Penélope manda recuerdos

Penélope manda recuerdos
Marina Colasanti

Traducción de Mario Merlino.
Madrid, Editorial Anaya, 2004 / Buenos Aires, Grupo Editorial Aique, 2010. Colección Espacio Abierto.

Por Raúl Tamargo

Penélope manda recuerdos toma el título del primero de una serie de seis cuentos que tienen en común la tradición del relato fantástico (y sus variantes) y un exquisito tratamiento del lenguaje y de las voces narrativas.

La escritura de Marina Colasanti es de aquellas que permiten (y obligan a) el subrayado y la relectura. Además de contar historias particulares, sus relatos parecen compartir con el lector los secretos del arte de narrar. En algunos casos, este rasgo es llevado al extremo de simular la construcción del relato como un acto presente (el presente de la lectura) y compartido con el lector (1). Se trata de un doble juego de ilusiones que tiende a asegurarse la atención.

El primer cuento está ambientado en una villa universitaria y es el único en el que el lector no se encontrará explícitamente interpelado. Jóvenes investigadores de todo el mundo se reúnen en el lugar, pero no con fines comunes, sino con el objeto de desarrollar cada uno su proyecto particular. La narradora es uno de ellos. La atención del relato se fija en una científica japonesa, Sé, y las extrañas asociaciones con un misterioso gato de apariciones fugaces y cuya existencia es puesta en duda. La narradora comparte su incertidumbre con el lector frente a la extrañeza de las apariciones. Gato y muchacha parecen ser una sola cosa, pero nunca será enunciado de esta manera.

“La hora de los lobos” toma la tradición del hombre lobo. Un hombre ha desaparecido. El narrador encara la tarea de reconstruir las causas de la desaparición. Para ello comienza por una descripción minuciosa de su casa, como si lo hiciera con una cámara que recorre el lugar. Poco a poco, se irá metiendo en el pasado, pero siempre en referencia a un presente que tiene como escenario la casa y como único actor al criado del hombre. La apelación al lector es permanente, ya sea para crear la ilusión de presente (2), para recapitular (3) o para confesarse conocedor de sus tensiones (4).

En “Alguien gana ese juego” se repite el procedimiento aunque en este caso, la historia es más original. Una partida de dominó entre dos hombres. El que gana desaparece de la escena rápidamente. El otro, el perdedor, encierra a un insecto con las fichas del juego, hasta que en un momento dado, el insecto levanta vuelo. El hombre ha vuelto a perder. Finalmente, su propia casa y el mundo se le presentan como fichas de dominó que alguien va poniendo a su paso, pero, a diferencia del insecto, él no podrá volar: “Nunca hubo en él vocación por las alas. La conciencia de su desamparo inunda al hombre lentamente.”. No es arbitrario ver en ese cierre, una condena a la mediocridad. En ese sentido, resulta sugestivo el título del cuento, en franca contradicción con un personaje que una y otra vez resulta ser perdedor.

Al igual que en “La hora de los lobos”, en “Un hombre tan extraño que…” Colasanti nos cuenta la historia de una desaparición. En el primer caso el personaje está con paradero desconocido y la narración solamente nos propone reconstruir las causas de esa ausencia. En este caso, en cambio, el protagonista está presente hasta el final; lo que desaparece de manera progresiva es su identidad. Para trabajar la transformación desde el principio, la autora elige un extranjero, alguien que lleva mucho tiempo en el lugar, pero que aun así, no domina del todo la lengua local. Los primeros signos de la metamorfosis se manifiestan cuando lo desconoce el portero del edificio donde vive. Más adelante, un amigo no reconocerá su voz en el teléfono, una mujer no lo verá entrar al bar donde se encuentran. Se volverá un extraño para los demás, pero, hacia el final, también lo será para sí mismo. Revela una serie de fotos en las que le cuesta reconocerse. Finalmente, ya no identifica al hombre que lo mira desde el espejo y el spray de la crema de afeitar que tiene en la mano es “un objeto que él, definitivamente, no sabe para qué sirve”.

En el quinto de los cuentos, “En la casa, por la noche”, la autora trabaja otro tópico de la literatura: un fantasma que ocupa una casa largamente deshabitada. La historia es la de siempre, a pesar de lo cual, hay tres elementos que la vuelven original.

Desde el principio se anuncia la presentación de tres narradores distintos que irán contando la historia: un “Yo”, un “Ella” y una voz en off (sic) que dará voz a “la presencia ausente”. Cada una de estas voces tendrá su propio discurso y su punto de vista.

Un segundo elemento aleja al relato de la tradición: aquí no hay preocupación por conocer el origen de la presencia (el alma en pena, el espíritu que ha dejado una deuda sin saldar, etc.). Simplemente es uno de los personajes de la historia. No tiene un pasado más allá de ser el habitante de la casa.

El tercer elemento está en el plano del argumento y tiene que ver con el final que, por supuesto, no será develado aquí.

“El hombre del guante violeta”, el último de los cuentos de la serie, también presenta un final contundente. Un hombre encuentra en la vereda un guante de mujer. El personaje es descripto como excesivamente atado a las convenciones sociales. Aun así, la curiosidad es más fuerte. Levanta el objeto encontrado y se lo pone en su mano, de donde ya no podrá quitárselo. La mano enguantada irá mostrando señales de autonomía, hasta que el hombre pierde todo control sobre ella. De algún modo, es también transformado por la presencia de ese nuevo elemento adherido a su cuerpo.

La traducción del portugués fue realizada por el escritor Mario Merlino. El diseño y la cubierta estuvieron a cargo de Manuel Estrada. El paratexto no presenta recomendaciones sobre la edad del lector potencial; una saludable omisión, ya que Penélope manda recuerdos está muy distante de los clisés habituales en las colecciones para lectores juveniles.



Notas

(1) “El otro está de espaldas a nosotros, y sus espaldas pueden ser azul marino o negras, a mí me da igual, tú eliges.” En el cuento “Alguien gana ese juego”, págs. 44-45.

(2) “¿Ves aquella carpeta gruesa encima de la cómoda?”. Cuento “La hora de los lobos”; pág. 26.

(3) “Vamos a volver a la habitación. Te he dicho que su pasado estaba en aquellos cajones.”. Cuento “La hora de los lobos”; pág. 31.

(4) “Estamos llegando a donde tú querías.”. Cuento “La hora de los lobos”; pág. 42.


Artículos relacionados:

Autores: Marina Colasanti.

Ficciones: “El lobo y el cordero en el sueño de la niña” y “Un amigo para siempre”, dos cuentos inéditos de Marina Colasanti.

Ficciones: “Del tamaño de un hermano”, un cuento de Marina Colasanti.

Ficciones: Poesías de Marina Colasanti.

Reseñas de libros: Entre la espada y la rosa, de Marina Colasanti.

Libros recomendados: Lejos como mi querer y otros cuentos, de Marina Colasanti.

Catalijo: Visita de Marina Colasanti a la Argentina (2010).

Comentarios cerrados