El legado del rey Tsongor

El legado del rey Tsongor
Laurent Gaudé
Traducción de José Antonio Soriano Marco.
Barcelona, Ediciones Salamandra, 2003. Colección Narrativa.

“Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.”

Jorge Luis Borges. “Ajedrez”

 
Para Borges, la guerra, como un juego cruel, es infinita. No hay —no puede haber— descanso para los jugadores-guerreros que, ajenos al tiempo que los consume, planean estrategias, atacan, se defienden. Así ocurre en la novela El legado del rey Tsongor de Laurent Gaudé (*): una vez que la guerra se enciende es imposible detenerla.

Al majestuoso e imponente reino de Massaba llega Kuame —el príncipe de las tierras de la sal— para desposar a Samilia, la hija del rey Tsongor. Sin embargo, el día anterior a la boda se hace presente en el palacio Sango Kerim, amigo de la infancia de Samilia. Viene a reclamar lo que es suyo: la mano de la princesa quien, en los inocentes juegos de la niñez, había prometido casarse con él. No hay escapatoria posible y Tsongor lo sabe.

En vez de pronunciarse a favor de alguno de los dos pretendientes —porque intuye que hacerlo será inútil— decide acabar con su propia vida, con la esperanza de que esa acción ponga fin al enfrentamiento. Sin embargo, el destino, como en las tragedias griegas, es ajeno a la voluntad de los hombres: sigue su curso y se yergue con la fuerza y la brutalidad de una guerra sin fin, porque ni Kuame ni Sango Kerim están dispuestos a renunciar a Samilia.

Dos ejércitos ávidos de sangre y venganza se enfrentan a muerte, en una lucha narrada con una precisión y un ritmo asombrosos. Con el correr del tiempo se vuelve evidente que es imposible detener lo que ha comenzado: la guerra, como un animal enfurecido, envuelve, asfixia, devora. Aún a pesar de la muerte de los seres queridos y de la destrucción de la ciudad amada, las batallas se suceden sin tregua y el odio renace con más fuerza en cada nuevo enfrentamiento.

Aquellos que no sucumben a la violencia del combate deberán lidiar con otro enemigo no menos terrible: el olvido. Samilia, quien antaño ha sido la mujer más hermosa y codiciada del reino —la “Helena de Troya” por la que luchan a muerte miles de hombres—, abandona el campo de batalla convertida en “la olvidada”. Nadie corre tras ella, nadie va en su búsqueda, porque los hombres se encuentran demasiado ocupados dándose muerte sin compasión. En su marcha errante, que la lleva hasta los confines del reino y más allá, la gente la verá pasar anhelando que no se detenga.

El rey Tsongor, por su parte, no teme morir —él mismo se quita la vida— pero sí le teme al olvido y por eso le encomienda a Suba, el menor de sus hijos, un último deseo: construir, a lo largo del imperio, siete magníficas tumbas y elegir una para enterrar allí su cuerpo. Así, antes de que la lucha comience, Suba deja Massaba y se abandona a su destino en un vagabundeo que le llevará varios años de su vida. En lugares remotos y secretos, Suba manda construir monumentos para honrar la memoria de quien fue su padre: un valiente guerrero, un constructor, un descubridor. Pero también un asesino; aquel que, en los tiempos de su juventud, llevó muerte y sufrimiento a los pueblos que sometió. Aquellos monumentos serán, finalmente, el legado del rey Tsongor.

Guerra u olvido parecen ser los únicos destinos posibles para los personajes. No es casual entonces que la lucha tenga su origen en un juramento que no fue olvidado: Sango Kerim regresa porque recuerda las palabras de Samilia y las ha guardado como se guarda un tesoro preciado.

En esta historia no hay personajes buenos o malos; por el contrario, todos tienen gestos heroicos, pero también, miserias y mezquindades. Samilia, al ver la terrible guerra que se ha desencadenado en su nombre, se pregunta por qué no fue capaz de impedirla y no logra hallar una respuesta para ese silencio que dio paso al horror:

“Pero no había dicho nada, y, al pie de las murallas, habían empezado a morir hombres. Samilia no sabía por qué había permanecido callada. ¿Por qué sus hermanos tampoco habían dicho nada?, ¿es que todo el mundo deseaba aquella guerra?”

Suba, que repudia a Tsongor el asesino, finalmente termina siendo como su padre al matar sin compasión a una anciana que se interpone en su camino. El menor de los hermanos, aquel cuya vida era inocente antes de partir, descubre de pronto que su cuerpo alberga tanta cólera que es, él también, capaz de matar:

“Había dejado el palo junto al cuerpo y ya no hablaba, sentía un cansancio infinito. La violencia estaba allí, la había sentido, era la violencia salvaje de los Tsongor, la misma que corría por las venas de sus hermanos”.

Cuando se atenúa el fragor de la batalla, se alzan las voces de los personajes, que exponen con valor y convicción sus argumentos. Tanto las palabras como los silencios son portadores de significados; a través de aquello que los personajes dicen —y callan— se tejen pactos, venganzas y castigos.

El legado del rey Tsongor es un relato épico que plantea una reflexión en torno al honor, el coraje, el valor de las promesas y la lealtad a uno mismo. Y, sobre todo, nos invita a reflexionar acerca de la inutilidad de la violencia, que envuelve a los personajes en un espejismo de sinrazón y locura y que, como creía Borges, aparenta no tener fin.


Nota de Imaginaria

(*) El legado del rey Tsongor ganó el premio Goncourt de Lycéens 2002 —otorgado por los estudiantes de enseñanza secundaria y preuniversitaria de Francia—, y fue finalista del Premio Goncourt del mismo año. También obtuvo el Prix des Libraires 2003, concedido por 442 libreros de Francia, Bélgica, Suiza y Canadá; fue elegida segunda entre las “Diez Novelas Favoritas” por los libreros de toda Francia; e incluida entre los “Veinte Mejores” libros del año 2002 por el semanario L’Express.


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