Las aventuras de Pinocho. Capítulos XXV y XXVI

Carlo Collodi

Traducción y notas de Guillermo Piro

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XXV
Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar,
porque está cansado de ser un muñeco
y quiere convertirse en un niño como es debido.

Al principio la buena mujercita empezó a decir que ella no era la pequeña Hada de los cabellos azules; pero después, viéndose descubierta y no queriendo prolongar más la comedia, terminó dándose a conocer y le dijo a Pinocho:

-¡Muñeco travieso! ¿Cómo te has dado cuenta de que era yo?

-Me lo ha revelado el amor que te tengo.

-¿Te acuerdas? Me dejaste niña y ahora me vuelves a encontrar convertida en una mujer, tan mujer que podría ser tu mamá.

-Me encanta, porque así, en vez de hermanita, te llamaré mamá. ¡Hace tanto tiempo que ansío tener una madre como todos los otros niños!… ¿Pero cómo has hecho para crecer tan rápido?

-Es un secreto.

-Enséñamelo; también yo quisiera crecer un poco. ¿No lo ves? Sigo siendo un enano.

-Pero tú no puedes crecer -replicó el Hada.

-¿Por qué?

-Porque los muñecos no crecen nunca. Nacen como muñecos, viven como muñecos y mueren como muñecos.

-¡Oh! ¡Estoy cansado de ser un muñeco -gritó Pinocho, dándose un coscorrón-. Ya es hora de que yo también me vuelva un hombre como los demás.

-Y lo serás, si sabes merecértelo…

-¿De verdad? ¿Y qué tengo que hacer para merecérmelo?

-Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un buen niño.

-¿Y qué soy, acaso?

-¡Todo lo contrario! Los niños buenos son obedientes, y tú en cambio…

-Yo no obedezco nunca.

-Los niños buenos le toman amor al estudio y al trabajo, y tú…

-Y yo, en cambio, holgazaneo y vagabundeo todo el año.

-Los niños buenos dicen siempre la verdad…

-Y yo siempre digo mentiras.

-Los niños buenos van de buena gana a la escuela…

-Y a mí la escuela hace que me duela todo el cuerpo. Pero de hoy en adelante quiero cambiar de vida.

01-pinocho-chiostri
Ilustración de Carlo Chiostri (1901)

-¿Me lo prometes?

-Lo prometo. Quiero volverme un niño como es debido y quiero ser el consuelo de mi padre… ¿Dónde estará mi pobre padre a estas horas?

-No lo sé.

-¿Tendré la suerte de volver a verlo y abrazarlo?

-Creo que sí; mejor dicho: estoy segura.

Al oír esta respuesta fue tal la felicidad de Pinocho que tomó las manos del Hada y comenzó a besárselas con tanto entusiasmo que casi parecía estar fuera de sí. Después, alzando el rostro y mirándola amorosamente, le preguntó:

-Dime, mamita: ¿entonces no es verdad que estás muerta?

-Parece que no -respondió sonriendo el Hada.

-Si tú supieras qué dolor y qué nudo en la garganta tuve cuando leí aquí yace

-Lo sé, y es por eso que te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo saber que tenías buen corazón; y de los niños de buen corazón, aunque sean un poco traviesos y malcriados, siempre se puede esperar algo; o sea, siempre se puede esperar que vuelvan a la buena senda. Es por eso que he venido hasta aquí a buscarte. Yo seré tu madre.

-¡Oh! ¡Qué buena noticia! -gritó Pinocho saltando de alegría.

-Tú me obedecerás y harás siempre lo que yo te diga.

-¡Encantado, encantado, encantado!

-A partir de mañana -agregó el Hada-, empezarás a ir a la escuela.

Pinocho se pudo se pronto un poco menos alegre.

-Después elegirás a tu parecer un arte o un oficio…

Pinocho se volvió serio.

-¿Qué es lo que murmuras entre dientes? -preguntó el Hada con acento dolido.

-Decía… -rezongó el muñeco a media voz-, que me parece un poco tarde para ir a la escuela…

-No, señor. Piensa que para instruirte y aprender nunca es tarde.

-Yo no quiero aprender ningún arte ni oficio…

-¿Por qué?

-Porque el trabajo me cansa.

-Niño mío -dijo el Hada-, los que dicen eso acaban siempre en la cárcel o en el hospital. El hombre, para que lo sepas, nazca rico o pobre, está obligado a hacer algo en este mundo, a tener una ocupación, a trabajar. ¡Ay de quien se deje atrapar por el ocio! El ocio es una enfermedad malísima, y hay que curarla enseguida, desde pequeños; si no, cuando nos volvemos grandes, ya no hay cura.

Estas palabras llegaron al alma de Pinocho, el cual, levantando vivazmente la cabeza, dijo al Hada:

-Yo estudiaré, trabajaré, haré todo lo que me digas, porque, en fin, ya estoy aburrido de la vida de muñeco y quiero a toda costa convertirme en un niño. Me lo has prometido, ¿no es verdad?

-Te lo he prometido y ahora depende de ti.

02-pinocho-mussinoIlustración de Attilio Mussino (1911)


XXVI
Pinocho va con sus compañeros de escuela
a la orilla del mar para ver al terrible Tiburón.
Al día siguiente Pinocho fue a la escuela pública.

¡Imagínense a aquellos traviesos niños cuando vieron entrar en la escuela a un muñeco! Fue una risotada que no terminaba nunca. Uno le hacía broma, y otro, otra; uno le sacaba el gorrito de la mano, otro le tiraba de la chaqueta por detrás; uno, con tinta, intentaba pintarle dos grandes bigotes debajo de la nariz, y otro trataba de atarle unos hilos a los pies y a las manos para hacerlo bailar.

03-pinocho-mussinoIlustración de Attilio Mussino (1911)

Durante un rato Pinocho se armó de paciencia y supo aguantar; pero finalmente, sintiendo que se le acababa la paciencia, se dirigió hacia los que más lo asediaban y se burlaban de él y les dijo muy serio:

-Miren, muchachos, no he venido aquí para ser el bufón de ustedes. Yo respeto a los demás y pido ser respetado.

-¡Bravo! ¡Has hablado como un libro! -gritaron aquellos bribones riendo como locos; y uno de ellos, más impertinente que los otros, alargó la mano con la idea de tomar al muñeco por la punta de la nariz.

Pero no consiguió hacerlo, porque Pinocho estiró la pierna por debajo de la mesa y le dio una patada en las canillas.

-¡Oh! ¡Qué pies duros! -gritó el niño restregándose el moretón que le había hecho el muñeco.

-¡Y qué codos!…. ¡Son más duros que los pies! -dijo otro que por sus bromas pesadas se había ganado un codazo en el estómago.

El hecho es que después de aquella patada y de aquel codazo Pinocho se ganó la estima y la simpatía de todos los niños de la escuela; y todos le hacían mil caricias y todos lo querían muchísimo.

También el maestro estaba satisfecho con él, porque lo veía atento, estudioso, inteligente, y porque era siempre el primero en entrar en la escuela y siempre el último en retirarse cuando acababan las clases.

04-pinocho-chiostriIlustración de Carlo Chiostri (1901)

El único defecto que tenía era el de frecuentar a demasiados compañeros; y entre éstos había muchos pillos, muy conocidos por sus pocas ganas de estudiar y portarse bien.

El maestro se lo advertía todos los días, y tampoco la buena Hada dejaba de decirle y repetirle muchas veces:

-¡Cuidado, Pinocho! Antes o después esos compañeros tuyos de la escuela terminarán por hacerte perder el amor al estudio, y, quizá, por ocasionarte alguna gran desgracia.

-¡No hay peligro! -respondía el muñeco, encogiéndose de hombros y tocándose la frente con el dedo, como diciendo: “¡Hay mucho juicio aquí dentro!”

Pero sucedió que un día, mientras caminaba hacia la escuela, encontró un grupo de estos compañeros, que yendo a su encuentro le dijeron:

-¿Sabes la gran noticia?

-No.

-Ha llegado al mar un Tiburón grande como una montaña.

-¿De verdad?… ¿Será el mismo Tiburón de cuando se ahogó mi pobre papá?

-Nosotros vamos a la playa a verlo. ¿Vienes también?

-No. Debo ir a la escuela.

-¿Qué importa la escuela? A la escuela iremos mañana. Con una lección más o menos, seguiremos siendo los mismos burros.

-¿Y qué dirá el maestro?

-Que diga lo que quiera. Le pagan para que esté gruñendo todo el día.

-¿Y mi madre?

-Las madres nunca saben nada -respondieron aquellos maleantes.

-¿Saben lo que voy a hacer? -dijo Pinocho-. Al Tiburón quiero verlo por varios motivos… pero iré a verlo después de la escuela.

-¡Pobre tonto! -exclamó uno de la pandilla-. ¿Crees que un pez de ese tamaño va a estar allí, esperándote? Apenas se haya aburrido, se irá a otra parte, y entonces si te he visto no me acuerdo.

-¿Cuánto se tarda de aquí a la playa? -preguntó el muñeco.

-En una hora podemos ir y volver.

-¡Vamos, entonces! ¡El último tiene cola de perro! -gritó Pinocho.

Dada la señal de partida, aquella pandilla de burros, con sus libros y cuadernos bajo el brazo, se pusieron a correr a través de los campos; y Pinocho iba siempre adelante; parecía que tenía alas en los pies.

De tanto en tanto, volviéndose para mirar atrás, se burlaba de sus compañeros, que habían quedado a una distancia considerable, y al verlos sin aliento, jadeantes, llenos de polvo y con la lengua afuera, se reía de buena gana. ¡El infeliz, en aquel momento, no sabía cuántos temores y qué horribles desgracias lo esperaban!

05-pinocho-mussinoIlustración de Attilio Mussino (1911)


Artículos relacionados:

Ficciones: Las aventuras de Pinocho en Imaginaria; traducción y notas de Guillermo Piro:

Lecturas: “Qué cómico resultaba cuando era un muñeco”, por Guillermo Piro

Lecturas: Tres clásicos entre la obediencia y la desobediencia (Primera parte), por Marcela Carranza (contiene el artículo “Las aventuras de Pinocho y la sátira”)

Ficciones: Tres clásicos entre la obediencia y la desobediencia (Segunda parte); se incluye el capítulo XVII deLas aventuras de Pinocho (1881), con comentarios de Marcela Carranza

Lecturas: Pinocho, el leño que habla, por Graciela Pacheco de Balbastro

3 comentarios sobre “Las aventuras de Pinocho. Capítulos XXV y XXVI”

  1. Regina d'Ávila dice:

    Lindo!! Adorei!
    Beijossssssssss
    Rê.


  2. Grisel dice:

    Sólo quería avisarles que debe haber algún problema técnico porque en este caso y en el de los capítulos IX y X no es posible bajar los archivos en pdf.
    ¡Saludos!


  3. admin dice:

    Gracias por avisar, Grisel. Ahora está arreglado.


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