Quiere a ese perro


Sharon Creech
Ilustraciones de Alejandro Magallanes.
Traducción de Cecilia Aura.
México, Fondo de Cultura Económica, 2004. Colección A la orilla del viento.

por Cecilia Bajour

¿Cómo contar la gozosa resistencia y triunfante fascinación que la poesía contemporánea suele provocar en los niños? ¿Cómo intentarlo y a la vez hacer poesía?

La autora norteamericana Sharon Creech encuentra un camino sumamente original en su libro Quiere a ese perro.

Lo hace dándole la voz a un niño llamado Jack quien en su diario personal relata su encuentro con la poesía provocado por su maestra, la desafiante señorita Stretchberry. Una mujer que entiende visceralmente que la poesía atraviesa las cabezas y los corazones cuando se la lee y se la escribe al calor de la lectura poética. Y hace “entrar en poesía” a los niños de su clase. (1)

Entonces nos asomamos al nacimiento de Jack como escritor de poemas adivinando detrás de su transparencia las decisiones, elecciones y sutiles insistencias de su audaz maestra, atenta al vaivén de la sensibilidad entusiasta del niño. Lejos de recurrir a la tan transitada vía a la poesía infantil tradicional que engolosina pero suele ser siempre igual a sí misma, la señorita Stretchberry sacude a sus alumnos con la lectura de poetas norteamericanos contemporáneos tales como William Carlos Williams, Robert Frost, Valerie Worth o Walter Dean Myers, entre otros.

El poema “Una carretilla roja” de Williams Carlos Williams (2) es el disparador de la resistencia de Jack a la invitación a escribir poesía (una graciosa paradoja es que se resiste al mismo tiempo que es tomado por la poesía ya que su diario está escrito en verso). (3)

En su “No quiero” inicial —impactante entrada por la puerta del “no” hacia un “sí” del que en la mayoría de los casos no se vuelve— se concentran muchas de las reticencias con las que se encuentran los maestros cuando eligen poesía contemporánea para trabajar en clase.

Los primeros “noes” de Jack resumen algunas representaciones frecuentes que circulan en la escuela tales como los prejuicios de género (“(…) los niños / no escriben poesía. / Las niñas, sí.”), o la compulsión a entender la poesía, (“No entiendo / el poema sobre / la carretilla roja / y los pollos blancos / y por qué tanta cosa / depende de / ellos.”), como si la “comprensión” de la poesía tuviera las mismas claves que el resto de los discursos. La poesía, sobre todo la contemporánea, que se divierte no dejándose agarrar. O dejando que se juegue con ella. Así, en ese juego, el “no entiendo” de Jack se disuelve rápidamente al ponerse a escribir “a la manera de” William Carlos Williams, táctica privilegiada en el taller poético de la señorita Stretchberry. Una maestra que por ese camino invita a los niños a probar la palabra poética sirviéndose directamente del plato de algunos grandes que ya la probaron a fondo. Un contacto pleno con la materia prima de la poesía donde vincular, retomar, citar y entrelazar son acciones posibles, alejadas de aquellos que ven en el ejercicio de imitación un recostarse cómodamente en el espejo del plagio o la imitación pasiva. Por el contrario, en el espíritu de “copiar el estilo de un poema” lo que se advierte es una voluntad de reflejarse para luego atravesar el espejo y mirarse así mismo del otro lado, crecido y transformado.

Haber pasado por la experiencia de la imitación hace que a Jack ya no le preocupe tanto no entender si a cambio hay posibilidad de disfrute de la música del poema (“Siento decir / que en realidad no entendí / el poema del tigre tigre que se enciende en luz / pero al menos sonaba bien / cuando lo oí.”) (4).

La aventura de escribir y de asistir perplejo a la configuración espacial de un poema pasado a máquina por la maestra es objeto de las hipótesis de Jack sobre el carácter visual de la poesía: “Quizá el poeta de la carretilla / sólo estaba / formando una imagen / con palabras / y / alguien más / —quizá su maestra— / lo pasó a máquina / y entonces la gente pensó / que era un poema / porque /parecía un poema /escrito así.”).

Por otra parte, la decisión de la maestra de mostrar sus poemas en el pizarrón de la clase suscita otros temas de la literatura que es posible ver en su estado de retoño en este libro: el problema no pequeño de la autoría y el del vínculo entre lo privado y lo público.

Jack atraviesa la contradictoria excitación de hablar de una historia íntima en sus poemas y pasar del refugio de la anonimia a la exposición de autor. Se trata del relato central de este libro: el vínculo entrañable del niño y su perro Sky rescatado por él y su padre de una jaula en una albergue protector de animales.

El relato bello y triste de Jack y Sky está envuelto en la otra historia central de Quiere a ese perro que versa sobre la infancia y la poesía: la de la admiración por un poema del autor Walter Dean Myers que según Jack traduce en lenguaje poético lo que él siente por su mascota. (5)

La fascinación del niño por ese poema lo lleva a escribir otro casi igual pero dedicado a su perro. (6)

De allí surge el singular título de este libro. (7)

Jack teme haber llegado demasiado lejos en la imitación pero eso no le impide escribir una carta de invitación al autor, alentado por la perspicaz señorita Stretchberry.

Walter Dean Myers —poeta real devenido personaje en esta ficción poética— visita la clase de Jack en un encuentro cálido y hospitalario a la apropiación de sus palabras, guiño a favor de esos aprendices de poesía. La voz de Jack respira agradecida a Myers “(…) especialmente por decir / que se sentiría / halagado / si alguien utilizara /alguna de sus palabras / y especialmente si /añadiera una nota diciendo / que habían sido / inspiradas por / Walter Dean Myers.”

La ilustración a cargo de Alejandro Magallanes ocupa un lugar central en Quiere a ese perro. El supuesto imperativo del título parece combinarse con la alegría cubista buscada por el ilustrador para el rostro de Sky en la tapa. En el interior del diario de Jack, los dibujos en trazos gruesos de tinta aportan el tono justo para los descubrimientos poéticos y vitales del niño, como si el acto de dibujar consistiera en acentuar aun más el carácter sorprendente de la poesía. Las dos dobles páginas donde sólo habla el dibujo de Magallanes en momentos claves del dolor y la alegría de Jack hacen más elocuente la relevancia que la edición de este libro otorga al diálogo poético entre palabra e imagen.



Notas
(1) Tomo la idea de “entrar en poesía” de Georges Jean cuando dice que no se trata sólo de “descubrir los métodos apropiados para ayudar a los niños, adolescentes o adultos, a adquirir conocimientos más completos y refinados del tipo de discurso considerado como ‘poético’, sino de sentir y de saber cómo entrar en poesía”. En: Jean, Georges. La poesía en la escuela. Hacia una escuela de la poesía. Versión española de Ana Garralón y Francisco Lapuente. Madrid, Ediciones de la Torre, 1996. Colección Proyecto Didáctico Quirón, Comunicación y Lenguaje.

(2) El texto del poema “Una carretilla roja” de Williams Carlos Williams se puede leer en el artículo “Algunos poemas utilizados por la señorita Stretchberry”, publicado en la sección Ficciones de este número.

(3) Sharon Creech comenta en su website que tras la escritura de Quiere a ese perro no le fue fácil escapar de las resonancias de la voz de Jack, sobre todo por la cantidad enorme de cartas de niños lectores que escribían en verso como el personaje o incluían poemas. De allí surgió la propuesta de hacer una continuación de la historia de Jack en el libro Hate that Cat (Odia a ese gato, no disponible en español).

(4) Se refiere al poema “El tigre” de William Blake, que puede leerse en el artículo “Algunos poemas utilizados por la señorita Stretchberry”, publicado en la sección Ficciones de este número.

(5) Se trata del poema “Ama a ese niño” de Walter Dean Myers, que puede leerse en el artículo “Algunos poemas utilizados por la señorita Stretchberry”, publicado en la sección Ficciones de este número.

(6) Jack escribe el poema “Ama a ese perro” (Inspirado por Walter Dean Myers), que puede leerse en el artículo “Algunos poemas utilizados por la señorita Stretchberry”, publicado en la sección Ficciones de este número.

(7) Love that Dog es el título original en inglés.


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3 comentarios sobre “Quiere a ese perro

  1. Rita Stenner dice:

    Éste libro es fabuloso, vale la pena tenerlo. Cada relectura acrcienta sus aciertos.


  2. Elisa Boland dice:

    La lectura del artículo de Cecilia Bajour me permite resignificar cuál puede ser el lector de un libro como éste, ya que no podía imaginar del todo que un niño o niña se apropiara directamente. Puede que sea bueno para los maestros o adultos en general, aquellos que se niegan a la poesía (por las razones que sean). Creo que Quiere a ese perro despierta las ganas de hacer el propio “diario” de recorrido con la poesía, desde la negación o desconocimiento o dificultad hasta gusto por la poesía. Recorrido necesario para luego compartirlo con los chicos.
    Creo que se puede decir que es un libro con fragmentos que hay que componer, fragmentos del libro, de la experiencia del lector y, sumaría, con este artículo.


  3. Nestor dice:

    hola buenas tardes estaria necesitando conseguir este libro ya que no lo consigo en la editorial ni en librerias o si alguien me lo puede pasar por mail
    Muchas Gracias!!!


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