Las aventuras de Pinocho. Capítulos XXIII y XXIV

Carlo Collodi

Traducción y notas de Guillermo Piro

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XXIII
Pinocho llora la muerte de la hermosa Niña de los cabellos azules;
después encuentra a una Paloma que lo lleva a orillas del mar
y allí se tira al agua para acudir en ayuda de su padre Geppetto.

Apenas Pinocho dejó de sentir el peso durísimo y humillante de aquel collar alrededor del cuello, huyó a través de los campos y no se detuvo ni un solo minuto hasta haber llegado al camino que debía conducirlo a la casita del Hada.

Al llegar al camino se volvió para contemplar la llanura y divisó claramente el bosque donde desgraciadamente había encontrado al Zorro y al Gato; vio, en medio de los árboles, la copa de aquella Gran Encina en la que lo habían colgado por el cuello; pero por más que miró aquí y allá, no le fue posible ver la pequeña casa de la hermosa Niña de cabellos azules.

Entonces tuvo una especie de triste presentimiento y se puso a correr con toda la fuerza que le quedaba en las piernas, y en pocos minutos se encontró en la pradera donde antes estaba la Casita blanca. Pero la Casita blanca ya no estaba. En su lugar había una pequeña lápida de mármol en la cual se leían, en letras mayúsculas, estas dolorosas palabras:

AQUÍ YACE
LA NIÑA DE CABELLOS AZULES
MUERTA DE DOLOR
TRAS HABER SIDO ABANDONADA
POR SU HERMANO PINOCHO

Dejo que se imaginen cómo quedó el muñeco cuando, mal que bien, consiguió descifrar aquellas palabras. Cayó de rodillas al suelo y cubriendo con mil besos aquel mármol funerario, estalló en llanto. Lloró toda la noche, y a la mañana siguiente, al despuntar el día, seguía llorando, aunque ya no le quedaban lágrimas en los ojos; y sus gritos y lamentos eran tan desconsolados y agudos que todas las colinas de los alrededores repetían el eco.

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Ilustración de Charles Copeland (1904)

Y llorando decía:

-¡Oh, Hadita mía! ¿Por qué has muerto?… ¿por qué no he muerto yo en tu lugar, yo, que soy tan malo, mientras tú eras tan buena?… Y mi padre, ¿dónde estará? ¡Oh, Hadita mía, dime dónde puedo encontrarlo, que quiero vivir con él y no dejarlo nunca, nunca, nunca!… ¡Oh, Hadita mía, dime que no es verdad que estás muerta!… Si de verdad me quieres… si quieres a tu hermanito, revive… ¡vuelve a vivir como antes!… ¿No te da pena verme solo y abandonado por todos?… Si vuelven los asesinos, me colgarán otra vez de la rama del árbol… y entonces moriré para siempre. ¿Qué quieres que haga, solo en el mundo? Ahora que los he perdido a ti y a mi padre, ¿quién me dará de comer? ¿Dónde dormiré de noche? ¿Quién me hará la chaquetita nueva? ¡Oh, sería mejor, cien veces mejor, que muriese yo también! ¡Sí, quiero morir!… ¡bua, bua, bua!…

Y mientras se desesperaba de este modo, trató de arrancarse los cabellos; pero sus cabellos, al ser de madera, ni siquiera le permitieron darse el gusto de meter los dedos en ellos.

En aquel momento pasó volando una gran Paloma, la cual, deteniéndose con las alas extendidas, le gritó desde una gran altura:

-Dime, niño, ¿qué haces allá abajo?

-¿No lo ves? ¡Lloro! -dijo Pinocho alzando la cabeza hacia aquella voz y restregándose los ojos con la manga de la chaqueta.

-Dime -agregó entonces la Paloma-, ¿no conoces por casualidad, entre tus compañeros, a un muñeco llamado Pinocho?

-¿Pinocho?…. ¿Pinocho has dicho? -repitió el muñeco poniéndose súbitamente de pie-. ¡Pinocho soy yo!

La Paloma, al oír esta respuesta, bajó en picada y se posó en tierra. Era más grande que un pavo.

-¿Entonces conocerás también a Geppetto? -le preguntó al muñeco.

-¿Si lo conozco? ¡Es mi pobre padre! ¿Acaso te ha hablado de mí? ¿Me llevarás con él? ¿Está vivo? Respóndeme, por favor: ¿está vivo?

-Hace tres días lo dejé en la orilla del mar.

-¿Qué hacía allí?

-Construía una pequeña barca para atravesar el océano. Ese pobre hombre hace más de cuatro meses que da vueltas por el mundo buscándote, y al no haberte podido encontrar se le ha metido en la cabeza que tiene que buscarte en los lejanos países del Nuevo Mundo. (1)

-¿Qué distancia hay de aquí a la playa? -preguntó Pinocho ansioso.

-Más de mil kilómetros.

-¿Mil kilómetros? ¡Oh, Paloma mía, qué bueno sería que yo pudiera tener tus alas!…

-Si quieres ir, yo te llevo.

-¿Y cómo?

-A caballo sobre mi lomo. ¿Pesas mucho?

-¿Si peso? ¡Todo lo contrario!… Soy ligero como una pluma.

Y sin decir más Pinocho saltó sobre el lomo de la Paloma y poniendo una pierna de un lado y la otra del otro, como hacen los jinetes, gritó, todo contento:

-¡Galopa, galopa caballito, que tengo prisa por llegar!…

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Ilustración de Maria L. Kirk (1916)

La Paloma levantó vuelo y en pocos minutos estuvo tan alto que casi tocaba las nubes. Al llegar a esa altura tan extraordinaria, el muñeco sintió curiosidad por mirar hacia abajo, y fue presa de tal miedo y tal vértigo que para evitar el peligro de caerse se agarró con los brazos muy fuerte al cuello de su cabalgadura emplumada.

Volaron todo el día. Al llegar la noche, la Paloma dijo:

-¡Tengo mucha sed!

-¡Y yo mucha hambre! -añadió Pinocho.

-Detengámonos unos minutos en este palomar y después continuaremos el viaje, para estar mañana al alba a orillas del mar.

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Ilustración de Carlo Chiostri (1901)

Entraron en un palomar desierto, donde sólo había una palangana llena de agua y una cesta repleta de algarrobas.

El muñeco, que en su vida había podido tolerar las algarrobas, porque en su opinión le daban náuseas y le revolvían el estómago, esa noche comió algarrobas hasta reventar, y cuando casi las había terminado se dirigió a la Paloma y le dijo:

-¡Nunca hubiese creído que las algarrobas eran tan buenas!

-¡Hay que persuadirse, niño mío -replicó la Paloma-, de que cuando el hambre apremia y no hay otra cosa de comer, incluso las algarrobas se vuelven exquisitas! ¡El hambre no tiene caprichos ni glotonerías!

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Ilustración de Sergio Tofano (1921)

Tomado rápidamente ese pequeño refrigerio, reanudaron el viaje. A la mañana siguiente estaban a orillas del mar.

La Paloma posó a Pinocho en la playa, y no queriendo oír siquiera que le diera las gracias por haber hecho una buena acción, reemprendió el vuelo enseguida y desapareció.

La playa estaba llena de gente que gritaba y hacía gestos mirando hacia el mar.

-¿Qué sucedió? -preguntó Pinocho a una viejita.

-Sucedió que a un pobre padre, habiendo perdido a su hijo, se le ocurrió subirse a una barca para ir a buscarlo al otro lado del mar; y hoy el mar está muy picado y la barca está a punto de hundirse…

-¿Dónde está la barca?

-Allá, lejos, mira mi dedo -dijo la viejita señalando una pequeña barca que, vista a la distancia, parecía una cáscara de nuez con un hombre pequeñito adentro.

Pinocho miró hacia allí, y después de haber mirado atentamente lanzó un grito desgarrador:

-¡Es mi padre! ¡Es mi padre! (2)

Entretanto la barca, sacudida por la furia de las olas, ora desaparecía entre ellas, ora volvía a emerger; y Pinocho, parado en lo alto de un escollo, no paraba de llamar a su padre y de hacer señales con las manos y con el pañuelo, y hasta con el gorro que tenía en la cabeza.

Y pareció que Geppetto, aunque estaba muy lejos de la playa, había reconocido a su hijo, porque él también se sacó el sombrero y lo saludó, y, a fuerza de gestos, le hizo entender que de buena gana volvería, pero que el mar estaba tan picado que le impedía maniobrar los remos y poder así acercarse a tierra firme.

De repente se alzó una ola terrible y la barca desapareció. Esperaron que la barca volviese a flote, pero la barca no volvió a aparecer.

-¡Pobre hombre! -dijeron entonces los pescadores que estaban reunidos en la playa; y murmurando en voz baja una plegaria comenzaron a volver a sus casas.

Cuando de pronto oyeron un grito desesperado, y volviéndose vieron a un niño que, desde la cima de un escollo, se arrojaba al mar gritando:

-¡Quiero salvar a mi padre!

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Ilustración de Attilio Mussino (1911)

Pinocho, al ser todo de madera, flotaba fácilmente y nadaba como un pez. Ora se lo veía desaparecer bajo el agua, llevado por el ímpetu de la marea, ora reaparecía una pierna o un brazo, a grandísima distancia de la playa. Al final lo perdieron de vista y ya no lo vieron más.

-¡Pobre muchacho! -dijeron entonces los pescadores que estaban reunidos en la playa; y, murmurando en voz baja una plegaria, volvieron a sus casas.

XXIV
Pinocho llega a la isla de la Abejas industriosas
y encuentra de nuevo al Hada.

Pinocho, animado por la esperanza de llegar a tiempo para prestar ayuda a su padre, nadó toda la noche.

¡Y qué horrible noche fue aquella! Diluvió, granizó, tronó espantosamente y con tales relámpagos que parecía de día.

Cerca del amanecer consiguió ver a poca distancia una larga franja de tierra. Era una isla en medio del mar.

Entonces hizo de todo por llegar a esa playa; pero inútilmente. Las olas, persiguiéndose y encabalgándose, lo llevaban de aquí para allá, como si fuera un palito o una hebra de paja. Al final, y para su suerte, vino una ola tan potente e impetuosa que lo lanzó sobre la arena de la playa.

El golpe fue tan fuerte que, dando en el suelo, le crujieron todas las costillas y todas las coyunturas; pero enseguida se consoló diciendo:

-¡También esta vez la saqué barata!

Mientras tanto, lentamente, el cielo se serenó; el sol apareció en todo su esplendor y el mar se volvió tan tranquilo y bueno como el aceite.

Entonces el muñeco extendió sus ropas al sol para que se secaran y se puso a mirar aquí y allá por si acaso hubiese podido distinguir en aquella inmensa extensión de agua una pequeña barca con un hombrecito dentro. Pero después de haber mirado bien, no vio ante sí más que cielo, mar y alguna vela de barco, pero tan lejana, tan lejana, que parecía una mosca.

-¡Si al menos supiese cómo se llama esta isla! -decía-. Si al menos supiese si esta isla está habitada por gente amable, quiero decir, por gente que no tenga el vicio de colgar a los niños de las ramas de los árboles. Pero, ¿a quién puedo preguntárselo? ¿A quién, si no hay nadie?…

Esta idea de encontrarse solo, solo, solo, en medio aquella gran región deshabitada, le causó tal melancolía que estaba a punto de largarse a llorar; cuando de pronto vio pasar, a poca distancia de la orilla, un gran pez que andaba tranquilamente con toda la cabeza afuera del agua.

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Ilustración de Attilio Mussino (1911)

No sabiendo cuál era su nombre, el muñeco le gritó en voz alta, para hacerse oír:

-¡Eh, señor pez! ¿Me permite una palabra?

-Dos -respondió el pez, que era un Delfín tan amable como muy pocos se pueden encontrar en todos los mares del mundo.

-¿Me haría el favor de decirme si en esta isla hay pueblos donde se pueda comer sin peligro de ser comido?

-Seguramente los hay -respondió el Delfín-. Es más: encontrarás uno no muy lejos de aquí.

-¿Y qué camino debo tomar para ir allí?

-Debes tomar ese sendero de ahí, a mano izquierda, y caminar siempre siguiendo la dirección que te señala tu nariz. No puedes equivocarte.

-Dígame otra cosa. Usted, que pasea todo el día y toda la noche por el mar, ¿no se habrá encontrado por casualidad con una pequeña barca que lleva adentro a mi padre?

-¿Y quién es tu padre?

-Es el padre más bueno del mundo, así como yo soy el hijo más malo que pueda existir.

-Con la tempestad que ha habido esta noche -respondió el Delfín- la barca debe de haberse hundido.

-¿Y mi padre?

-A esta hora debe de habérselo comido el terrible Tiburón que desde hace algunos días está sembrando el exterminio y la desolación en nuestras aguas.

-¿Es grande ese Tiburón? -preguntó Pinocho, que ya comenzaba a temblar de miedo.

-¿Si es grande?… -replicó el Delfín-. Para que puedas hacerte una idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y tiene una bocaza tan ancha y profunda que se tragaría cómodamente un tren entero, con la locomotora funcionando.

-¡Madre mía! -gritó aterrado el muñeco, y volviendo a vestirse a toda prisa, se dirigió al Delfín y le dijo-: Hasta la vista, señor pez; disculpe las molestias y mil gracias por su amabilidad.

Dicho esto, tomó enseguida la senda y comenzó a caminar a paso rápido; tan rápido que casi parecía que corría. Y a cada pequeño rumor que sentía se giraba enseguida para mirar atrás, a causa del miedo de verse perseguido por ese terrible Tiburón grande como una casa de cinco pisos y con un tren en la boca.

Después de media hora de camino llegó a un pequeño pueblo llamado “el Pueblo de las Abejas industriosas”. Las calles hormigueaban de personas que corrían de aquí para allá atendiendo a sus asuntos; todos trabajaban, todos tenían algo que hacer. No se encontraba un ocioso o un vagabundo ni siquiera buscándolo con una lupa.

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Ilustración de Attilio Mussino (1911)

-Entiendo -dijo de pronto el perezoso de Pinocho-. ¡Este pueblo no es para mí! ¡Yo no nací para trabajar!

Entretanto el hambre lo atormentaba, porque ya había pasado veinticuatro horas sin comer nada, ni siquiera un plato de algarrobas.

¿Qué hacer?

No le quedaban más que dos modos de quitarse el hambre: buscar un trabajo o pedir la limosna de alguna moneda o un pedazo de pan.

Pedir limosna lo avergonzaba, porque su padre siempre le había dicho que únicamente tienen derecho a pedir limosna los viejos y los enfermos. En este mundo, los verdaderos pobres, los que merecen asistencia y compasión, no son otros que aquellos que, por razones de edad o de enfermedad, se encuentran condenados a no poder ganarse el pan con el trabajo de sus propias manos. Todos los demás tiene la obligación de trabajar, y si no trabajan y sufren el hambre, tanto peor para ellos. (3)

En aquel instante pasó por la calle un hombre muy sudoroso y jadeante, que tiraba con esfuerzo de dos carros cargados de carbón.

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Ilustración de Attilio Mussino (1911)

Pinocho, juzgando por su aspecto que era un buen hombre, se le acercó y, bajando los ojos avergonzado, le dijo en voz baja:

-¿Haría la caridad de darme alguna moneda, que me estoy muriendo de hambre?

-No una moneda -respondió el carbonero- sino cuatro, a cambio de que me ayudes a llevar hasta mi casa estos dos carros de carbón.

-¡Me asombra! -respondió el muñeco, casi ofendido-. Para que usted lo sepa, yo jamás he hecho de burro (4); ¡nunca he tirado de un carro!

-¡Mejor para ti! -respondió el carbonero-. Entonces, muchacho, si verdaderamente te sientes morir de hambre, cómete dos buenas fetas de tu soberbia y cuídate de no indigestarte.

Después de pocos minutos pasó por la calle un albañil que llevaba en los hombros un balde de cemento.

-Buen hombre, ¿haría la caridad de darle una moneda a un pobre niño que bosteza de hambre?

-Con mucho gusto; ven conmigo a cargar cemento -contestó el albañil-, y en vez de una moneda te daré cinco.

-Pero el cemento es pesado -replicó Pinocho-, y yo no quiero cansarme.

-Muchacho, si no quieres cansarte, diviértete bostezando, y que te haga provecho.

En menos de media hora pasaron otras veinte personas, y a todas Pinocho les pidió una limosna, pero todas le respondieron:

-¿No te avergüenzas? ¡En vez de haraganear por las calles, ve a buscarte un trabajo y aprende a ganarte el pan!

Finalmente pasó una buena mujercita que llevaba dos cántaros de agua.

-¿Me permitiría, buena mujer, que beba un sorbo de agua de su cántaro? -dijo Pinocho, muerto de sed.

-¡Bebe, niño mío! -dijo la mujercita, posando los dos cántaros en el suelo.

Una vez que Pinocho bebió como una esponja, farfulló a media voz, mientras se secaba la boca:

-¡La sed ya me la he quitado! ¡Ojala pudiera quitarme el hambre!…

La buena mujercita, oyendo estas palabras, agregó enseguida:

-Si me ayudas a llevar a casa uno de estos cántaros de agua, te daré un buen pedazo de pan.

Pinocho miró el cántaro y no respondió ni que sí ni que no.

-Y junto con el pan te daré un buen plato de coliflor condimentada con aceite y vinagre -agregó la buena mujer.

Pinocho miró otra vez el cántaro y no respondió ni que sí ni que no.

-Y después de la coliflor te daré un buen bombón relleno de licor.

Ante la seducción de esta última golosina, Pinocho no pudo resistir más y, con ánimo resuelto, dijo:

-¡Paciencia! ¡Le llevaré el cántaro hasta su casa!

El cántaro era muy pesado, y el muñeco, no teniendo fuerzas para llevarlo en las manos, se resignó a llevarlo en la cabeza.

Llegados a la casa la buena mujercita hizo sentar a Pinocho a una pequeña mesa y le puso delante el pan, la coliflor condimentada y el bombón.

Pinocho no comió, sino que devoró. Su estómago parecía un barrio que hubiera quedado vacío y deshabitado durante cinco meses.

Calmados poco a poco los rabiosos mordiscos del hambre, levantó la cabeza para agradecerle a su benefactora; pero todavía no había terminado de clavar la mirada en su rostro cuando lanzó un larguísimo ¡ohhh!… de asombro y se quedó como encantado, con los ojos muy abiertos, con el tenedor en el aire y la boca llena de pan y coliflor.

-¿A qué se debe todo ese asombro? -dijo riéndose la buena mujer.

-Usted es… -respondió balbuceando Pinocho-, usted es…, usted es…, que usted se parece…, usted me recuerda…, sí, sí, sí, la misma voz…, los mismos ojos…, los mismos cabellos…, sí, sí, sí…, también usted tiene los cabellos azules…, ¡como ella!… ¡Oh, Hada mía!… ¡Oh, Hada mía!… ¡Dime que eres tú, dime que eres tú!… ¡No me hagas llorar! ¡Si supieras!… ¡He llorado tanto, he sufrido tanto!…

Y mientras hablaba así Pinocho lloraba desconsoladamente, y arrojándose de bruces al suelo, abrazaba las rodillas de aquella misteriosa mujercita.

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Ilustración de Attilio Mussino (1911)


Notas del traductor

(1) ¿Una velada alusión al fenómeno de la emigración italiana de fines del siglo XIX?

(2) Gli è il mi’babbo! gli è il mi’babbo!: Pinocho habla como un verdadero florentino.

(3) “¡Esto es vida!”, acota Gerardo Deniz en su Adiós a Pinocho (Anticuerpos, Juan  Pablos Editor y Ediciones Sin Nombre, México, 1998)

(4) Segundo preludio de lo que ocurrirá en los capítulos XXXII-XXXIII.


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3 comentarios sobre “Las aventuras de Pinocho. Capítulos XXIII y XXIV”

  1. cande dice:

    cuantos capitulos son?


  2. Roberto Sotelo dice:

    Las aventuras de Pinocho tiene 36 capítulos. Por lo tanto, faltan seis entregas más de dos capítulos cada una.


  3. Virginia dice:

    Hola! alguién podría decirme si fueron publicados los capítulos posteriores al 27/28? No los encuentro en ningún lado…
    Desde ya, muchísimas gracias.


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