El Mago de Oz. Capítulos 7 y 8

Por L. Frank Baum
Ilustraciones de William Wallace Denslow
Título original: The Wonderful Wizard of Oz
Traducción de Marcial Souto
© Marcial Souto, 2002, 2010

Capítulo 7
El viaje al Gran Oz

Esa noche se vieron obligados a acampar afuera, en el bosque, bajo un árbol grande, pues no había casas cerca. El árbol tenía un follaje denso que los protegía del rocío, y el Leñador de Hojalata cortó un montón de leña con el hacha y Dorothy hizo un fuego espléndido que la calentó y le hizo sentirse menos sola. Ella y Totó comieron el pan que quedaba, y ahora no sabía cómo se las arreglarían para el desayuno.

—Puedo ir al bosque —dijo el León—, y mataros un ciervo. Lo podríais asar en el fuego, ya que vuestros gustos son tan peculiares que preferís alimentos cocidos, y con eso tendríais un muy buen desayuno.

—¡No! ¡No, por favor! —suplicó el Leñador de Hojalata—. Si mataras a un pobre ciervo yo lloraría sin ninguna duda, y las mandíbulas se me volverían a oxidar.

Pero el León se internó en el bosque y se procuró una cena, aunque nadie pudo saber en qué había consistido, porque no lo mencionó. Y el Espantapájaros encontró un árbol cargado de nueces y le llenó la cesta a Dorothy para que no pasase hambre durante mucho tiempo. La niña pensó que el Espantapájaros era muy amable y muy bondadoso, pero se rió de buena gana al ver con cuánta torpeza recogía las nueces la pobre criatura. Las manos rellenas de paja eran tan poco hábiles y las nueces tan pequeñas que casi se le caían tantas como las que ponía en la cesta. Pero al Espantapájaros no le importaba el tiempo dedicado a llenar la cesta, pues eso le permitía evitar el fuego: una chispa bastaría para incendiarlo. Así que se mantuvo a buena distancia de las llamas, y sólo se acercó para tapar a Dorothy con hojas cuando ella se acostó. Esas hojas le dieron calor y protección, y durmió profundamente hasta la mañana.

Al salir el sol la niña se lavó la cara en un pequeño arroyo y enseguida echaron todos a andar hacia la Ciudad Esmeralda.

Ése iba a ser un día repleto de acontecimientos para los viajeros. Apenas habían caminado por espacio de una hora cuando se encontraron con una enorme zanja que atravesaba el camino y dividía el bosque hacia ambos lados hasta donde alcanzaba la vista. Era una zanja muy ancha. Se asomaron al borde y vieron que también era muy profunda y que había muchas piedras grandes y ásperas en el fondo. Los lados eran tan abruptos que ninguno de ellos podría descender, y por un momento les pareció que allí debía terminar el viaje.

—¿Qué hacemos? —preguntó Dorothy, desesperada.

—No tengo la menor idea —dijo el Leñador; y el León meneó la abundante melena, pensativo. Pero el Espantapájaros dijo:

—No volamos, eso es verdad; tampoco podemos descender a esta zanja. Por lo tanto, si no podemos saltar por encima deberemos detenernos aquí.

—Yo pienso que podría saltar —dijo el León Cobarde, después de medir mentalmente la distancia.

—Entonces no hay ningún problema —respondió el Espantapájaros—, porque nos podrás llevar a caballo, uno cada vez.

—Bueno, lo intentaré —dijo el León—. ¿Quién será el primero?

—Yo —declaró el Espantapájaros—, porque si se descubriera que no puedes llegar al otro lado de la zanja, Dorothy se mataría, y el Leñador de abollaría mucho en las piedras del fondo. Pero si el que va en tu lomo soy yo, no importará tanto, porque a mí la caída no me haría ningún daño.

—Yo mismo tengo un miedo terrible de caer —dijo el León Cobarde—, pero supongo que no hay otra solución. Monta en mi lomo y haremos la prueba.

El Espantapájaros montó en el lomo del León, y la enorme bestia caminó hasta el borde del abismo y se agachó.

—¿Por qué no corres y saltas? —preguntó el Espantapájaros.

—Porque los leones lo hacen de otro modo —respondió. Luego, de un gran salto, se elevó en el aire y aterrizó sin ningún peligro del otro lado. Todos quedaron muy contentos de la facilidad con que lo había hecho, y una vez el Espantapájaros hubo bajado del lomo el León volvió a cruzar la zanja.

Dorothy sería la siguiente: agarró a Totó en brazos y subió al lomo del León, sosteniéndose de la melena con una mano. Enseguida sintió como si estuviera volando por el aire, y antes de tener tiempo para pensarlo estaba del otro lado, sana y salva. El León saltó una vez más la zanja, para recoger al Leñador de Hojalata, y después todos se sentaron un momento para que la bestia pudiera descansar, pues aquellos enormes saltos le habían quitado el aliento, y ahora jadeaba como un perro grande que ha corrido demasiado.

Descubrieron que de ese lado el bosque era muy denso, misterioso y sombrío. Después que el León hubo descansado, siguieron viaje por el camino de ladrillos amarillos, cada uno con la secreta duda de si llegarían alguna vez al final del bosque y verían de nuevo la brillante luz del sol. Para mayor preocupación, pronto oyeron extraños ruidos en las profundidades del bosque, y el León les susurró que era en esa parte del país donde vivían los kalidahs.

—¿Qué son los kalidahs? —preguntó la niña.

—Son animales monstruosos con cuerpo de oso y cabeza de tigre —respondió el León—, y con garras tan largas y afiladas que me podrían cortar en dos con la misma facilidad que yo a Totó. Tengo mucho miedo a los kalidahs.

—No me extraña —dijo Dorothy—. Deben de ser animales horribles.

El León iba a responder cuando llegaron a otra zanja en el camino; pero ésta era tan ancha y tan profunda que el León supo inmediatamente que no podría atravesarla de un salto. Se sentaron a pensar en el problema, y tras profundas reflexiones el Espantapájaros dijo:

—Hay ahí un árbol grande, junto a la zanja. Si el Leñador de Hojalata lo puede cortar y hacerlo caer por encima del hueco, llegaremos con facilidad al otro lado caminando.

—Muy buena idea —dijo el León—. Uno casi se atrevería a pensar que tienes un cerebro en la cabeza, en vez de paja.

El Leñador se puso a trabajar de inmediato, y tan afilada estaba el hacha que pronto llegó casi al otro lado del tronco. Entonces el León apoyó las poderosas patas delanteras en el árbol y empujó con todas sus fuerzas. Poco a poco el árbol empezó a ceder y cayó pesadamente sobre la zanja, apoyando las ramas más altas del otro lado.

Apenas habían empezado a atravesar ese extraño puente cuando un penetrante chillido les hizo alzar la mirada, y horrorizados vieron cómo dos grandes bestias con cuerpo de oso y cabeza de tigre se acercaban corriendo.

—Son los kalidahs —dijo el León cobarde, empezando a temblar.

—¡Rápido! —gritó el Espantapájaros—, crucemos el puente.

Dorothy fue la primera, sosteniendo a Totó en brazos; la siguió el Leñador de Hojalata, y luego el Espantapájaros. El León, aunque asustado, sin duda, se volvió para enfrentar a los kalidahs y lanzó un rugido tan fuerte y tan terrible que Dorothy gritó y el Espantapájaros se cayó de espaldas; hasta las feroces bestias se detuvieron y lo miraron, sorprendidas.

Pero al ver que eran más grandes que el León, y recordar que ellos eran dos y el León uno, los kalidahs volvieron a arremeter, y el León corrió por el árbol y giró para ver qué hacían. Sin detenerse un instante, las feroces bestias también comenzaron a atravesar el puente. El León le dijo a Dorothy:

—Estamos perdidos, porque seguramente nos destrozarán con esas garras. Pero quédate aquí atrás. Yo me enfrentaré a ellos mientras viva.

—¡Un minuto! —gritó el Espantapájaros. Había estado pensando en la solución más conveniente, y le pidió al Leñador que cortase la punta del árbol que se apoyaba en ese lado de la zanja. El Leñador de Hojalata empezó a usar el hacha enseguida, y cuando ya casi estaban llegando los kalidahs el árbol cayó con un crujido al abismo, arrastrando las feas y gruñentes bestias, que se despedazaron contra las afiladas piedras del fondo.

—Bueno —dijo el León Cobarde, con un suspiro de alivio—, veo que vamos a seguir viviendo un poco más, y me alegro, porque debe de ser muy incómodo no estar vivo. Esas criaturas me asustaron tanto que todavía me late el corazón.

—Ah —dijo con tristeza el Leñador de Hojalata—. Ojalá yo tuviera un corazón que me latiese.

Esa aventura hizo que los viajeros deseasen más que nunca salir del bosque, y caminaban tan rápido que Dorothy se cansó y tuvo que ir montada en el León. Con alegría vieron que los árboles estaban cada vez más separados y por la tarde fueron repentinamente detenidos por un ancho río de aguas rápidas. Del otro lado de la corriente vieron el camino de ladrillos amarillos atravesando un hermoso paisaje de prados verdes salpicados de flores brillantes, bordeado por árboles colmados de deliciosos frutos. Se alegraron mucho de tener ante ellos ese maravilloso paisaje.

—¿Cómo haremos para atravesar el río? —preguntó Dorothy.

—Eso es fácil —respondió el Espantapájaros—. El Leñador de Hojalata deberá fabricar una balsa, en la que iremos flotando hasta el otro lado.

El Leñador tomó entonces el hacha y se puso a cortar pequeños árboles para construir una balsa, y mientras hacía eso el Espantapájaros encontró en la orilla un árbol cargado de apetitosos frutos. Eso le agradó mucho a Dorothy, que no había probado más que nueces todo el día, y comió una buena cantidad de fruta madura.

Pero lleva tiempo hacer una balsa, incluso a una persona diligente e incansable como el Leñador de Hojalata, y cuando llegó la noche el trabajo no estaba concluido. Buscaron un sitio adecuado bajo los árboles y allí durmieron hasta bien entrada la mañana; y Dorothy soñó con la Ciudad Esmeralda, y con el buen Mago de Oz, que pronto la enviaría de vuelta a su casa.

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Capítulo 8
El mortífero campo de amapolas

Nuestro pequeño grupo de viajeros despertó a la mañana siguiente refrescado y colmado de esperanzas, y Dorothy desayunó como una princesa con melocotones y ciruelas que recogió de los árboles a orillas del río. Atrás quedaba el oscuro bosque que habían logrado atravesar sanos y salvos, aunque sufriendo muchas desilusiones; pero allí delante se extendía una hermosa y soleada comarca que parecía invitarlos a la Ciudad Esmeralda.

El río, naturalmente, los separaba de ese bello país; pero la balsa estaba casi lista, y después de cortar unos pocos troncos más y asegurarlos unos a otros con clavijas de madera, estuvieron en condiciones de iniciar la travesía. Dorothy se sentó en el centro de la balsa y tomó a Totó en brazos. Cuando saltó encima el León Cobarde, la balsa se inclinó peligrosamente, porque era un animal muy grande y pesado; pero el Espantapájaros y el Leñador de Hojalata se pusieron en el otro extremo para equilibrar el peso, y llevaban en la mano largas pértigas para empujar la balsa sobre el agua.

Al principio les fue bastante bien, pero cuando llegaron al medio del río la rápida corriente empezó a arrastrar la balsa y a alejarla del camino de ladrillos amarillos; y el agua era ahora tan profunda que las largas pértigas no lograban tocar el fondo.

—Esto es malo —dijo el Leñador—, porque si no podemos llegar a tierra el río nos llevará al país de la Bruja Mala del Oeste, que nos encantará y nos hará sus esclavos.

—Y yo entonces no conseguiría un cerebro —dijo el Espantapájaros.

—Ni yo coraje —dijo el León Cobarde.

—Ni yo un corazón —dijo el Leñador de Hojalata.

—Y yo no podría volver nunca a Kansas —dijo Dorothy.

—Debemos tratar de llegar a la Ciudad Esmeralda —prosiguió el Espantapájaros, y empujó tan fuerte con la pértiga que se le clavó en el barro del fondo del río, y antes de que pudiera sacarla o soltarla las aguas se llevaron la balsa y el pobre Espantapájaros quedó aferrado a la pértiga en el medio del río.

—¡Adiós! —les gritó, y todos se entristecieron. El Leñador de Hojalata empezó incluso a llorar, pero por fortuna recordó que se podía oxidar, y se enjugó las lágrimas en el delantal de Dorothy.

Naturalmente, el Espantapájaros se encontraba en muy mala situación.

—Ahora estoy peor que cuando conocí a Dorothy —pensó—. Entonces estaba clavado en un palo en un maizal, donde podía convencerme al menos de que espantaba los pájaros; pero seguramente no existe ninguna función para un Espantapájaros encaramado en una pértiga en el medio de un río. Me temo que, después de todo, no llegaré nunca a tener cerebro. La balsa flotaba río abajo, y el pobre Espantapájaros iba quedando allá atrás. Habló el León:

—Algo tenemos que hacer para salvarnos. Pienso que puedo nadar hasta la orilla y arrastrar la balsa si me aferráis con fuerza la punta de la cola.

Y saltó al agua. El Leñador de Hojalata le agarró con fuerza la cola y el León empezó a nadar con todas sus fuerzas hacia la orilla. Le resultaba difícil, a pesar de su tamaño; pero poco a poco fueron saliendo de la corriente, y entonces Dorothy tomó la pértiga del Leñador y ayudó a empujar la balsa hacia tierra.

Estaban todos cansados cuando llegaron por fin a la orilla y saltaron al hermoso césped verde, y también sabían que la corriente los había alejado mucho del camino de ladrillos amarillos que llevaba a la Ciudad Esmeralda.

—Y ahora ¿qué haremos? —preguntó el Leñador de Hojalata mientras el León se tendía en el césped a secarse al sol.

—Debemos volver de algún modo al camino —dijo Dorothy.

—El mejor plan será ir por la orilla del río hasta que lleguemos otra vez al camino —señaló el León.

Así, después de descansar todos, Dorothy recogió la cesta y echaron a andar por la herbosa orilla hacia el camino del que los había apartado el río. Era un lugar alegre y maravilloso, cubierto de flores, árboles frutales y sol, y si no sintieran tanta lástima por el pobre Espantapájaros seguramente serían muy felices.

Caminaban con la mayor rapidez posible, y Dorothy sólo se detenía de vez en cuando a recoger una flor bonita; al cabo de un rato el Leñador de Hojalata gritó:

—¡Mirad!

Todos miraron hacia el río, y vieron al Espantapájaros subido a la pértiga en el medio de las aguas; parecía muy triste y muy solo.

—¿Qué podemos hacer para salvarlo? —preguntó Dorothy.

El León y el Leñador menearon la cabeza, pues no se les ocurría nada. Entonces se sentaron en la orilla y miraron pensativos al Espantapájaros hasta que pasó por allí volando una cigüeña que, al verlos, se detuvo a descansar en el borde del agua.

—¿Quiénes sois y adónde vais? —preguntó la Cigüeña.

—Yo soy Dorothy —respondió la niña—, y éstos son mis amigos, el Leñador de Hojalata y el León Corbarde; y vamos a la Ciudad Esmeralda.

—No es éste el camino —dijo la Cigüeña, torciendo el largo pescuezo para mirar al extraño grupo.

—Lo sé —respondió Dorothy—, pero hemos perdido al Espantapájaros, y estamos pensando cómo rescatarlo.

—¿Dónde está? —preguntó la Cigüeña.

—Allá en el río —dijo la niña.

—Si no fuera tan grande y tan pesado, iría a buscarlo —señaló la Cigüeña.

—No es nada pesado —dijo Dorothy, entusiasmada—, porque está relleno de paja, y si nos lo traes te estaremos para siempre agradecidos.

—Bueno, probaré —dijo la Cigüeña—; pero si descubro que es demasiado pesado tendré que volver a dejarlo caer en el río.

Y el enorme pájaro echó a volar por encima del agua hasta que llegó al sitio donde estaba el Espantapájaros subido a la pértiga. Entonces, con las enormes garras, tomó al Espantapájaros de un brazo y lo llevó por los aires hasta la orilla, donde esperaban Dorothy, el León, el Leñador de Hojalata y Totó.

Cuando el Espantapájaros se vio otra vez entre sus amigos se sintió tan feliz que los abrazó a todos, incluso al León y a Totó; y mientras caminaban iba cantando, tan contento se sentía.

—Tuve miedo de quedarme para siempre en el río —dijo—, pero la bondadosa Cigüeña me salvó, y si alguna vez tengo cerebro la iré a buscar y le pagaré con alguna otra buena acción.

—Está bien —dijo la Cigüeña, que volaba acompañando al grupo—. Siempre me gusta ayudar a los que están en dificultades. Pero ahora debo irme, pues me esperan los bebés en el nido. Ojalá encontréis la Ciudad Esmeralda y ojalá Oz os ayude.

—Gracias —dijo Dorothy, y entonces la Cigüeña bondadosa levantó el vuelo y se perdió enseguida de vista.

Caminaban escuchando el canto de los pájaros multicolores y mirando las bonitas flores que ahora parecían una alfombra, tan apretadas estaban. Había grandes pétalos amarillos, blancos, azules y púrpura, además de largas extensiones de amapolas escarlata, tan brillantes que casi cegaban a Dorothy.

—¿No son hermosas? —preguntó la niña, mientras aspiraba el potente aroma de las flores.

—Supongo que sí —respondió el Espantapájaros—. Cuando tenga cerebro quizá me gusten más.

—Si yo tuviera corazón, las amaría —agregó el Leñador de Hojalata.

—A mí siempre me gustaron las flores —dijo el León—; parecen frágiles y desvalidas. Pero en el bosque no hay ninguna tan brillante como éstas.

Ahora había más y más amapolas escarlata y menos y menos de las otras flores; y pronto se encontraron en medio de un enorme campo de amapolas. Y es bien sabido que cuando hay muchas de esas flores juntas su olor es tan poderoso que quien lo huele se duerme, y si no llevan al durmiente fuera del alcance del olor, continúa durmiendo para siempre. Pero Dorothy no sabía eso, ni podía salir del campo de brillantes flores que la rodeaba por todas partes, y pronto le empezaron a pesar los párpados y sintió que debía sentarse a descansar y a dormir.

Pero el Leñador de Hojalata no quería que hiciera eso.

—Debemos darnos prisa y llegar al camino de ladrillos amarillos antes de que oscurezca —dijo, y el Espantapájaros estuvo de acuerdo.

Siguieron entonces caminando hasta que Dorothy no pudo resistir más. Los ojos se le cerraron a pesar de todos sus esfuerzos, se olvidó de dónde estaba y cayó entre las amapolas, profundamente dormida.

—¿Qué hacemos? —preguntó el Leñador de Hojalata.

—Si la dejamos aquí, morirá —dijo el León—. El aroma de las flores nos está matando a todos. Yo apenas consigo mantener abiertos los ojos, y el perro ya se ha dormido.

Era cierto. Totó había caído junto a su ama. Pero al Espantapájaros y al Leñador de Hojalata, que no eran de carne, no los afectaba el aroma de las flores.

—Corre rápido —le dijo el Espantapájaros al León—, y sal de este mortífero jardín lo antes posible. Nosotros llevaremos a la niña pero tú eres demasiado grande y si te durmieras no podríamos moverte.

El León hizo entonces un esfuerzo y echó a correr a la mayor velocidad posible. En un instante se perdió de vista.

—Hagamos una silla con las manos para transportarla —dijo el Espantapájaros. Recogieron a Totó y lo pusieron en la falda de la niña, y con las manos hicieron la silla y empezaron a llevarlos entre las flores.

Caminaron y caminaron, parecía que la alfombra de flores que los rodeaba no iba a terminar nunca. Siguieron la curva del río y al fin encontraron a su amigo el León profundamente dormido entre las amapolas. Las flores habían sido demasiado fuertes para la enorme bestia, que al fin se había rendido a corta distancia de donde concluían las amapolas y comenzaban los hermosos y verdes campos de césped.

—No podemos hacer nada por él —dijo el Leñador de Hojalata, triste—, porque es demasiado pesado. Tendremos que dejarlo aquí durmiendo para siempre. Tal vez sueñe que por fin ha encontrado el coraje.

—Lo siento mucho —dijo el Espantapájaros—; a pesar de ser tan cobarde, el León era un buen compañero. Pero sigamos.

Llevaron a la niña dormida hasta un sitio muy bonito junto al río, a suficiente distancia del campo de amapolas para que no respirase el veneno de las flores, la depositaron con suavidad en el césped y esperaron a que la brisa fresca la despertase.


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5 comentarios sobre “El Mago de Oz. Capítulos 7 y 8”

  1. Ana Maria Moises Trujillo dice:

    exelente porpuesta,y que es muy dificil encontrara una buena version del Mago de Oz


  2. justin bieber dice:

    muuuuuuuuuy feooooooooooooooooooooo


  3. norberto ferznande dice:

    Excelente amigos, excelente. Muchas gracias por este material.
    Tiempo atras recibía el boletín por mail. Ultimamente no. Podría recibirlo nuevamente. Gracias.


  4. Mikka ! dice:

    Graciias me re sirvio para el cole !


  5. imanol dice:

    lo leo en clase de leones es muy divertido


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