Roberto Innocenti, Premio Hans Christian Andersen 2008: "Los niños comprenden todo y no temen, más bien aman, las complicaciones. Y eso de simplificar en su nombre no implica un sacrificio de parte del autor sino ignorancia e incapacidad."


Reproducimos el discurso pronunciado por el artista italiano Roberto Innocenti al recibir el Premio Hans Christian Andersen 2008. La ceremonia de entrega se realizó -dentro del marco del 31º Congreso Mundial de IBBY (International Board on Books for Young People)-, el 7 de septiembre de 2008, en el Pabellón de Cristal del Parque Tívoli de Copenhague, Dinamarca.En esta edición del premio fueron distinguidos Innocenti por su trayectoria como ilustrador y el suizo Jürg Schubiger por su obra como escritor. Imaginaria agradece a la profesora Alicia Salvi -miembro del Jurado del Premio Hans Christian Andersen 2008 por Argentina- su gentileza y autorización por permitirnos ofrecer a nuestros lectores su traducción del discurso.

Discurso de aceptación del Premio Hans Christian Andersen

Por Roberto Innocenti

Mi trabajo es un trabajo solitario, casi monástico. Durante muchas horas al día, mientras ilustro me hago preguntas y propuestas, me formulo hipótesis, me contesto solo y obtengo entre muchas dudas, pequeñas certezas.

No trato de imaginarme un público, o sea quiénes y cómo podrían ser mis lectores, qué podría hacer para conocer sus gustos o intuir sus posibles preferencias. Sería como una “investigación de mercado” pero podría parecerse a las verdaderas investigaciones de mercado que, apuntando a la cantidad, tienden a las simplificaciones. Creo que soy un poco complicado y no me queda otro remedio que esperar que en el mundo haya muchas otras personas complicadas. Así que trabajo tratando de dejarme contento a mí mismo.

Pienso que soy mi crítico más severo si lo juzgo por el miedo que precede la publicación de cada libro mío.

El número de ejemplares vendidos no es de por sí un juicio favorable, eso lo doy por descontado. Si cada lector emite un juicio distinto, porque afortunadamente son diversos los modos de ver e interpretar un libro, es impresionante pensar que, si se venden miles de copias habrá miles de opiniones.

Durante los períodos de actividad intensa la voz de mis pensamientos es suave y persuasiva, hablo correctamente en mi idioma, sin expresiones dialectales. Cuando comienzo a hablar, saliendo de largos silencios de tarea mi voz me sorprende: no es agradable ni autorizada como la que siento en mi interior y tiene un fuerte acento toscano.

El mío es un trabajo afortunado, me gusta mucho. Si en apariencia es innegable que la parte preponderante es el dibujo, la pintura, en verdad es la esencia y espero que se vea en el resultado, o sea en aquello que quiero contar.

Me parece esto un privilegio enorme que me añade un placer, una alegría de fondo que está en mis intentos cotidianos, que me ayuda a encontrar los colores justos, a sentirme menos solo.

Mi trabajo se dirige al público pero no es como el teatro, donde el juicio es inmediato, y las reacciones se manifiestan enseguida. Momentos tremendos de tensión se disuelven, como esperan los actores, en una ovación.

En cambio yo, después de mucho tiempo de que mi trabajo esté terminado, sólo llego a saber el número de libros vendidos o en cuántas lenguas diferentes. Y es cuando me encuentro con el público verdadero, no virtual, hecho de personas -sobre todo de gente joven, niños en escuelas-, que mi trabajo me parece bellísimo y quisiera otros cien años para contar otras cien historias, tal vez actualizando mi estilo.

Ha sido asombroso descubrir, después de años de dudas atroces, que los niños comprenden todo y no temen, más bien aman, las complicaciones, y eso de simplificar en su nombre no implica un sacrificio de parte del autor sino ignorancia e incapacidad. La simplicidad es algo muy diferente: unir la cultura con el juego infantil, es la cumbre a la que me gustaría llegar.

La ilustración es un modo de contar con muchas ventajas y no pocos límites: no necesita ser traducida para ser comprendida en cualquier lugar del mundo, pero no llega a ciertas profundidades que tienen las palabras escritas. Envidio a la escritura su posibilidad de hacer descripciones que conciernen a los pensamientos, las sensaciones, el yo profundo, los sentimientos escondidos. Ver al protagonista no ayuda, es cierto, a identificarse con él.

En compensación, al contar una historia ilustrada, o una historia paralela a la del texto, se pueden ampliar las informaciones, el ambiente, describir el contexto histórico y social y vagar libremente por el paisaje y hasta mostrar historias secundarias.

Entonces, juntas o solas, las palabras escritas y las imágenes fijas son un medio cultural y un patrimonio insustituible.

Creo que es inútil repetir la importancia de la obra de IBBY. Promover y difundir la lectura es también, además de una pesada tarea, ciertamente un esfuerzo reconocido y gratificante. Pero pienso que hay hoy en el mundo lugares y regímenes donde la lectura -y por lo tanto el conocimiento- no son gratos y conllevan riesgos. Son lugares donde este propósito requiere coraje.

Ya he escrito en otra parte que me pierdo entre las palabras y me reencuentro en las imágenes. Trato de agradecerle al IBBY con las palabras que encuentro, espero que sean las adecuadas.

Todos nosotros sabemos que existe el Premio Nobel y que le será otorgado a alguien. No pienso que me lo darían a mí. Lo mismo valía para el Premio Hans Christian Andersen. Realmente, no me lo esperaba. Me hizo un efecto como si en un aeropuerto atestado se hubiera anunciado mi nombre precedido de un título honorífico importante. En efecto, me han entrevistado diarios, revistas, radios, TV como si fuese un futbolista y me hubiese hecho famoso como un diseñador de moda.

Quisiera agregar algo más a mi agradecimiento, algo que me siento en el deber de explicar.

El primer libro que concebí se llamaba Rosa Blanca. Lo había pensado para los niños italianos, para los padres italianos, para los docentes italianos, para la Escuela de la República Italiana.


Portada de la edición española de
Rosa Blanca, de Roberto Innocenti

A duras penas había encontrado el estado de gracia para contar de un modo claro y espero que también delicado, una página triste y tremenda de la historia contemporánea, de modo que fuera apta para abrir un diálogo entre los adultos y los niños.

El libro fue rechazado por las editoriales italianas, hasta por la más calificada. Tal vez consideraron incómodo publicar la consecuencia extrema de la más nefasta invención italiana: el fascismo.

La publicaron muchos editores extranjeros y los niños, los padres, y los docentes que la adoptaron fueron, durante muchos años, extranjeros. Rosa Blanca ha sido mi pequeña Alicia, que me indicó el camino hacia ese País de Maravillas que se llama Mundo.

La edición extranjera me daba más libertad y la dignidad que se obtiene del reconocimiento al trabajo. Durante mucho tiempo ha sido así y es por eso que los derechos de edición de mis libros no están en Italia.

No puedo cambiar esta realidad, si bien hace un tiempo he sido publicado en mi país y en mi lengua -primero por la editorial “C’era una volta…” y ahora por “La Margherita”-, tengo en Italia mis amigos más cercanos.

He explicado esta cuestión porque Rosa Blanca se ha transformado para mí en mi termómetro personal de la democracia en Italia. Actualmente una bruja mala la transformó en un cuento sin lugar y sin tiempo porque la Historia Contemporánea y la Geografía se excluyeron como materias a ser enseñadas en el Quinto Curso Elemental de las escuelas de la República Italiana, nacida quién sabe de qué cosa y fundada quién sabe sobre qué. Mi termómetro me hace pensar que la democracia en Italia no está nada bien. Yo esperaré que sane, como ciudadano de la República Italiana nacida de la Resistencia y fundada sobre el Trabajo.

Creía que la parte más difícil entre las cosas que quería decir era la referida a los agradecimientos, con el riesgo de usar palabras consabidas, retórica y banalidad. Estaba muy preocupado. Pero no es así. Pensando en mi vida como ilustrador, a lo largo de veinticinco años -con antecedentes entonces insignificantes-, me acordé de que, con la única excepción de algunos editores de aquella época, todos los demás: autores, colegas, editores, bibliotecarios, críticos, periodistas fueron siempre un mundo no sólo abierto, sino amigable. Y que siempre, aun cuando yo era muy marginal, me han demostrado con sus gentilezas, su “diversidad”, lo cual me ha dejado estupefacto. Espero haber correspondido en todo este tiempo a todos por la amistad y la simpatía hacia mí.

Cuando describí las sensaciones de ese trabajo solitario, fue tal vez porque es algo que nos une a todos, quizás por eso nos reconocemos y nos festejamos comunicándonos en todas las lenguas posibles e imposibles.

Agradezco al IBBY, al Jurado, a esta bellísima Copenhage que nos hospeda y nos ofrece esta fiesta. Y mientras que no dejo de preguntarme: “¿Por qué justo a mí?”, debo decirles que estoy muy feliz de ser parte de vuestro mundo sin fronteras.

Auguro al IBBY una tarea siempre más provechosa y gratificante.

Traducción al inglés de Dilys Soria.

Traducción del inglés al castellano por Alicia Salvi.


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