El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)

El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)
Edward Lear
Ilustraciones del autor (correspondientes a la edición original).
Traducción y selección de Eduardo Berti.
Diseño: DuarteLibros.
Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2010. Colección Pípala.

“Se trata, en realidad, de una vacunación; el absurdo humorístico lanza a la acción todas nuestras defensas mentales y conjura una lógica más aguda, una sensatez verdadera, capaces de percibir la coherencia sutil del disparate y la milagrosa poesía de lo insensato”
Eduardo Stilman

Este libro de Adriana Hidalgo Editora es el primero de Edward Lear publicado en nuestro país (1). “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo” es uno de los dos relatos en prosa que junto a un grupo de poemas largos, dibujos y textos de botánica fantasiosa, recetas absurdas de cocina y tres alfabetos se hallan reunidos en su libro Nonsense Songs, Stories, Botany, and Alphabets. (2)

Portada de Nonsense Songs, de Edward Lear (Boston, Roberts Brothers, 1894).

Como en muchos de los poemas de este libro, la historia de los cuatro niños relata un viaje.

“Había una vez, hace ya tiempo, cuatro niños cuyos nombres eran:”

“…y que deseaban conocer el mundo. Así que compraron un bote para dar la vuelta la mundo navegando por el mar, ya que después volverían por tierra en sentido opuesto. El bote estaba pintado de azul con puntos verdes, la vela era amarilla con rayas rojas,…”

En “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo” se trata de las exóticas aventuras vividas por: Violeta, Slingsby, Guido y Lionel; un pequeño gato que oficia de timonel del bote donde embarcarán los viajeros y “un anciano kuango-mango”, según la traducción de Eduardo Berti. Una de las tantas originales creaciones de Lear cuyo nombre en el original es: Quangle-Wangle. (3)

Al igual que el Dong de Nariz Luminosa, el Pobble sin dedos en los pies, los Jumblies, el Yonghy-Bonghy-Bo y otros seres de invención de Lear, no tenemos mucha idea de qué es un kuango-mango, aunque sí sabemos que sus tareas en este viaje son las de preparar la cena y hacer el té, además de timonear el bote con el gato cuando los niños duermen plácidamente dentro de la tetera al caer el sol.

“…y al partir sólo llevaron un pequeño gato para que timoneara y cuidara del bote, además de un anciano kuango-mango encargado de prepararles la cena y hacer el té, para lo cual transportaron también una inmensa tetera.”

Por supuesto que tampoco en las ilustraciones de Lear hay mucha información sobre este personaje, el cual si no se haya parcialmente tapado por la vela del bote u otro objeto, apenas se vislumbra como un estilizado monigote, casi una mancha negra con brazos, piernas, dedos larguísimos y sin rostro.

“Y el kuango-mango sufrió un golpe tan fuerte en su pie derecho que a lo largo de una semana, por lo menos, tuvo que sentarse metiendo la cabeza en una pantufla.”

Según señala César Aira en su libro dedicado a Edward Lear (4),  hay algo de parodia en el nonsense en la medida en que da por sentada la existencia de relatos preexistentes, textos serios por todos conocidos. Esto se ve clarísimo en las recetas de cocina que integran el Nonsense Songs, Stories, Botany, and Alphabets. En su “Nonsense Cookery”, Lear respeta al pie de la letra los pasos del instructivo propios de toda receta de cocina. ¿Y qué género recurre al lenguaje en su función comunicativa e instrumental de manera más rotunda que el instructivo? (5) En otras palabras, Lear recurre a un género útil y comunicativo para producir un texto tan inútil y alejado de la función comunicativa e instrumental del lenguaje como le es posible gracias a la literatura del absurdo.

En “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo” el género subyacente es el relato de viajes y aventuras; uno de los géneros más antiguos y populares, característico de la literatura para niños y jóvenes. El texto va siguiendo las expectativas del lector de acuerdo al género, tales como: la partida de los héroes; el viaje, el arribo a tierras desconocidas; el encuentro con personajes extraños, amistosos o enemigos; el regreso al hogar. Pero al mismo tiempo que estas premisas parecen cumplirse, el texto de Lear desafía todas las previsiones estableciendo relaciones de causalidad arbitrarias, describiendo (de manera minuciosa) espacios imposibles, construyendo personajes imaginarios o bien con comportamientos excéntricos, sin explicación alguna.

En Lear las oraciones están perfectamente construidas, también la gramática de la narración obedece a patrones establecidos. Sin embargo, el sentido igual logra escapar. Veamos a continuación la descripción del primer territorio avistado por los viajeros en relato de Lear:

“…avistaron algo a lo lejos y al llegar ahí comprendieron que era una isla hecha de agua y toda rodeada de tierra. Aparte de esto, estaba bordeada de istmos evanescentes, envueltos por la gran corriente de un golfo. La isla era muy hermosa y poseía un árbol, de quinientos tres pies de alto.”

Además de esto la isla estaba casi repleta de costillas de ternera y caramelos de chocolate que sirvieron como provisiones para el viaje.

La lógica de la inversión: la isla de agua rodeada de tierra; la exageración del árbol de quinientos tres pies de alto (la presunta exactitud en las mediciones es una constante en las descripciones); la comida abundante que se ofrece al viajero a la manera de un país de Jauja, todo reunido sin ninguna lógica. Veamos otro párrafo:

“El episodio siguiente ocurrió en la parte angosta del océano, tan colmada de peces que el bote no podía avanzar y debieron permanecer unas seis semanas allí, hasta comerse todos los peces (…) Y como los escasos peces que quedaron sin devorar protestaban por el frío y por lo arduo que era dormir a causa del ruido que hacían los osos polares y los lobos que frecuentaban la región, Violeta tuvo la amabilidad de tejerles vestiditos de lana y Slingsby les dio algunas píldoras de opio, gracias a lo cual entraron en calor y durmieron profundamente.”

Casi podemos imaginar “la parte angosta del océano” tanto como a la isla de agua rodeada de tierra, aunque aquí no se trate de una inversión sino de una combinación de palabras en flagrante contradicción, que incluso puede pasar desapercibida en una lectura rápida de la frase.

En su mayoría los habitantes hallados en otros países por los cuatro niños tienen la particularidad de pertenecer al mundo “real”, sólo que sus conductas resultan algo extrañas: una multitud de ratones blancos, sentados en semicírculo comiendo flan con elegantes modales, pero que se niegan a compartir el postre con los niños; moscas-de-botella-azul, las cuales en invierno ponen todas las botellas boca abajo para evitar el frío, cosa que responde a la pregunta acerca del motivo por el que viven en tales botellas y no en otras rojas, verdes o amarillas; cangrejos que desean fabricar guantes de lana y no saben cómo; y “un coliflor servicial”, capaz de caminar aceptablemente arrastrándose con el rabo.

“¡Esto es un coliflor servicial!”, exclamó el kuango-mango.

Como en todo viaje de aventuras que se precie de tal los niños tendrán también sus dificultades y antagonistas: un niñito vestido de pantaloncitos rosados con un plato de latón en la cabeza sobre una descomunal roca, quien arroja un enorme zapallo contra el bote hasta desestabilizarlo; y una enorme Tarantularaña (éste sí es otro personaje inventado por Lear), feroz criatura del mar que por suerte aparece sólo en esas latitudes.

“Inmenso fue su horror al descubrir que el bote (incluyendo la batidora y la tetera) estaba en las fauces de una enorme Tarantularaña de agua…”

Obligados a continuar por tierra obtuvieron la ayuda de un viejo rinoceronte sobre el que cabalgaron hasta llegar de nuevo a su hogar seguidos por una multitud de canguros y grullas gigantes, a la manera de escolta.

Como suele suceder con el humor absurdo, el humor negro no se hace esperar:

“En cuanto al rinoceronte, como prueba de gratitud lo mataron y embalsamaron después. Y lo pusieron a las puertas de la casa de sus padres, como si fuera un felpudo.”

Las rupturas con las expectativas del lector (esta vez desde convenciones morales muy fuertes en la literatura para niños) es obvia, nadie puede esperar que matar y embalsamar a alguien sea un prueba de gratitud. Lear no duda en finalizar su estrafalaria historia con un toque de herejía. Dentro del final clásico que supone el feliz retorno al hogar de los héroes, aparece este amable rinoceronte cruelmente transformado en felpudo por sus “agradecidos” jinetes.

Michele Sala, en su artículo “Lear’s Nonsense Beyond Children Literature” (6), hace notar cierta similitud entre el mundo surrealista transitado por estos cuatro niños del relato de Lear y el mundo de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Sin embargo, dice este autor, mientras Alicia se siente molesta y extranjera frente a las contradicciones de ese mundo donde no se distinguen el Bien y el Mal, el Orden y el Desorden, los personajes de Lear forman parte de este mundo caótico de manera feliz y despreocupada. Violeta, Slingsby, Guido, Lionel, el kuango-mango y su gato transitan muy a gusto por ese mundo sin orden, contradictorio y desopilante, sin realizar ningún esfuerzo por restaurar la lógica o la armonía tal como sí pretende por momentos hacerlo Alicia en el mundo subterráneo. Algo que también marca una diferencia entre ambas historias, es la presencia del kuango-mango entre los aventureros del relato de Lear. Se trata de un ser inventado, sin una identidad demasiado definida, que pertenece al mismo mundo de los cuatro niños y su gato. En las Alicias de Carroll, los seres estrambóticos sólo pertenecen al mundo de sus sueños.

En su artículo “Defensa del absurdo”, Gilbert Chesterton habla de los dos grandes autores del género: Lewis Carroll y Edward Lear y no duda en señalar al autor de A Book of Nonsense como el padre del absurdo y superior a Lewis Carroll. Para Chesterton la obra de Carroll obedecía a una especie de “escapatoria, de vacaciones mentales”, no así la de Lear, “debido a lo completo de su ciudadanía en el mundo de la sinrazón”. “Mientras que el País de las Maravillas de Carroll es puramente intelectual, Lear introduce un nuevo elemento, el elemento de lo poético e incluso de lo emocional.”, señala también Chesterton. (7)

Es difícil pensar los textos de Edward Lear sin sus dibujos. Su profesión era la de ilustrador, y si bien llegó a realizar dibujos tremendamente realistas de loros y paisajes, para sus libros del nonsense optó por el trazo simple, improvisado, veloz; casi borradores podría decirse. Dibujos “raros” (más aún en su época) para sus textos “raros”.

“En estos dibujos, efectivamente, hay, junto a una habilidad casi diabólica, algo de ‘dibujar sin saber dibujar’, algo que hoy podemos ver como una exaltación artística de primer orden: una acción pura, que crea sus paradigmas de valor y sentido en lugar de adaptarse a los que están en vigencia.” (8)

Es quizá por esto que los dibujos de Lear, al igual que sus textos, siguen pareciéndonos vanguardistas; y no puede extrañarnos entonces que la obra de Lear sea considerada por muchos como un anticipo de las vanguardias del siglo XX, especialmente del surrealismo.

La edición de Adriana Hidalgo conserva afortunadamente los dibujos originales con intervenciones digitales en color. Hay en esta edición de tapas duras, con páginas ocres y mapas antiguos en las guardas una reminiscencia del libro antiguo que le queda muy bien a esta obra de Lear.

Dibujo original de Edward Lear intervenido digitalmente en color para esta edición de Adriana Hidalgo.

Tanto para Chesterton como para Eduardo Stilman el humor, y en particular el humor absurdo, encierra la posibilidad de regocijarse ante las maravillas del mundo. En palabras de Chesterton: “…nada puede ser completamente maravilloso mientras siga siendo sensato” (9). Y Stilman dice en su Prólogo a la antología del humor absurdo antes mencionada: “El humorismo es precisamente eso: una búsqueda lúcida y desesperada de las reglas que rigen nuestro diario comercio con el mundo y que la lógica no alcanza a explicar. La más humana de las armas, y también la más poderosa. Quizá gracias a ella consigamos algún día aliviarnos de lo absurdo, y volver los ojos hacia la solidez del suelo y esas otras mil maravillas triviales que, algo absurdamente, hacen que la vida tenga sentido.” (10)

Para regocijarnos aún más con el mundo de la sinrazón del que Lear y los niños son alegres ciudadanos, este libro de Adriana Hidalgo incluye diez limericks pertenecientes a A Book of Nonsense . Los breves poemas de cinco versos con su estricto esquema de rimas, están acompañados de sus ilustraciones originales y de los textos en inglés, lo cual resulta sumamente provechoso dados los límites que toda traducción supone en el caso de un limerick, donde, como a menudo se señala, el significante, la sonoridad y el ritmo suelen prevalecer sobre los sentidos. (11)

Uno de los limericks de Edward Lear incluido en esta edición de Adriana Hidalgo.
(Click en la imagen para verla más grande.)

Si en los limericks la necesidad del significante da lugar al sentido, se supone que en la prosa el sentido, la función comunicativa del lenguaje es mayor, y por lo tanto la empresa del sinsentido se vuelve aún más dificultosa y arriesgada.

Lo que este libro nos ofrece es uno de los relatos raros dentro de una ya de por sí extraña obra de un autor extravagante, más exótico y extraño aún si lo colocamos dentro del campo de los libros para niños en nuestras latitudes. Un libro pleno de excéntrica libertad, tanto como una isla de agua rodeada de tierra, casi tan inimaginable como la parte angosta del océano e igual de divertido que un descomunal coliflor que corre con movimientos super-pluri-morfos hacia la puesta de sol.

“…de improviso el coliflor se puso de pie y, de manera bastante super-pluri-morfa (10), corrió hacia la puesta de sol…” (Dibujo original de Edward Lear intervenido digitalmente en color para esta edición de Adriana Hidalgo.)



Notas

(1) En 1977 se incluyeron nueve limericks de Lear —de su libro A Book of Nonsense en una antología de relatos absurdos seleccionados por Eduardo Stilman. Esta traducción en nuestro país de limericks de Lear fue realizada por Elías Gallo y la antología se tituló El humor absurdo (Selección y notas de Eduardo Stilman. Buenos Aires, Ediciones Siglo Veinte, 1977. Colección Breviarios de Información Literaria).

(2) El relato “The story of the four little children who went round the World”, en la versión original en inglés, puede ser leído completo en Edward Lear Home Page. Y la totalidad de los textos reunidos en Nonsense Songs, Stories, Botany, and Alphabets pueden leerse en el sitio Bencourtney.com Specializing in Scientific and Educational Materials.

(3) El Quangle Wangle “es una especie de monstruo de patas larguísimas y cabeza vaga, que nadie ve.” En el poema “The Quangle Wangle’s Hat” (publicado en la mencionada Edward Lear Home Page), “la cabeza aparece cubierta por un enorme sombrero de unos treinta metros de diámetro. Como todo monstruo, éste se lamenta de su soledad. Pero a la superficie acogedora del sombrero van a vivir toda clase de animalitos y seres legendarios, como el Dong de Nariz Luminosa, el Pobble sin dedos de los pies, además del oso olímpico, el babuino azul que toca la flauta, el novillo oriental, etc… y tanta fiesta y danzas hacen que todos terminen felices. Un caso de simbiosis múltiple metapoética. Un resumen en la felicidad, poco convincente.” En: Aira, César. Edward Lear. Buenos Aires, Beatriz Viterbo Editora, 2004. Colección El Escribiente. Pág. 147.

Ilustración de Lear para su poema “The Quangle Wangle’s Hat”.


(4) Aira, César. Edward Lear; op. cit.

(5) Aquí resulta difícil no pensar en los instructivos de Julio Cortázar en su libro Historias de cronopios y de famas (1962).

(6) El artículo de Michele Sala puede leerse (en inglés) en el sitio Edward Lear Home Page: http://www.nonsenselit.org/Lear/m_sala.html

(7) Chesterton, Gilbert K. “Defensa del absurdo”. En: Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos). Selección y prólogo de Alberto Manguel. Traduccion de Miguel Temprano García. Barcelona, Editorial Acantilado, 2005. Pág. 359.

(8) Aira, César. Edward Lear; op. cit.; pág. 153-154.

(9) Chesterton, Gilbert K. “Defensa del absurdo”; op. cit.; pág. 361.

(10) Stilman, Eduardo. El humor absurdo; op. cit.; pág. 12.

(10) La palabra super-pluri-morfa es “plumdomphious” en el original en inglés.

(11) Nota de Imaginaria: En la sección “Ficciones” de este número publicamos algunos limericks de A Book of Nonsense.


Nota de Imaginaria: Salvo en los dos casos en los que se aclara específicamente, los dibujos que ilustran este artículo son reproducciones de los originales de Edward Lear que acompañan la versión en ingles de “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo” (“The story of the four little children who went round the World”), publicados en Edward Lear Home Page.


Artículos relacionados:

Ficciones: Limericks de Edward Lear.

Lecturas: Edward Lear, los limericks, y el Zoo Loco de María Elena Walsh, por Marcela Carranza.

Autores: María Elena Walsh (1930-2011).

2 comentarios sobre “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)”

  1. Javier dice:

    Una critica que saca un gran partido a un libro que no lo tiene tanto. Mal traducido (leanse cualquiera de los limericks), la libertad del editor para alterar los dibujos de Lear es discutible y para mi erronea, lo mismo que la elección de tipografias y otros detalles de una recuperación de un cuento de Lear que no se entendía entonces ni se entiende ahora por los lectores infantiles, por más nonsense que aplique el lector.


  2. Daniel dice:

    me parece interesante el cuento, incluso divertido, sin embargo, las intervenciones digitales (modificaciones) a los dibujos originales, me parecen un tanto inecesarios, puesto que, le quitan el “sentido de lo absurdo” que pretende mostrar Lear a los lectores dandole un toque “vanguardista” que mas bien, parece libro de texto gratuito de la SEP.


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