“Siento que la literatura es un lugar sin límites”. Entrevista con Franco Vaccarini

(Fotografía por Ana Portnoy.)

por Fabiana Margolis

Desde que me dedico sólo a escribir, siento que recuperé un poco esa zona de la adolescencia donde el ocio puede ser muy útil para imaginar historias”, reflexiona este escritor nacido en una zona rural del partido de Lincoln y que desde los veinte años vive en Buenos Aires.

Franco Vaccarini ha publicado muchísimas obras para niños y jóvenes, entre cuentos, novelas y versiones de textos clásicos. En 2006, su novela La noche del meteorito fue la ganadora del prestigioso Premio de Literatura Infantil “El Barco de Vapor” de Argentina.

La charla con Franco fue distendida y cálida. Lejos de seguir el orden estipulado de las preguntas, se demoró en anécdotas y evocó, con humor y nostalgia, recuerdos de su infancia y juventud. Conversamos sobre libros —los propios, los otros—, sobre el camino que lo llevó a dedicarse por entero a la escritura y sobre cómo nacen las buenas historias.

“Me parece muy importante, antes de empezar a escribir, tener claro qué es lo que quiero contar”, sostiene el escritor. “Prefiero estar algunos días corrigiendo, escribiendo poemas o microficciones, hasta saber cómo voy a empezar una historia. Cómo terminar también, pero siempre me reservo las sorpresas que me depara el viaje. Confío mucho en eso que pasa durante la escritura y que siempre termina enriqueciendo el relato.”

—¿Cómo llegaste a la literatura para niños y jóvenes? ¿Qué es lo que más te apasiona de ella?

—Después de muchos años de ejercitar la escritura, ya bien pasados los treinta, descubrí una cierta felicidad en la construcción de novelas juveniles, y la consecuencia fue que escribir me era menos penoso y más natural. Lo interesante es que yo, mi vida, mis lecturas, aparecían ahí, no era otro, no quería impresionar a nadie, comencé a bancarme ser quien soy. Porque antes quería escribir como los autores que admiraba y me salían cositas sin alma. Tardé años en descubrir que nadie me prohibía ser yo mismo también cuando escribía. Y ahí encontré la veta. Un vecino que sabía de mis intentos, me dijo: “Cuando uno hace lo que le gusta, no hay límites” y yo pensé que era una frase de ocasión, un lugar común de vecino. Ahora mismo sé que esa frase se puede llenar de vida, porque siento eso: que la literatura es un lugar sin límites, como aquel título de Donoso. Trabajo con un material que se repone y recicla todo el tiempo, que jamás será una hoja en blanco.

—Circula el rumor de que en tu mesita de luz conviven muchos libros… ¿es cierto? ¿Leés de a uno por vez o sos de los que va mezclando, superponiendo, compartiendo lecturas?

—Es cierto, siempre tengo unos veinte libros apilados en la mesa de luz, no porque lea en la cama, que lo hago muy poco, sino porque es el lugar de las prioridades. A veces elijo releer algo, están los libros que compro, los de mis amigos, alguno que saqué de la biblioteca, los que me regalan. Y sí, superpongo, mezclo. Hay libros aptos para el picoteo, como el Borges de Bioy Casares, ya que en cualquier página te encontrás con una anécdota desopilante o una lección de literatura.

—¿Qué estás leyendo en este momento?

—El ensayo de Harold Bloom, Anatomía de la influencia. Me atrapó el subtítulo: “La literatura como modo de vida”. Aunque lo siento lejano y casi odioso, me genera curiosidad lo que escribe. Leer es un acto tan civilizado, que terminás admirando hasta a los que te resultan odiosos. Los últimos tres libros que compré, la semana pasada son: Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, que escribe como Federer juega al tenis: hasta las jugadas más difíciles las hace parecer fáciles; El mármol, de César Aira y Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. Terminé Vidas imaginarias, y ahora estoy con Bolaño, de quien leí Estrella distante el año pasado y quiero seguirlo.

—Tengo dos libros tuyos de poesías: La cura (1), editado en el marco de Buenos Aires no duerme en 1998, y El culto de los puentes (2), premiado por el Fondo Nacional de las Artes. ¿Hay más? ¿Seguís escribiendo poesía?

—Sí, escribo poemas por rachas y los guardo, cada tanto abro la carpeta y me pongo a corregir, sólo para descubrir que muchos son incorregibles. Para mí, la poesía se termina convirtiendo en una experiencia dramática, de tan austera, de tan silenciosa, así que cada vez los hago más breves y, espero, más intensos. No busco publicar desde hace muchos años, y sé que en algún momento publicaré un tercer libro, no hay apuro. Si en el camino los poemas se me vuelven viejos, es que tampoco hacía falta publicarlos, ¿no?

—¿Qué significó para vos ganar el Premio de Literatura Infantil “El Barco de Vapor” con tu novela La noche del meteorito? (3)

—Lo viví como si fuera Obélix cayéndose en la marmita del druida, me hizo sentir más fuerte y la confianza es todo para un autor, para emprender cada uno de esos viajes que supone una novela, un cuento. El premio me vino cuando ya comenzaba a publicar seguido, pero fue un espaldarazo que agradezco. Nunca olvidaré las visitas al Museo de Ciencias Naturales, los recorridos por Parque Centenario y las lecturas de las misiones espaciales de la Nasa y la Agencia Espacial Europea, es decir, la preparación del material para la historia.

—Escribiste libros que suponen una investigación previa: las versiones de los clásicos, como Eneas, el último troyano, Mitos clasificados o La Olla/Anfitrión, por mencionar sólo algunos; y también novelas como Merlín, el mago de los reyes y El misterio del Holandés Errante. (4) ¿Cómo encarás el proceso de escritura de estas historias?

—En las versiones hay que recurrir sí o sí a las fuentes. En el caso de Eneas, no hice más que leer y releer la obra madre y consultar el Diccionario de Mitología de Pierre Grimal. Y lo mismo con La Odisea o las Metamorfosis de Ovidio. Hice versiones de Drácula, de Frankenstein, de Moby Dick… Es un modo de ingresar en la intimidad de un texto clásico; se sufre un poco en el proceso porque estás sometido, contenido, es un trabajo artesanal, pero también eso va generando mucha energía, muchas ganas de que te suelten al fin el bozal y poder zambullirte en una novela propia. Así que todo es parte del mismo juego, todo es viento a favor. En el caso de Merlín, el mago de los reyes o El misterio del Holandés Errante, son novelas personales, versiones absolutamente libres de viejas leyendas. En ambos libros, Guillermo Höhn, editor de Pictus, tuvo que ver, porque me propuso los temas, dejándome la libertad del tratamiento.

—¿Hasta dónde pensás que se puede transformar un mito, una leyenda?

—Lo importante es no transformar el sentido original, y después, la inventiva del “mitólogo” siempre es bienvenida si no macanea, si no hace pueril algo que ha tenido un carácter sagrado. Todo se puede volver a contar. Los mitos, en definitiva, son como una plataforma de ideas para pensar el origen; los sueños y las pesadillas de la especie, y está muy bien apropiarse de ellos. Ahora, para todo tiene que haber criterio, medida y cada uno se hará cargo.

—¿Se te hace más fácil o más difícil que escribir una historia propia?

—Disfruto más la historia propia porque estoy en mi elemento, me hundo y emerjo a voluntad en el mar de mis pensamientos, de mis asociaciones; y de hecho mis historias son absoluta mayoría, tengo más de veinte novelas publicadas y otro tanto de cuentos, y creo que no llego a los diez libros de versiones. Las versiones son un arrabal de mi pueblo, de historias, digamos, pero un arrabal que nutre, que enriquece al centro, que lo fecunda, es una escuela para mí, tan poco convencional como las otras escuelas del escritor, que son las lecturas, las revistas literarias, y también los buenos editores.

—Solés visitar escuelas, tanto de capital como del interior del país, para conversar con los chicos sobre tus libros y el trabajo del escritor. ¿Alguna experiencia que recuerdes particularmente?

—En el año 2010, en Resistencia, en una escuela secundaria, decido cerrar la charla leyendo un capítulo de Algo que domina el mundo (5). Cuando terminé, tres o cuatro grandotes de la primera fila se cruzaron de brazos y muy serios dijeron: “No nos vamos”. “¿No nos vamos qué?”, pregunté. “Si no nos lees otro capítulo, no nos vamos”. Así que leí, claro. Me chocó muchísimo aquel señor que se presentó diciendo: “Soy el dueño de la escuela”. Quizá por el tono, por la pose de virrey de los suburbios que tenía, quizá porque la educación no debe tener “dueños”. O cuando en otra escuela quise visitar la biblioteca y no veía los libros. “¿Dónde están?”, pregunto. “Aquí”, me dice la bibliotecaria. Y da vuelta un armario cuyas puertas daban contra la pared y que además tenían candado. Los libros estaban impecables, habían recibido muchos por distintos planes de lectura, olían a nuevo: ningún chico los había tocado. La anécdota más impresionante fue la de una supuesta profesora de historia, en Comodoro Rivadavia, que me preguntó por qué los cuentos de La noche del meteorito no tenían final. Tardé en captar que ella creía que los capítulos de la novela eran cuentos y que no entendía la diferencia. Pero la docencia está llena de locos lindos, que sienten vocación por enseñar. Recuerdo una escuelita tucumana que no tenía biblioteca, así que la bibliotecaria guardaba los libros en una caja grande y andaba por los pasillos con la caja en brazos, contagiando fervor, recomendando libros a las maestras, haciéndolos circular. La biblioteca es el lugar donde están los libros, aunque ese lugar sea un cajón originalmente previsto para cargar fruta; la biblioteca es, también, el bibliotecario, su capacidad para generar ese primer entusiasmo en los lectores.

—Mencionaste recién la novela Algo que domina el mundo y yo quería aprovechar para decirte que me pareció un libro hermoso, cuya lectura disfruté mucho. Por eso me gustaría que me contaras cómo surgió la historia.

—Una tarde, estaba con una amiga en Parque Centenario. De pronto, en el lago, un pato metió la cabeza debajo del agua y mi amiga, que no sabía mucho de patos silvestres, dijo “ese pato se va a ahogar”. Me reí mucho. Ese día, cuando volví a mi casa, empecé a escribir casi compulsivamente la novela. El pato, que en la novela se ahoga, me llevó al campo, a mis padres. Y recordé, por ejemplo, cuando mi mamá, que ya tenía Alzheimer, no pudo reconocerme en la calle. La encontré a la salida de un kiosco y me acerqué para abrazarla, pero ella, sin saber quién era yo, me abrió la puerta y me preguntó: “¿Quiere pasar, señor?”.

Sin embargo, no es una historia autobiográfica, porque en la novela el padre es un hombre alcohólico y golpeador de clase alta y mi padre no tiene ninguna de estas características. Tampoco el personaje de mi mamá es ella, pero sí tomé sus frases. Y sí tomé mucho de mi hermana Vilma —quien no quiso que le cambiara el nombre—, que fue mi tutora durante la secundaria. Creo que es la historia donde más me acerqué a contar —y contarme a mí— qué podía ser la muerte.

—Luego de leer Otra forma de vida (6), no me queda otra alternativa que preguntarte si existen los urgos… ¿Han venido a visitarte o a sitiarte…?

—Uno está sitiado en abstracto por ideas torcidas sobre la vida, sobre sus metas, sus ambiciones, la búsqueda de reconocimiento, de amor… uf, una larga cadena de cosas que te impiden relajarte profunda, absolutamente hasta que no das más y te tirás en el pasto a mirar el cielo y tal vez ahí entendés que el mundo ya está hecho y que existe la ley de gravedad, que no sos Atlas ni la tortuga que sostiene al mundo. Muchas veces me veo en esa situación, de estar sosteniendo algo que se sostiene solo. El gran truco es como disciplinar a tu mente cuando estás todo el tiempo promoviendo el caos… La conquista de la realidad es mi sueño; me refiero a la conquista de cierta comprensión. No hay nada más extraño que lo cotidiano, la costumbre, el creer que tenemos al toro agarrado por los cuernos cuando no somos otra cosa que un pedacito de misterio. Si me aíslo demasiado, mi placer es ir a lavar los platos, hablar con el kiosquero, andar en bicicleta o darme una vuelta por donde haya árboles.

—En esa novela mencionás que Tanti fue el primer viaje hacia tu nueva “otra forma de vida”. ¿Fue difícil tomar la decisión de dedicarte por completo a escribir?

—Tanti fue la primera invitación que recibí como escritor fuera de Buenos Aires. Salir del bosque de cemento y conocer el bosque de Tanti, dormir en una cabaña, conmoverme por el sonido del agua entre las piedras… Así nació Otra forma de vida, que juega con la teoría de la evolución de Darwin, con la idea de las dimensiones paralelas y del escritor fracasado que nunca pudo publicar más que un primer libro. Es que durante años me rozó la idea de que publicar era imposible, sentía que mi vida, en el aspecto laboral, hasta entonces había sido un fiasco, que estaba viviendo una vida equivocada. Envidiaba a la gente que volvía a su casa para darse un baño, relajarse, no sé, mirar tele; yo siempre estaba insatisfecho, no sabía qué hacer para quitarme el cansancio, para renovar mi cabeza, poder escribir. A la vez tenía una especie de superstición, si me dedicaba a vivir la vida que soñaba y las cosas no salían bien… ¿qué me quedaba? El abismo, o peor: la resignación. Cuando me arrimé a los cuarenta, apareció una urgencia contraria: más que fracasar me daba mucho miedo no haber hecho jamás el intento serio por dedicarme a mi vocación. Saber lo que te gusta y concentrarte en eso es un privilegio en un sistema que te incita a estar distraído y a dividir tu atención en muchos frentes. Otra forma de vida la escribí inmediatamente después de haber ganado El Barco de Vapor; justo cuando comenzaba a reconciliarme con mi pasado, a comprender que aquella supuesta “vida equivocada” era parte indispensable de mi camino y de mi aprendizaje.

—Fantasmas, monstruos, ogros, urgos… ¿cómo llegan estos personajes a tus historias?

—Incluso en mis historias más realistas, me interesa que haya esa posibilidad de lo fantástico, quizá por influencia de mis lecturas, pero también por algo que viene de la infancia, de las noches en el campo, tan silenciosas; esos atardeceres que añoro tanto, esa transformación lenta del entorno. Y el árbol quemado por el rayo, la avenida de pinos, la muerte súbita de un caballo, aquel fuego que vimos en el cielo, una pelea de perros, un vagabundo, la aparición de una víbora en el patio, el vecino que tenía un puma, un chajá domesticado con espuelas en las alas, el nacimiento de un ternero, los reyes magos… A la noche rezaba ese cuento de terror que es el “Pésame”, que dice “Pésame por el infierno que merecí /y por el cielo que perdí” y me angustiaba porque sentía que el infierno estaba esperándome, un pequeño error y ¡zas! Una eternidad de castigo, sin papá, sin mamá, pudriéndome en el infierno… Qué desproporción, ¿no? En el campo ves el nacimiento y la muerte de los animales, ves el proceso de las cosas. Sueño seguido con el campo, continuamente recapitulo, vuelvo, busco cosas olvidadas, las traigo… Hoy mi infancia me parece tan fantástica como las ideas que aquel chico tenía sobre la vida en la ciudad y los adultos. En el fondo, soy un campesino de paso en la ciudad.

—¿Cómo es tu día de trabajo?

—Normalmente, el mejor momento para escribir es la mañana, pero en realidad soy bastante obsesivo, porque también escribo un rato a la tarde y a la noche. Sin embargo, la concentración no es continua y esto hace que no se pueda escribir muchas horas seguidas; únicamente puedo hacerlo cuando estoy corrigiendo una novela. Entonces, si ya no puedo concentrarme, salgo a dar una vuelta en bicicleta o voy a caminar porque, como dice un amigo mío, caminar es el deporte del escritor.

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Le pregunto, para terminar, qué es lo que más le gusta de ser escritor. Él responde sin vacilar: “No tener que ir a una oficina, administrar mis tiempos y que cualquier cosa que me pase tenga la potencialidad de servir a mis fines. Para no hablar de los asados con mis amigos escritores. Porque la literatura es una maravillosa herramienta para hacer amigos, también, o por sobre todo”.


Notas de Imaginaria

(1) Vaccarini, Franco. La Cura. Buenos Aires, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, 1998.

(2) Vaccarini, Franco. El culto de los puentes. Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1998.

(3) Vaccarini, Franco. La noche del meteorito. Ilustraciones de Vladimiro Merino. Buenos Aires, Ediciones SM, 2006. Colección El Barco de Vapor; Serie Naranja. En el N° 193 de imaginaria (Buenos Aires, 8 de noviembre de 2006) publicamos cuatro capítulos este libro.

(4) Ver los datos bibliográficos de estos títulos en la bibliografía de Franco Vaccarini publicada en la sección “Autores” de este número.

(5) Vaccarini, Franco. Algo que domina el mundo. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2009. Colección Zona Libre.

(6) Vaccarini, Franco. Otra forma de vida. Buenos Aires, Ediciones SM, 2009. Colección El Barco de Vapor; Serie Roja.


Artículos relacionados:

Autores: Franco Vaccarini.

Eventos: Resultado del 5° Premio de Literatura Infantil El Barco de Vapor 2006 (Argentina).

Ficciones: Cuatro capítulos de La noche del meteorito, de Franco Vaccarini. 

7 comentarios sobre ““Siento que la literatura es un lugar sin límites”. Entrevista con Franco Vaccarini”

  1. teresa caballero dice:

    Muy bueno.
    Leo un poco cada día para disfrutarlo más.
    Gracias.
    Teresa


  2. Mónica Hendlin dice:

    Hola Franco:
    Me gustó mucho la entrevista y me reí con nostalgia cuando hablás del deporte de los escritores, que Carlos disfrutaba mucho, aunque más disfrutaba los asados con sus amigos escritores!!!
    Un abrazo,
    Mónica


  3. Verónica Álvarez Rivera dice:

    Lo admiro mucho!!!!! Esa vida equivocada lo ha llevado por buen camino! Es un talentoso escritor!


  4. Franco Vaccarini dice:

    Hola, Mónica. Y yo pensaba también en Carlos. Querido Carlos Schlaen. Cuando digo amigo, aparece él, tan amigo de mis amigos y de mí. Tan presente. Abrazo.
    FV


  5. marcela menez dice:

    Transmite vida y pasión,lo admiro.
    Marcela


  6. Beatriz Dupláa dice:

    Disfruté la lectura de este reportaje. Lo sentí muy cerca

    Beatriz.


  7. Ivan Pittaluga dice:

    Me encantó el reportaje. Un excelente escritor y una excelente persona. ¡Felicitaciones a Fabiana por el reportaje!


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