Las aventuras de Pinocho. Capítulos XXXI y XXXII

Carlo Collodi

Traducción y notas de Guillermo Piro

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XXXI
Después de cinco meses de jauja, Pinocho, para su sorpresa,
siente que le brotan un buen par de orejas de burro
y se convierte en un borrico, con cola y todo.

Finalmente el carro llegó. Y llegó  sin hacer el más mínimo ruido, porque sus ruedas estaban cubiertas de estopa y trapos.

Tiraban de él doce parejas de borricos, todos del mismo tamaño, aunque de distinto pelaje.

Algunos eran pardos, otros blancos, otros grisáceos, y otros tenían grandes rayas amarillas y azules.

Pero lo más singular era esto: aquellas doce parejas, o sea aquellos veinticuatro borricos, en vez de tener herraduras como todos los animales de tiro o de carga, llevaban en los pies unos zapatos de hombre, de cuero blanco.

¿Y el conductor del carro?…

Imagínense un hombrecito más ancho que alto, tierno y grasoso como una pelotita de manteca, con carita de manzana, una boquita que reía siempre y una voz sutil y acariciadora como la de un gato que se encomienda al buen corazón de la dueña de casa.

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Ilustración de Carlo Chiostri (1901)

Todos los niños, apenas lo veían, quedaban hechizados y competían por subirse a su carro, para ser llevados por él a esa verdadera jauja conocida en los mapas con el seductor nombre de País de los Juguetes.

De hecho el carro ya estaba lleno de niños entre los ocho y los doce años, amontonados unos sobre otros, como sardinas enlatadas. Estaban incómodos, apretados unos contra otros, casi no podían respirar, pero ninguno decía ¡ay! , ninguno se quejaba. El consuelo de saber que dentro de poco habrían llegado a un país donde no habría ni libros ni escuelas ni maestros, los ponía tan contentos y resignados que no sentían las molestias, ni los apretones ni el hambre ni la sed ni el sueño.

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Ilustración de María L. Kirk (1916)

Apenas el carro se detuvo, el hombrecito se dirigió a Mecha, y con mil muecas y halagos le preguntó, sonriendo:

-Dime, buen muchacho, ¿tú también quieres ir a ese afortunado país?

-Claro que quiero ir.

-Pero te advierto, querido mío, que en el carro no hay más lugar. ¡Como ves, está todo lleno!…

-¡Paciencia! -replicó Mecha-. Si no hay lugar adentro, me resignaré a sentarme en las varas del carro.

Y dando un salto, se subió a las varas.

-¿Y tú, querido mío… -preguntó el hombrecito, dirigiéndose afectadamente a Pinocho-, qué quieres hacer? ¿Vienes con nosotros o te quedas?

-Yo me quedo -respondió Pinocho-. Quiero volver a mi casa, quiero estudiar y sacarme buenas notas en la escuela, como hacen todos los niños buenos.

-¡Que te aproveche!

-¡Pinocho! -dijo entonces Mecha-. Hazme caso, ven con nosotros y lo pasaremos bien.

-¡No, no, no!

-Ven con nosotros y lo pasaremos bien.

-¡No, no, no!

-Ven con nosotros y lo pasaremos bien -gritaron otras cuatro voces desde adentro del carro.

-Ven con nosotros y lo pasaremos bien -gritaron al mismo tiempo un centenar de voces desde adentro del carro.

-Pero si voy con ustedes, ¿qué le diré a mi buena Hada? -dijo el muñeco, que comenzaba a ablandarse y a ceder.

-Deja de calentarte la cabeza con esas tonterías. ¡Piensa que vamos a un país donde seremos dueños de hacer lío de la mañana a la noche!

Pinocho no respondió: pero suspiró. Después suspiró otra vez. Después suspiró por tercera vez. Finalmente dijo:

-Háganme lugar, ¡yo también quiero ir!

-Está todo lleno -replicó el hombrecito-; pero para demostrarte cuán bienvenido eres, puedo cederte mi lugar en el pescante.

-¿Y usted?

-Yo haré el camino a pie.

-No, de verdad, eso no lo puedo permitir. ¡Prefiero ir montado en alguno de esos borricos! -gritó Pinocho.

Dicho y hecho, se acercó al borrico derecho de la primera pareja e hizo el gesto de querer montarlo. Pero el animal, volviéndose en seco, le dio un buen golpe en el estómago con el hocico y lo dejó patas para arriba.

¡Imagínense la risotada impertinente y estrepitosa de todos los niños que presenciaron la escena!

Pero el hombrecito no se rió. Se acercó lleno de amabilidad al borrico rebelde y haciendo el ademán de que le daba un beso le arrancó de una mordida la mitad de la oreja derecha.

Entretanto Pinocho, que se había levantado del suelo hecho una furia, de un salto se puso en la grupa de aquel pobre animal. Y el salto fue tan bello que los niños, dejando de reír, comenzaron a gritar: “¡Viva Pinocho!”, y prorrumpieron en unos aplausos que parecían no terminar nunca.

Cuando de pronto el borrico alzó  las dos patas de atrás y con una fortísima sacudida lanzó al pobre muñeco al medio de la calle, sobre un montón de grava.

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Ilustración de Enrico Mazzanti (1883)

Entonces las carcajadas se repitieron. Pero el hombrecito, en vez de reír, sintió de golpe tanto amor por ese inquieto borrico que, con un beso, le arrancó de cuajo la mitad de la otra oreja. Después le dijo al muñeco.

-Vuelve a montarlo y no tengas miedo. Este borrico tenía algún pajarito en la cabeza, pero le he dicho un par de palabras al oído y espero haberlo vuelto manso y razonable.

Pinocho montó y el carro comenzó  a moverse. Pero mientras los borricos galopaban y el carro corría sobre los guijarros del camino real, al muñeco le pareció oír una voz débil y apenas inteligible que le dijo:

-¡Pobre tonto! ¡Has querido hacer las cosas a tu modo, pero te arrepentirás!

Pinocho, casi asustado, miró para todos lados, para saber de dónde provenían esas palabras. Pero no vio a nadie. Los borricos galopaban, el carro corría, los niños dentro del carro dormían. Mecha roncaba como un lirón y el hombrecito sentado en el pescante canturreaba entre dientes:

Todos de noche duermen

Y yo no duermo nunca…

Un kilómetro y medio después, Pinocho volvió a oír la misma voz débil, que le dijo:

-¡Métetelo en la cabeza, estúpido! ¡Los niños que dejan de estudiar y les dan la espalda a los libros, a la escuela y a los maestros para entregarse por completo a los juegos y a la diversión, no pueden esperar otra cosa que un fin desgraciado!… ¡Lo sé por experiencia! ¡Y te lo puedo decir! Ya llegará el día en que llores tú también, como yo ahora… ¡pero entonces será demasiado tarde!…

Ante estas palabras, susurradas dócilmente, el muñeco, más asustado que nunca, se bajó de la grupa del borrico y agarró a su cabalgadura por el hocico.

Imagínense cómo quedó cuando se dio cuenta de que su borrico lloraba… ¡y lloraba como un niño!

-Eh, señor hombrecito -gritó entonces Pinocho al dueño del carro-. ¿Sabe una cosa? Este borrico llora.

-Déjalo llorar, ya tendrá tiempo de reírse.

-¿Acaso usted le enseñó a hablar?

-No, sólo aprendió a balbucear algunas palabras, porque estuvo durante tres años en compañía de perros amaestrados.

-¡Pobre animal!

-Vamos, vamos -dijo el hombrecito-, no perdamos el tiempo viendo llorar a un burro. Vuelve a montar y sigamos: la noche está fresca y el camino es largo.

Pinocho obedeció sin chistar. El carro reanudó su carrera, y por la mañana, al despuntar el alba, llegaron felizmente al País de los Juguetes.

Este país no se parecía a ningún otro país del mundo. Su población estaba toda compuesta por niños. Los más viejos tenían catorce años, los más jóvenes apenas ocho. ¡En las calles había una alegría, un estrépito y un vocerío como para volverse loco! Bandas de niños por todas partes: unos jugaban a la mancha, otros al tejo, otros a la pelota, unos andaban en bicicleta, otros en caballitos de madera; unos jugaban al gallo ciego, otros a las escondidas; unos, vestidos de payasos, comían estopa encendida; otros actuaban; unos cantaban, otros daban saltos mortales; unos se divertían caminando con las manos en el suelo y las piernas en el aire, otros jugaban con el aro; unos paseaban vestidos de generales con gorros de papel y sables de cartón, uno reía, el otro gritaba, uno llamaba, el otro aplaudía, uno silbaba, el otro imitaba a una gallina cuando pone los huevos… En resumidas cuentas, era tal el pandemónium, tal el griterío, tal el bullicio endiablado que había que meterse algodón en los oídos para no quedar sordos. En las plazas se veían teatritos de lona, llenos de chicos de la mañana a la noche, y en todas la paredes de las casas, escritas con carbón, se leían cosas bellísimas como éstas: ¡Vivan los jugetes! (en vez de juguetes); no queremos más hescuelas (en vez de no queremos más escuelas); abajo Larin Metica (en vez de la aritmética) y otras joyas por el estilo.

Pinocho, Mecha y los otros niños, que habían hecho el viaje con el hombrecito, apenas pusieron un pie en la ciudad se lanzaron enseguida en medio de aquella baraúnda, y en pocos minutos, como es fácil imaginar, se hicieron amigos todos. ¿Quién podía estar más feliz y más contento que ellos?

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Ilustración de Luigi E. Maria Augusta Cavalieri (1924)

En medio de tanto jolgorio y tanta diversión, las horas, los días, las semanas pasaban como relámpagos.

-¡Oh! ¡Qué buena vida! -decía Pinocho cada vez que por casualidad se encontraba con Mecha.

-¿Ves cómo yo tenía razón? -replicaba este último-. ¡Y pensar que tú no querías venir! ¡Y pensar que se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo estudiando!… Si hoy te ves libre del fastidio de los libros y de las escuelas, me lo debes a mí, a mis consejos, a mi insistencia, ¿no es así? Sólo los grandes amigos pueden hacerte estos favores.

-¡Es verdad, Mecha! Si hoy soy un niño verdaderamente feliz te lo debo a ti. ¿Sabes lo que me decía el maestro refiriéndose a ti? Siempre me decía: “¡No te juntes con ese bribón de Mecha, porque Mecha es un mal compañero y sólo puede aconsejarte mal!…”

-¡Pobre maestro! -replicó el otro moviendo la cabeza-. ¡Sé que la tenía conmigo y que siempre se divertía calumniándome, pero yo soy generoso y lo perdono!

-¡Qué bueno eres! -dijo Pinocho, abrazando afectuosamente a su amigo y dándole un beso en medio de los ojos.

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Ilustración de Enrico Mazzanti (1883)

Ya hacía cinco meses que duraba esta buena vida jugando y divirtiéndose días enteros, sin verle nunca la cara a un libro, ni una escuela, cuando una mañana Pinocho, al despertarse, recibió, como se suele decir, una desagradable sorpresa, que lo puso de mal humor.

XXXII
A Pinocho le salen orejas de burro y después
se vuelve un borrico de verdad y comienza a rebuznar.

¿Y cuál fue esa sorpresa?

Se los diré yo, mis queridos y pequeños lectores: la sorpresa fue que Pinocho, al despertarse, se le ocurrió, naturalmente, rascarse la cabeza; y al rascarse la cabeza se dio cuenta de que…

Adivinen: ¿de qué se dio cuenta?

Para su sorpresa, se dio cuenta de que las orejas le habían crecido más de un palmo.

Ustedes saben que el muñeco, desde su nacimiento, tenía las orejas chiquitas chiquitas; tan chiquititas que, a simple vista, ¡ni siquiera se veían! Imagínense entonces cómo se quedó cuando se dio cuenta de que sus orejas, durante la noche, le habían crecido tanto que parecían dos escobillas.

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Ilustración de Carlo Chiostri (1901)

Fue enseguida a buscar un espejo para poder verse, pero al no encontrar un espejo llenó de agua la pileta y, reflejándose en ella, vio lo que nunca hubiese querido ver: esto es, vio su imagen embellecida por un magnífico par de orejas de burro.

¡Dejo que ustedes imaginen el dolor, la vergüenza y la desesperación del pobre Pinocho!

Comenzó a llorar, a chillar, a golpearse la cabeza contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, crecían y se volvían peludas en la punta.

Al oír aquellos gritos agudísimos, entró en la habitación una linda Marmotita que vivía en el piso de arriba; la cual, al ver al muñeco en semejante aprieto, le preguntó presurosamente:

-¿Qué tienes, mi querido vecino?

-Estoy enfermo, Marmotita mía, estoy enfermo… ¡y enfermo de una enfermedad que me da miedo! ¿Tú entiendes algo de cómo tomar el pulso?

-Un poquito.

-Mira a ver si por casualidad tengo fiebre.

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Ilustración de Carlo Chiostri (1901)

La Marmotita levantó la pata derecha, y después de haber tomado el pulso a Pinocho, le dijo, suspirando:

-¡Amigo mío, lamento tener que darte una mala noticia!…

-¿Cuál sería?

-¡Que tienes una fiebre muy alta!…

-¡Y qué clase de fiebre es?

-Es la fiebre del burro.

-¡No conozco esa fiebre! -respondió el muñeco, que desgraciadamente había comprendido.

-Yo te explicaré -agregó la Marmotita-. Debes saber que dentro de dos o tres horas ya no serás ni un muñeco ni un niño…

-¿Y qué seré?

-Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero burro, como esos que tiran de los carros y llevan los repollos y las lechugas al mercado.

-¡Oh! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! -gritó Pinocho agarrándose las dos orejas con las manos y tirando y estirándolas desesperadamente, como si fuesen las orejas de otro.

-Querido mío -replicó la Marmotita para consolarlo-, ¿qué vas a hacer? Es el destino. Está escrito en los decretos de la sabiduría que todos los niños haraganes que, aburridos de los libros, las escuelas y los maestros, pasan los días entre juguetes, juegos y diversiones, antes o después terminan transformándose en pequeños burros.

-¿De verdad es así? -preguntó sollozando el muñeco.

-¡Lamentablemente es así! Y ahora llorar es inútil. ¡Había que haberlo pensado antes!

-Pero no es mi culpa, créeme, Marmotita, ¡la culpa es toda de Mecha!…

-¿Y quién es ese Mecha?

-Un compañero de escuela. Yo quería volver a casa; yo quería ser obediente; yo quería seguir estudiando y sacar buenas notas… pero Mecha me dijo: “¿Para qué quieres aburrirte estudiando? ¿Para qué quieres ir a la escuela? Mejor ven conmigo al País de los Juguetes: allí no estudiaremos más; allí nos divertiremos de la mañana a la noche y siempre estaremos contentos”.

-¿Y por qué seguiste los consejos de ese falso amigo, de ese mal compañero?

-¿Por qué?… Marmotita mía, porque yo soy un muñeco sin juicio… y sin corazón. ¡Oh! ¿Si hubiese tenido una pizca de corazón nunca hubiera abandonado a la buena Hada, que me quería como una mamá y que había hecho tanto por mí… a estas horas ya no sería un muñeco… sino un niño cuerdo, como tanto otros! ¡Oh!… Pero si encuentro a Mecha, ¡ay de él! ¡Se las voy a decir todas juntas!…

E hizo ademán de salir. Pero cuando había llegado a la puerta se acordó de que tenía orejas de burro, y avergonzado de mostrarse así en público, ¿qué inventó? Tomó un gran gorro de algodón y, poniéndoselo en la cabeza, se lo metió hasta la punta de la nariz.

Después salió y se puso a buscar a Mecha por todos lados. Lo buscó en las calles, en las plazas, en los teatritos, en todos los lugares, pero no lo encontró. Preguntó por él a cuantos encontró por la calle, pero nadie lo había visto.

Entonces fue a buscarlo a su casa, y cuando llegó a la puerta, llamó.

-¿Quién es? -preguntó Mecha desde adentro.

-¡Soy yo!-respondió el muñeco.

-Espera un poco, ya te abro.

Después de media hora la puerta se abrió. Imagínense cómo quedó Pinocho cuando, entrando en la habitación, vio a su gran amigo Mecha con un gran sombrero de algodón en la cabeza que le llegaba hasta la nariz.

Al ver ese gorro, Pinocho casi se sintió  consolado, y pensó enseguida para sí: “¿Estará mi amigo enfermo de mi misma enfermedad? ¿Él también tendrá la fiebre del burro?…”

Y fingiendo que no se había dado cuenta de nada, le preguntó, sonriendo:

-¿Cómo estás, mi querido Mecha?

-Muy bien, como un ratón dentro de una horma de queso parmigiano.

-¿Lo dices en serio?

-¿Y por qué te diría una mentira?

-Perdóname amigo, pero entonces ¿por qué tienes en la cabeza ese gorro de algodón que te cubre las orejas?

-Me lo recetó el médico, porque me lastimé una rodilla. ¿Y tú, querido muñeco, por qué llevas ese gorro de algodón metido hasta la nariz?

-Me lo recetó el médico, porque me despellejé un pie.

-¡Oh! ¡Pobre Pinocho!…

-¡Oh! ¡Pobre Mecha!…

A estas palabras siguió un larguísimo silencio durante el cual los dos amigos no hicieron otra cosa que mirarse uno al otro con aire de burla.

Finalmente el muñeco, con una vocecita melosa y aflautada, le dijo a su compañero:

-Quítame una curiosidad, mi querido Mecha: ¿sufriste alguna vez de enfermedad en las orejas?

-¡Nunca!… ¿Y tú?

-¡Nunca! Pero desde esta mañana tengo una oreja que me hace sufrir mucho.

-A mí me pasa lo mismo.

-¿A ti también?… ¿Y qué oreja te duele?

-Las dos. ¿Y a ti?

-Las dos. ¿Será la misma enfermedad?

-Me temo que sí.

-¿Quieres hacerme un favor, Mecha?

-¡Encantado! De todo corazón.

-¿Me dejas ver tus orejas?

-¿Por qué no? Pero antes yo quiero ver las tuyas, querido Pinocho.

-No. Tú tienes que ser el primero.

-¡No, querido! ¡Primero tú, después yo!

-Está bien -dijo el muñeco-. Hagamos un pacto de buenos amigos.

-Oigamos cuál es ese pacto.

-Saquémonos los gorros los dos al mismo tiempo. ¿Aceptas?

-Acepto.

-Entonces, ¡atento!

Y Pinocho comenzó a contar en voz alta:

-¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

A la voz de tres los dos niños agarraron sus gorros y los tiraron al aire.

Y entonces tuvo lugar una escena que, si no fuera porque es verdad, parecería increíble. Sucedió que Pinocho y Mecha, cuando se vieron atacados los dos por la misma enfermedad, en vez de sentirse mortificados y dolidos comenzaron a agitar sus orejas desmesuradamente grandes, y después de mil muecas terminaron con una buena risotada.

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Ilustración de María L. Kirk (1916)

Y rieron, rieron, rieron hasta más no poder. Hasta que, en lo mejor de la risa, Mecha se detuvo de pronto y, bamboleándose y cambiando de color, le dijo a su amigo:

-¡Ayúdame, ayúdame, Pinocho!

-¿Qué te pasa?

-¡Ay! No puedo sostenerme sobre las piernas.

-Yo tampoco -gritó Pinocho, llorando y tambaleándose.

Y mientras decían esto se pusieron en cuatro patas y, caminando con las manos y los pies, comenzaron a dar vueltas y a correr por la habitación. Y mientras corrían, sus brazos se convirtieron en patas, y sus rostros se alargaron y se volvieron hocicos, y sus espaldas se cubrieron de pelaje gris claro con pintitas negras.

¿Pero saben cuál fue el peor momento para aquellos dos desafortunados? El peor y más humillante momento fue cuando sintieron que empezaba a despuntarles la cola. Vencidos entonces por la vergüenza y el dolor, trataron de llorar y lamentarse de su destino.

¡Hubiese sido mejor que no lo hicieran! En vez de gemidos y lamentos, lanzaron rebuznos asnales. Y rebuznando sonoramente, decían, a coro: i-ho, i-ho, i-ho.

En ese momento llamaron a la puerta, y una voz desde afuera dijo:

-¡Abran! Soy el Hombrecito, el conductor del carro que los trajo a este país. Abran enseguida o ¡ay de ustedes!

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Ilustración de Carlo Chiostri (1901)


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