Bicho Martínez ataca

Pablo Albarello
Ilustraciones de Pablo Picyk.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2007. Colección La pluma del gato.

por Cecilia Bajour

La sensación de estar leyendo algo distinto en literatura infantil y juvenil es quizás la primera señal refrescante al recorrer los cinco cuentos reunidos en Bicho Martínez ataca.

Las historias de Albarello, muy diversas entre sí, parecen tener en común la originalidad en la búsqueda de voces narrativas que, sobre todo en algunos casos, encarnan a personajes extraños convertidos en víctimas de situaciones que escapan a lo habitual.

Por otra parte, la audacia en la infracción a convenciones propias de la moral o a manejos característicos de la hipocresía sacude las representaciones más frecuentes sobre lo aceptable para un público infantil o joven.

El primer cuento, el más extenso del conjunto, es el que le da título al libro. De la narración se hace cargo el propio Bicho Martínez, que se autodescribe o se hace describir por otros de modo parcial y ambiguo. Deja así en la incertidumbre su pertenencia a la condición de mascota o monstruo. Esta doble faceta, sumada a un apellido compartido por tantos, “humaniza” al peculiar personaje que narra retrospectivamente a un interlocutor impreciso su atribulada historia.

De origen sugestivamente poco claro, los primeros recuerdos del Bicho provienen de una jaula donde aguarda a alguien que lo compre gracias a las estrategias de venta del desagradable dueño del negocio. De su estadía allí y de la cercanía a un aparato de TV proviene su cultura mediática que aparece permanentemente en el discurso locuaz del Bicho como referente cultural para explicarse curiosidades del mundo humano.

Gracias a un cliente que establece una inédita y emotiva conexión con él, el Bicho logra salir de su encierro. A partir de allí comienzan a manifestarse en el insondable personaje unas tendencias devoradoras, en algunos casos antropofágicas, que no puede controlar pero que, significativamente, irrumpen en la narración sin ningún tipo de sanción moral acerca de las consecuencias. Esta conducta incontrolable e impune se manifiesta también de manera creciente en el departamento del comprador y su mujer modista. El Bicho, en el que conviven lo bestial y lo emotivo, se enamora perdidamente de un maniquí: la escena encendida de seducción es narrada con una intensidad poco frecuente por su libre elocuencia. El canibalismo desbordante del narrador contrasta con la percepción sensible de los sucesos descriptos desde su perspectiva extrañada de monstruo incomprendido. El humor negro se manifiesta sobre todo en la ausencia de castigo social a sus acciones que violentan las leyes establecidas.

“¡Bésame muuuchiiiooo!” es un cuento en el que la exageración propia del humor absurdo propone un guiño acerca de una realidad que a veces supera a la ficción: la de las campañas electorales. La escalada hiperbólica de estrategias para ganar votantes que en este relato tienen al beso como leit motiv es coronada con un final ambiguo con toda la polisemia de este adjetivo.

El tercer cuento, “Los sapos”, más cerca del género fantástico, narra la extraña historia de un arquitecto que al viajar en su auto por la autopista hacia su trabajo observa la aparición de bultos que él identifica como cuerpos y que son pisados impunemente por vehículos. La contundencia del conflicto reside en la prescindencia de interés, en la despreocupación de todos lo que rodean al arquitecto, lo cual lleva a que este dude de su propia percepción y aumente su intranquilidad. El fenómeno aumenta con los días y comienza a generar algunos ecos en los medios que aluden oscuramente a los hechos. El uso de la tercera persona focalizada en este personaje acentúa la incertidumbre sobre la relación entre lo sucedido y la visión del arquitecto. Por su parte, en todo momento el título del cuento con su aparente lejanía o cercanía a los raros sucesos suma ambigüedad, como así también el efecto sorpresivo del remate.

“Perro Fernández” tiene algunos parentescos en lo formal con el primer cuento ya que en este caso también se trata de una narración en primera persona de un bicho humanizado, esta vez un perro de apellido popular que dialoga con un periodista. No cualquier perro sino un dirigente canino que cuenta tras las rejas su historia reciente de lucha. Es interesante por lo novedoso en este cuento el cruce paródico de la jerga de la militancia sindical de izquierda con el campo semántico propio del asfixiante mundo canino en esta ciudad porteña. Entonces, en el contexto de una pugna de intereses que recuerdan historias actuales y recientes (no precisamente caninas) aparecen curiosas afirmaciones como “No somos arribistas, no nos compran con un hueso.” o “…sumir a toda la ciudad en un largo y expansivo ladrido de libertad.”. O también referencias a agrupaciones sindicales perrunas tales como “Asociación de Lucha contra la Perrera”, “Frente Cachorros de Izquierda” o “Perras Contra la Castración”.

El último cuento, “Una del espacio” incursiona en lo metaficcional ya que incluye desde una perspectiva humorística absurda abundantes guiños sobre problemas literarios tales como el pacto ficcional, la relación entre realidad y ficción, la cuestión de los géneros, o la alteración de las jerarquías habituales de autor y personajes. Un escritor de ciencia ficción que escribe prolíficamente para la editorial de un “tío segundo” sufre un bloqueo de inspiración y decide cambiar de género. Se propone entonces acudir al realismo más exacerbado: el que le proporciona su grotesco entorno familiar a quien decide usar en la ficción con la mayor fidelidad posible. Lo que no prevé es de qué modo un género aparentemente “al alcance” se puede convertir en una pesadilla si los familiares acceden al manuscrito y creen que lo que dice allí es “la verdad”. La pregunta sobre si “la realidad” (en este caso una realidad representada) supera a la ficción se literaliza en este cuento. El narrador se ve acosado por las desopilantes consecuencias desencadenadas por su ficción y llega a preguntarse “¿La gente cree que lo que está escrito debe suceder? ¿Sucede porque está escrito o está escrito porque sucede?”. Preguntas y circunstancias que lo llevan a huir y regresar al amparo de su género de origen: ese en el que puede escribir “una del espacio”.

El diálogo de los dibujos de Pablo Picyk con los cuentos de Albarello contribuye a expandir los sentidos humorísticos de la escritura. El ilustrador, con un estilo minimalista, y una estética próxima a algunos comics contemporáneos, en su diseño innovador condensa, sin caer en la copia mimética, algunas claves narrativas que lee creativamente en los relatos. De tal manera la ilustración proporciona su propio sello y a la vez invita a leer de otro modo lo escrito.

Nota de Imaginaria: El libro Bicho Martínez ataca fue distinguido por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina (ALIJA) con el premio “Destacados de ALIJA 2007”, en la categoría “Cuento”.


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