que insiste, que insiste en caer… y que es capaz de atravesar los techos y los paraguas.

Visita de la Escuela Especial Nº 35 de Baja Visión a la Biblioteca “Juanito Laguna” (2012).

Les cuento ahora de un trabajo que hicimos con María Inés Bogomolny y Mirta Goldberg. Se trata de una guía para mediadores que se presentó hace cosa de tres años en la Feria del Libro de Buenos Aires. La guía acompañaba a dos DVD que contenían ocho episodios del programa Ver para leer (conducido por Juan Sasturain y emitido por Telefé) y se distribuyó en todas las escuelas de nivel medio del país y en la Bibliotecas Populares, a través del Ministerio de Educación y la CONABIP (8).

De ese trabajo van algunos párrafos sobre otro arte: el arte de mediar entre los libros y las personas. Van para ustedes, gente que le pone el cuerpo y la voz a ese difícil arte lleno de sorpresas, hecho para quienes aman cultivar el asombro, mediadores entre el arte y las personas:

“La escena del lector a solas con un libro no es la única posible. La escuela, por ejemplo, es un lugar social por lo que el encuentro con otros la convierte en un espacio privilegiado para los intercambios y para distintas prácticas relacionadas con la palabra: hablar, escuchar, leer, escribir.

Es que allí nos encontramos dentro de una ‘comunidad de lectores’ y así tenemos la oportunidad de escuchar lo que otros piensan de aquello que estamos leyendo o escribiendo, como también la de aportar nuestra opinión.

Aidan Chambers (9) se refiere a este ‘hablar juntos’ como un momento de ‘despegue’ hacia lo que, hasta el momento de la charla, nos era desconocido. Al escuchar lo que otros dicen del texto que estamos leyendo, descubrimos lo que no se nos hubiera ocurrido pensar a solas. Nuestro pensamiento se une y se entrama con el de los otros. Y así, de nuestro solitario ‘texto pensado’, que es un tejido, va surgiendo el ‘texto conversado’, otro tejido que crece a lo ancho de la lectura en grupo, a lo largo en el tiempo del encuentro, y que sigue creciendo en nuestro tiempo interno cuando nos lo ‘llevamos puesto’. Entonces, ese ‘despegue’ del que habla Aidan Chambers, es también profundización: encontramos otras ‘capas’ en el texto, y otras capas en nosotros mismos (en los distintos niveles de profundidad que tenemos las personas).

Para un docente, para un bibliotecario hay una interesante distancia entre pensar la lectura como un hábito (el tan trillado ‘hábito de la lectura’) y pensarla como un ‘lugar habitable’, un ‘espacio a habitar’ en el que no necesariamente estaremos solos aunque también podamos estarlo si queremos y tenemos la oportunidad.

Palabra dicha, palabra escuchada, palabra pensada, palabra escrita, palabra leída: cinco momentos en el ciclo, siempre en movimiento, de la palabra. A ese ciclo entramos cuando nacemos y a él nos incorporamos a medida que nos vamos volviendo hábiles, competentes en el uso de la palabra en todas sus formas.

No podemos referirnos a la lectura prescindiendo de los otros momentos del ciclo. Es importante ver que en ‘la conversación’ sobre libros se ponen en juego todos ellos funcionando de a pares: mientras alguien habla, los demás escuchan… y tanto el habla como la escucha se refieren a libros (a la escritura) y a lo que nos pasa cuando entramos en ellos (a la lectura).

Nuestra historia como lectores es también nuestra historia como hablantes, oyentes, escribientes, pensantes. Es la historia del ciclo que la palabra hace en nosotros todo el tiempo.

¿Cómo favorecer el desarrollo de estas competencias en las personas de cualquier edad? Sacándolas al ruedo, poniéndolas en juego con todo lo que la expresión ‘poner en juego’ implica. No se trata de un juego de preguntas y respuestas donde hay uno que sabe y los otros tienen que dar con la respuesta correcta. Es otra clase de juego, como el de la vida donde las respuestas son siempre provisorias y las preguntas siempre se están reformulando. No es lo mismo un interrogatorio que un diálogo. No es lo mismo responder a las preguntas que nos hacen que decir en voz alta las preguntas que nos hacemos. No es lo mismo alguien que pide que contestemos sus preguntas que otro que nos habilita para formular las nuestras.

Mediar es, de alguna manera, estar en el medio entre las personas y los libros. Claro que se puede estar “en el medio” a la manera de una medianera… o a la manera de un puente.

Al docente, al bibliotecario, al adulto que trabaja para volverse puente es al que damos el nombre de mediador.

Al tomar conciencia de esto, es fácil ver que un mediador no es un docente o un bibliotecario con una formación de base y nada más. Es alguien que se entrena, se nutre con miras a una función para la que, por ahora, no viene preparado desde su formación. Buena parte de ese entrenamiento, de esa nutrición, tiene que ver con leer, leer, leer y otra buena parte, con compartir lecturas con sus pares, y otra buena parte con experimentar, generar escenas de lectura con sus grupos, y otra buena parte con compartir esas experiencias con sus pares. Muchas partes, dirán ustedes… ah, pero todas buenas. Todas buenas partes.

¿Cómo y cuándo intervenir? ¿Cómo y cuándo preguntar? ¿Cómo y cuándo callar?

De los criterios que pone en juego el mediador, depende el éxito de la experiencia. Y por éxito entendemos que las personas resulten contagiadas de entusiasmo por probar, por explorar, por conocer.

La primera condición del mediador es la escucha. Y escuchar no es lo mismo que oír, así como ver no es lo mismo que mirar. Un mediador no se conforma con que las personas vean, las invita a mirar. Un mediador no recibe la palabra del otro ‘como quien oye llover’: la escucha.

Y «esa escucha —dice Cecilia Bajour (10)— se extiende no sólo a lo dicho con palabras sino también a los signos transmitidos por gestos elocuentes. Escuchar también pasa por leer lo que el cuerpo dice».

La característica por excelencia del mediador es la valoración de la palabra del otro, cualquiera sea esa palabra. Un mediador no es alguien que detenta el poder sobre las lecturas ajenas: es nada más —y nada menos— que un lector dentro de una comunidad de lectores. Es un lector generalmente más entrenado o con mayores competencias, por eso es quien coordina, pero sus mismas competencias le hacen ver que un texto literario no tiene una sola lectura, sino un abanico de lecturas posibles y que cuanto más conversemos sobre él, más podremos abrir ese abanico. Un mediador es un lector con derecho a opinar, pero no alguien que tiene la palabra última… en principio porque, tratándose de leer literatura, no existe la llamada ‘última palabra’.

El mediador necesita «aceptar al otro en su diferencia, su lectura y su visión del mundo con esa diferencia —dice Cecilia Bajour— aunque no coincida con ella». Esta democracia de la palabra pone a un costado también la sobreprotección. Son posibles y deseables las escenas en que los lectores quedan —según sostiene esta misma autora— «inquietos o en estado de pregunta» (11). Y está claro que no se refiere a la pregunta de un cuestionario, sino a la incertidumbre, a las preguntas internas que generan la literatura, el arte, la vida.”

Un mediador no es alguien que abandona el grupo a su suerte, lejos de eso, es un coordinador que todo el tiempo hace cosas desde el acompañamiento:

  • Valora los saberes de su grupo y lo hace saber… Qué hubiera hecho el padre de Marina, que es cerrajero, si se quedaba encerrado del lado de adentro ¿no?
  • Un mediador toma lo que alguien dijo y lo devuelve al grupo… ¿Oyeron lo que dijo Lautaro? Dijo que no existe un piolín tan largo para darle la vuelta al mundo…
  • Amplía, sugiere, acompaña… Las vacas saben nadar, sí pero cuando el río crece arrastra ¿o no?…
  • Respeta los silencios. Que alguien no intervenga en la conversación no quiere decir que no esté pensando, sintiendo…
  • Está presente, pero sin protagonizar ni monopolizar, da su opinión y escucha las consideraciones del grupo en relación con ella: yo no creo que Rosendo fuera un cobarde ¿o sí?
  • Repregunta y estimula a repreguntar: ¿Y cómo te das cuenta de que las lechugas no hacen ruido cuando crecen?
  • Admite que los alumnos le pregunten a él o entre ellos: Lucila pregunta si los ogros comen gente y si existen de verdad, yo no sé qué piensan ustedes…
  • Abre la discusión cuando parece cerrarse: Javier dice que cómo vas a hacer un ovillo con una calle… Eso digo yo, cómo…
  • Convida (lee un fragmento, cuenta algo acerca de un libro, lo muestra…), y acepta ser convidado: Ah, miren… Brenda sacó un libro de princesas de la biblioteca… y no son las de Disney, ¿quieren ver?…
  • Genera, incentiva, da curso a las iniciativas que surgen: ¿Acá quieren hacer la pelea de Rosendo Juárez? Bueno, ¿quién hace de la Lujanera?
  • Contagia su entusiasmo por leer, descubrir, conocer: No saben el libro que me regalaron para mi cumpleaños! Trata también de un cuarto cerrado. No, no lo traje hoy. Lo traigo mañana si quieren. ¿O les cuento una parte?

Visita del Jardín Integral Nº 1-D.E. 4 a la Biblioteca “Juanito Laguna” (2011).

Un mediador no es medianera, es puente. Se va convirtiendo en puente. El caso es cómo hacerlo. He ahí la cuestión. ¿Cómo hacerlo? He ahí la pregunta. Y ojalá pueda mostrar que, cuando uno tiene una pregunta, no es que le falta algo, sino que tiene algo. La punta del ovillo de cualquier respuesta es una pregunta. Uno no pregunta cualquier cosa. Su pregunta tiene que ver con algún principio de respuesta que está teniendo.

Por eso, como una forma de mostrar la importancia de tener una pregunta, y para dejar que entren otras voces a este monólogo que habla de diálogo, elegí dos situaciones de taller con adultos para compartir hoy. Ambos ejemplos se refieren a lectura de textos que son las pistas por las que circula este oficio que elegí, el de escribir.

Va la primera:

“¿Cómo sé si un texto es malo o bueno?”, pregunta Cintia.

Devuelvo la pregunta al grupo: “¿Cómo sé si un texto es bueno o malo?”

Cintia misma arriesga una respuesta:

“Cuando un texto me parece malo es porque siento que voy rápido por la superficie. El que es bueno, en cambio, se ahonda, se va para adentro. Es como que la palabra que está escrita deja de importar porque se va, se va, se va para adentro”, explicaba.

Fue muy importante que Cintia tuviera esa pregunta y que la formulara aunque no tengamos ni nos apuremos por tener una respuesta todavía.

La punta del ovillo de cualquier respuesta es una pregunta. Uno no pregunta cualquier cosa. Cuando uno tiene una pregunta, no es que le falta algo, sino que tiene algo. Por eso echo a rodar entre nosotros, hoy acá, la pregunta de Cintia: “¿Cómo sé si un texto es malo o bueno?”

Y voy a la segunda situación:

Mary, integrante de otro taller, cuenta que levantó una baldosa del patio de su casa con la intención de tener tierra para plantar allí una parra. La parra nunca prosperó, pero un día quiso hacer puré de calabaza, entonces apartó las semillas —para que no quedaran en el puré— y las tiró en esa tierra de la baldosa levantada. Al tiempito empezó a crecer una planta. Era un lugar con poca luz, debajo de una escalera. Mary ayudó a la planta a enredarse en la baranda. Un día se fue de vacaciones y, a la vuelta, encontró que la planta había dado un zapallo enorme. Empezó a buscar entre las hojas y encontró más. En total, esa planta le dio 118 kilos de zapallo.

Lo curioso fue que las semillas eran de zapallo calabaza… pero salieron zapallos de Angola, de los que se usan para dulce. No faltó en el barrio quien empezara a hablar del “zapallo milagroso”. Hasta llegó gente de otros barrios a “comprar” un frasco del dulce interminable que Mary ya no sabía a quién más regalar.

Ana, otra integrante del taller que por suerte es bióloga, explicó que, cerca de la casa de Mary, tuvo que haber otra planta de distinta variedad de zapallo, y el viento o los insectos produjeron una polinización cruzada entre zapallo de Angola y zapallo calabaza.

El primer comentario que surgió en el grupo fue: “parece un cuento de García Márquez”. Y lo parecía. Pero Mary prometió documentar con fotos sus dichos. Y en el encuentro siguiente puso las fotos sobre la mesa. El dulce “milagroso”, no lo puso… porque ya no le quedaba ni un frasco.

La conversación en el grupo derivó en comparar lo frondoso y lo mutante de aquella planta de zapallo con la escritura literaria. Nos dimos cuenta de que ambos —el zapallo y la escritura— se parecen en la manera de germinar, de brotar y de crecer. Uno (el que escribe) levanta una baldosa de su patio interior para plantar una parra, pero resulta que la parra no prospera. La baldosa levantada está debajo de una escalera, en un sitio con poca luz. Uno plantó parra, pero la parra no brota. Es lamentable, pero qué se le va a hacer. Entonces uno se distrae del asunto, se pone por ejemplo a pisar puré. Pero la baldosa quedó levantada. Y la tierra quedó expuesta a que ahí caiga de todo, hasta lo que uno deshecha. Me olvidé de la baldosa, me olvidé de la parra. En una de esas veo que empieza a brotar zapallo, y bueno, paciencia… o a lo mejor está bien, tendré zapallo. Me entusiasmo, lo riego, le ayudo a enredarse en la baranda de mi escalera. Y la vida continúa de tal manera que un día hasta me voy de vacaciones. Pero la planta sigue creciendo ahí. Y a mi regreso, yo que había querido parra, tengo… superproducción de zapallo. Ajá. Entonces me imagino pisando 118 kilos de puré… pero, no… resulta que tampoco. Porque los zapallos son de los de dulce.

¿Cómo pasó esto? ¿Cómo pasó? Mi tierra se negó dos veces a dar lo que yo esperaba. Primero no dio parra, después me cambió la variedad de zapallo. ¿Cómo pudo pasar?

¿Cómo funciona este poder de decisión que tienen los canteros de uno? ¿Qué vientos y qué insectos vuelan? ¿Cómo suceden semejantes polinizaciones cruzadas?

Uno se queda perplejo con esto. Para sorpresa ya tiene bastante, pero resulta que la cosa no terminaba ahí. Ni mucho menos. Porque el producto de semejante proceso imprevisible, desemboca en otro quizá más azaroso, más asombroso todavía. Desemboca en quien degusta el dulce de zapallo. En un lector. Y un lector es alguien que también tiene patio, baldosa levantada, vientos inmanejables, insectos sin gobierno y polinizaciones de lo más cruzadas.

Lo que yo voy pensando por ahora es que estos textos-zapallo, que son los que produce la literatura, no permanecen nunca iguales a sí mismos. Mutan. Apenas se los da por terminados ya ni siquiera son zapallo, ya son textos-cebolla. Se ofrecen a sus lectores desde sus muchas capas. Cada lector llega a la capa que llega. Y un mismo lector, en una lectura futura, puede llegar a una envoltura más profunda de la cebolla. Porque el texto es cebolla y el lector también (el lector también tiene capas). El lector frente al texto es cebolla frente a cebolla. Y entonces, el texto-cebolla le muestra al lector-cebolla sus propias capas.

Cuando hablo de texto-cebolla es que estoy hablando de literatura. A la literatura se la reconoce, entre otras cosas, porque es cebolla… por oposición a otros textos de los que se podría decir que son papa. Y digo textos-papa peyorativamente. Textos-papa desde la cáscara hasta el corazón. Papa compacta. Pienso en las capas de la cebolla y veo que, cuando la cebolla brota, brota desde lo de más adentro.

Yo no podría explicar lo que esto significa. Si lo quiero explicar, me quedo corta. Explicarlo sería decir poco, decir menos. Por eso elijo decirlo así. Los textos-papa brotan desde la cáscara; los textos-cebolla, desde el corazón. Lo digo así, lo sugiero, lo insinúo, lo dejo en la entrelínea porque no lo quiero reducir, es profundo, no lo quiero aplanar. Por eso elijo esta manera de decir que no explica, pero toca el corazón de la cebolla… Por eso elijo la manera de la literatura.

La literatura, ese yacimiento de palabras elegidas y combinadas con arte. Ésas que los artistas que admiramos logran pescar al vuelo cuando pasan zumbando, y las limpian, las pelan, las revuelven, las agitan, las trituran, las liberan, las emperejilan y nos las sirven al plato como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas, así lo dijo de bien Pablo Neruda.

Tienen sombra, transparencia, peso, plumas… así lo dijo. Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío…así lo dice el tal Pablo y así son las palabras, así cantan. Cantan belleza cuando no desafinan, cantan verdad cuando no mienten. Cuando no engañan, cantan la justa.

Linternas locas que van
son las palabras
agujereando nieblas
rompiendo reglas
y desarmando jaulas…

Bichos sin dueño oficial
son las palabras
que atacan o se mueren
cuando las quieren atar
y hay que soltarlas.

Frutas sin descascarar
son las palabras.
No es fácil mantenerlas
y hay que morderlas igual
si son amargas.

Lluvia que insiste en caer
son las palabras.
Hacen brotar cardales
riegan trigales
perforan los paraguas.

Visita de la Escuela Especial Nº 35 de Baja Visión a la Biblioteca “Juanito Laguna” (2012).


Notas de Imaginaria

(1) Montes, Graciela. La gran ocasión. La escuela como sociedad de lectura. Ilustraciones de Saúl Oscar Rojas. Coordinador del Plan Nacional de Lectura: Gustavo Bombini. Diseño gráfico: Rafael Medel. Buenos Aires, Plan Nacional de Lectura, Ministerio de Educación Ciencia y Tecnología, 2007 (segunda edición).

(2) Devetach, Laura. La plaza del piolín. Ilustraciones de Nancy Fiorini. Buenos Aires, Editorial Alfaguara, 2001. Colección Infantil; Serie Naranja.

(3) Bodoc, Liliana. Sucedió en colores. Ilustraciones de Matías Trillo. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2004. Colección Torre de Papel, serie Torre Azul.

(4) Borges, Jorge Luis. “Historia de Rosendo Juárez”. En: El informe de Brodie (1970).

(5) Mariño, Ricardo. Cuento con ogro y princesa. Ilustraciones de Laura Cantón. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1987. Colección El Pajarito Remendado. Existe edición entregada con el periódico Página/12 (Buenos Aires, 1999).

(6) Ireland, I.A. “Final para un cuento fantástico”.

(7) Rulfo, Juan. “Es que somos muy pobres”. En: Pedro Páramo / El llano en llamas. Barcelona, Seix Barral, 1983. Colección Literatura Contemporánea.

(8) Bogomolny, María Inés y Goldberg, Mirta. Ver para leer desde la escuela y la biblioteca. Coordinación general de la guía: María Inés Bogomolny. Lectura crítica y colaboración autoral: Iris Rivera. Buenos Aires, Fundación YPF, 2009.

(9) Chambers, Aidan. Dime. México, Editorial Fondo de Cultura Económica, 2007. Colección Espacios para la lectura.

(10) Bajour, Cecilia. “Oír entre líneas: el valor de la escucha en las prácticas de lectura”. Conferencia pronunciada por la autora en la 5ª Jornada de Reflexión sobre la Lectura y la Escritura organizada por la Secretaría de Educación del Distrito y Asolectura (Bogotá, Colombia, 6 de octubre de 2008). Publicada en Imaginaria N° 253 (Buenos Aires, 2 de junio de 2009).

(11) Bajour, Cecilia. “Oír entre líneas: el valor de la escucha en las prácticas de lectura”. Op. cit.


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18 comentarios sobre “¿Medianera o puente? La cuestión de mediar entre las personas y los libros”

  1. Ana Antelo dice:

    Muy bueno!!


  2. Josefa Prada dice:

    La nota de la entrevista llevada a cabo por Graciela Perriconi donde Iris Rivera dice que ESCRIBE CUENTOS PARA ENTENDER QUE LE PASA A ESA GENTE QUE LOS HABITA Y LOS PADECE, ha sido el disparador para que sienta el poder de la transferencia que me merece esa significada acción, si bien lo mio es más narrativa adulta por falta de coraje para intentar escribir infanto-juvenil, gran ramificación de sentidos que tanto admiro de la nueva literatura contemporánea y argentina.
    Gracias por la excelencia de vuestras notas.
    Josefa Prada


  3. selva dice:

    IRIS… una grande en el arte de decir y también en el de hacer silencio de sí para demorarse en los decires ajenos.


  4. Magdi dice:

    Iris, que bueno encontrarte aquí, en estas palabras tuyas que llevan luz, colores como tu nombre, y que siempre siempre son puente, en la literatura y la sensibilidad.


  5. cecilia dice:

    Hermoso, hermoso, hermoso.


  6. Verónica Álvarez Rivera dice:

    Iris, gracias, Imaginaria, gracias!!!!!!!!!!!!!!


  7. Laura dice:

    Genial Iris, increíblemente lúcida, tan generosa con las palabras…entregándose siempre en cada una, poesía pura…ella no es puente ni medianera, ella es camino iluminado.


  8. Daniela dice:

    Me conmueve leer esto, dan ganas de entrar en este camino. Gracias, Iris


  9. alejandra dice:

    Tuve el honor de poder presenciar su charla, me conmovió su sencillez al decir, sus silencios en ese “no decir” que dice tantas cosas, una docente de docentes,,,


  10. Zulma dice:

    A mí también me conmueven tus palabras Iris, y me alegran el espíritu, porque expresan muy bellamente el profundo placer que se siente al compartir literatura con Otros generando vivencias verdaderamente libres. Muchas gracias Imaginaria por brindarnos las PALABRAS de tan buenos maestros.


  11. Sole dice:

    Esto es el “Efecto Iris”. Me refiero a esas palabra cebolla que siempre te dejan tildado en futuras respuestas que pujan por salir de uno. Me refiero a esa necesidad despertada de seguir y seguir leyendo y viendo como estas “cosas- palabras” brotan, germinan, se muestran. Me refieron a tener esa necesidad de profundizar plantada que pincha, busca y crea.


  12. Jaqueline González dice:

    Qué se puede decir después de leer estas maravillosas palabras que escribió Iris?? reconfortan, fortalecen, invitan a continuar incentivando a la lectura, al placer de leer por leer…GRACIAS, MUCHAS GRACIAS!! por compartirlo con todos nosotros, los que estamos del otro lado, LOS QUE DÍA A DÍA EN LAS AULAS acercamos libros, buenas lecturas a nuestros niños y jóvenes…


  13. LELIA CRISTINA FRÍAS dice:

    Tomando la poesía de Iris Rivera:
    “Linternas locas que van
    son las palabras
    agujereando nieblas
    rompiendo reglas
    y desarmando jaulas…
    Bichos sin dueño oficial
    son las palabras
    que atacan o se mueren
    cuando las quieren atar
    y hay que soltarlas.
    Frutas sin descascarar
    son las palabras.
    No es fácil mantenerlas
    y hay que morderlas igual
    si son amargas.
    Lluvia que insiste en caer
    son las palabras.
    Hacen brotar cardales
    riegan trigales
    perforan los paraguas.”
    …y lo dicho por Saramago:-” las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas”-; pues ellos los más chicos con balbuceos, repiten una, y otra vez la misma palabra, o media palabra, haciendo de ésto un juego muy encantador con las palabras, y si se le suma a este juego el medio en donde crece y desarrola, es decir el entorno, padres que estimulan con cuentos, convirtiéndose en verdaderos mediadores, pasadisos o puentes diría Petit, que a cada palabra o media palabra la amasan jugando, haciendo de todo un acto verdaderamente lúdico, donde la palabra, es el juguete que se pone en juego, se amasa, se amasa, se deja , se levanta, se deja leudar y luego de una breve horneada, esa palabra se instala, se incorpora, moviendo lo ya asimilado y dejándole lugar a la nueva palabra que llega para incorporarse,como “una piedra que cae en el estanque” (Rodari),de esta manera se instala un verdadero placer estético que va ingresando al bebé, al niño,a los jóvenes como EL ARTE DE LA LITERATURA, CUYO INSTRUMENTO ES LA PALABRA, y digo arte ,pues la LITERATURA ES ARTE Y, LA LITERATURA PARA NIÑOS Y JÓVENES ES UNA RAMA DE ESE ÁRBOL IMPOSIBLE DE SEPARARLO, DE QUEBRARLA DE SU MADRE LA LITERATURA; la literatura para niños y jóvenes es un arte verdadero arte que no se somete, al menos al principio, a ninguna servidumbre, ni moral; y habla con el lenguaje de los sentimientos y de las imágenes; y como díría Sigmund Freud, a principios del siglo XX, señálando que: -”Cuando un niño aprende el vocabulario de su lengua materna, se complace en experimentar con ese patrimonio de manera lúdica. Acopla las palabras sin preocuparse por su sentido, para sí gozar del ritmo y de la rima”.
    La lectura, leída en Voz Alta por un mediador, por su puente,por ese pasadiso, se lanza como un rayo que atraviesa todo lo posible ingresando directamente al alma, al corazón,
    para retozar en un tiempo libre, sin tiempo, “un tiempo quieto”, “Una frontera indómita” ( Graciela Montes)en un conjuro que envuelve ofreciendo a todo los que están en ese único cielo cantidad de material esencial para pensar: LA PALABRA.

    LELIA C. FRÍAS


  14. Cristina Pailos dice:

    Muchas gracias a Iris, a Imaginaria, y a todas las que aquí sintieron la necesidad de aportar también con sus comentarios.
    Que bueno sería que quienes leen estas palabras que van agujereando nieblas también hubieran alguien del otro sexo: maestros, bibliotecarios, escritores, padres porque hombres y mujeres tenemos que participar del maravilloso ciclo de las palabras
    Cristina Pailos


  15. Cristina Pailos dice:

    Ahora al leer lo que escribí, veo que se me atropellaron las palabras ansiosas y cometí algunos errores. ¡Como entorpece el apuro! Disculpen
    Cristina Pailos


  16. Daniela dice:

    Qué linda Eres Iris!!!


  17. Cintia dice:

    Querida Profesora, está siempre en mi corazón, cuánto aprendí de Ud., cuánta generosidad y sabiduría, además de conocimiento sobre el arte de escribir y compartir. Este escrito es un placer!


  18. Liliana Navone dice:

    ¡Cuántas imágenes, cuánta verdad que germina desde el corazón!
    Me hace pensar que la literatura es la conversación más maravillosa. Es un diálogo de amor en que se recibe desde el centro de la cebolla y se multiplica para ir hacia….cuando son de verdad. Gracias Iris


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